La pobreza, remedio infalible
La economía de mercado tiene una válvula de escape especial, y es la que siempre asegura el buen desarrollo de por lo menos una clase social de la población.
La clase social es la media y la válvula de escape económica es la pobreza. Esto es así tanto en Londres, como en Rio de Janeiro, Nueva Orleans o Buenos Aires.
La pobreza es infalible. Siempre presta ayuda para que la clase media mantenga sus privilegios económicos. Los lavarropas y los televisores que abarrotan las tiendas y colman las publicaciones con ofertas de lujo todas las navidades, dependen de ella.
Lo mejor que tiene la pobreza es su flexibilidad. Algunos países pueden llegar a duplicar el porcentaje de pobres sin que nadie note la diferencia. Salvo en el aumento de los asentamientos de emergencia o las estadísticas. Pero ambos marcadores son fáciles de ignorar.
El problema serio es la clase media. Ella es muy susceptible al barómetro social que indica placer o desplacer con la política económica de un gobierno. Para la clase media, cualquier variación barométrica de medio grado, puede producir un cataclismo social de envergadura. Porque sabe cómo quejarse y porque puede.
La clase pobre, en cambio, es mucho más indulgente. Desde la pérdida de un aparato de televisión porque se rompió de viejo, hasta el azote de una hambruna, producen muy pocos indicadores económicos de importancia. Apenas si un «blip» en los controles del gobierno central.
Nadie sabe todavía, a ciencia cierta, si es posible o si es necesario erradicar la pobreza. Para una economía de mercado, no es económicamente esencial hacerlo. En Europa, donde el nivel educacional es alto, el interés es mantener al porcentaje de pobres relativamente bajo, debido a su influencia potencial en las elecciones nacionales. Pero nunca demasiado.
¿Cuántas son las personas que nacieron pobres y llegaron a un puesto de importancia en Londres? Muy pocos. En cambio, de la Familia Real, llegaron todos.
En el caso de Latinoamérica, los pobres, en su condición actual, existen desde hace por lo menos 150 años. La mayoría sumidos en la ignorancia y el cortoplacismo de sus vidas. ¿A alguien se le ocurrió hacer un censo sobre la movilidad social en un barrio pobre? No conviene.
Muchas veces se esgrime el concepto darwiniano relativo a «la supervivencia de los más capaces». Se habla también de la «selección natural». Estas simples frases han alcanzado para definir la pobreza como un factor inevitable del orden natural. Al respecto, se citan ejemplos del reino animal, donde los más veloces se comen a los más lentos y los más pesados se sientan sobre los más chicos. «Es así» dicen los estudiosos, «no le demos más vueltas».
Si realmente queremos terminar con las villas miserias y los cantegriles vamos a contrarrestar ese argumento con otro del mismo tipo. Que les parece este: «Quiero erradicar la pobreza porque se me da la gana».
Queda entonces todo más claro. Por un lado, en favor de la pobreza, está un argumento científico-natural trucho que no tiene ningún asidero lógico ni conceptual. En contra de él, tenemos ahora un argumento que es muchísimo más lógico y conceptual: la voluntad.
La natura es muy inteligente. Se maneja por milenios y no por años o decenas de años. Que se sepa, la pobreza no debería ser hereditaria. El niño pobre tiene exactamente igual capacidad intelectual que cualquier otro niño de la sociedad. No es ni más rápido ni más lento. No es ni más pesado ni más liviano.
¿Qué es, entonces, lo que hace a la pobreza hereditaria? ¿Es necesario, para responder esta pregunta, tener un doctorado en economía? ¿O un posgrado en sociología? ¿O en zoología? No es necesario ninguno de esos diplomas porque lo sabe todo el mundo. Pero es un secreto: no conviene decirlo.
Los pobres no cuentan. Es por esto que siempre son los últimos en obtener el beneficio económico de un progreso. Son apenas un porcentaje genérico sin nombres ni apellidos. No aparecen en el censo ni en las páginas de sociales. No manifiestan su bronca cuando el televisor se rompe. No se quejan cuando tienen hambre.
Habiendo dicho que es necesario erradicar la pobreza («porque se nos da la gana») hay que pensar ahora en la forma de hacerlo. Pero sin olvidarse. Porque, como se sabe, todo el mundo piensa y después se olvida.
Es rarisimo ese fenómeno. El de pensar un poco y después olvidarse. ¿Por qué no nos olvidamos de comprar zapatos? Al salir a la calle si andamos descalzos, nos damos cuenta enseguida. ¿Por qué nos olvidamos cuando es otro el que anda descalzo?
Vivimos en una economía de mercado. Otros sistemas han fallado. Aparentemente, hicieron pobre a todo el mundo y no solo a los pobres.
Es tal vez cierto que si el Estado da dinero, crea una situación de dependencia que hasta empeora la situación. Pero también es cierto que la industria privada no ve ningún beneficio en explotar la pobreza, salvo como oferta de mano de obra barata. En ese caso, la pobreza resulta una solución infalible.
Tanta gente con diplomas y nadie se aparece con una solución. Esto ya no es ignorancia. Es estrategia. O falta de vergüenza. *
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