Del "que se vayan todos" a Kirchner
Hace hoy cinco años estallaron muchas contradicciones que llevaron a la Argentina al mayor colapso económico, político y social que se rememore, en días de ilusiones sobre cambios radicales sintetizados en la consigna de «que se vayan todos».
Cinco años después el país sale como se dice oficialmente «del infierno». Y si bien no se fueron todos, la crisis del 19-20 de diciembre de 2001, que sepultó al gobierno de la Alianza que presidía Fernando de la Rúa, terminó por desperdigar a la Unión Cívica Radical, fragmentó al peronismo (más bien lo está reflotando en otra entidad, el kirchnerismo), dio nacimiento a algunas figuras sobre todo de centro-derecha y la izquierda de prosapia leninista que supuso estar en el vórtice de la tormenta popular refuta a las matemáticas porque cuando más se divide, más se multiplica. Cronológicamente las tumultuosas jornadas se precipitaron cuando al entrar en proceso terminal el régimen de «convertibilidad», ese que pensó que un peso era igual al dólar, para tratar de salvar lo insalvable el entonces ministro de Economía congeló ahorros básicamente de millones de sectores medios y populares, lo que desató la furia de los damnificados que con sus cacerolas aturdieron a la gran capital y sus suburbios extendiéndose a casi todos los centros urbanos.
Medida extrema que aparentemente enfrentaba los pilares del sistema capitalista particularmente el bancario, pero que con el apoyo del FMI y el sistema financiero mundial, antes, permitió una insolente fuga de capitales que llevaría días más tarde a la declaración de la cesación de la pagos, el famoso «default» impuesto por el sucesor de De la Rúa, el gobernador de San Luis, Adolfo Rodríguez Saá. A los ahorristas se unieron sectores de desocupados, cuentapropistas, militantes sociales, que a tientas intentaron darle a la crisis un sesgo democrático y popular. Comenzaron esa noche del 19 al 20, y días más tarde, centenares de asambleas de vecinos. Algunos confundieron encuentros de bronca colectiva por la confiscación de ahorros, con el brote de soviets criollos, un error de enfoque que no permitió tener una lectura objetiva de la situación.
Pero de todos los rincones de la ciudad espontáneamente miles de personas marcharon hacia Plaza de Mayo con la consigna «que se vayan todos» y la bronca se multiplicó cuando el gobierno impuso por decreto, el Estado de Sitio. La multitud lo desafió y la policía reprimió con cinco muertos (serían unos 30 en todo el país con el correr de las horas, aún ninguno condenado). Multitudes rodearon el Parlamento en horas en que ser reconocido como dirigente político era un pasaporte a una golpiza o abucheo.
Sin embargo, era ingenuo pensar que el poder sería transferido a caóticas asambleas.
Los saqueos a supermercados, mercados y pequeños negocios que se disparaban en todo el país se desplegaron de manera perfeccionada en la provincia de Buenos Aires, donde la existencia de zonas liberadas, los avisos de su temporaria liberación recibidos por punteros peronistas y la masividad de la intervención en ellos de vecinos indican que, sobre las acciones espontáneas de la miseria, operaba el aparato político de la provincia gobernada por Carlos Ruckauf y la sombra del caudillo Duhalde. Nadie daba nada por el gobierno. Su caída era cuestión de días, que se cumplieron el 19 y 20 de diciembre con las manifestaciones en Plaza de Mayo. La suerte estaba echada y la violencia de la represión no podía salvar a ningún presidente sino contribuir a enterrarlo.
Hubo actos espontáneos, o impulsados por sectores más radicalizados, pero la realidad es que sobre la sangre de muertos populares y el furor popular cayó un presidente desprestigiado y lo reemplazó una serie de peronistas (cuatro) hasta desembocar en la designación como jefe de Estado al senador nacional Duhalde. Con el respaldo de Raúl Alfonsín, gran parte de los obispos y los grandes países. De esos días cobró impuso lo que sería el movimiento piquetero. Ya estaba en las calles desde 1997, pero la caída brutal del empleo que a la crisis del modelo menemista generó la devaluación con que licuaron sus deudas los grandes sectores concentrados, llevó a la desocupación, la marginación y la pobreza a más de la mitad de la población. Los piqueteros obligaron a soluciones de emergencia y ese universo, donde no pocos pensaron que eran parte de un proceso de transformaciones, en rigor actuaron como disciplinadores de masas que, si hubieran quedado sin paraguas donde cobijarse, podrían haber convertido al país en una guerra de pobres contra pobres, por un mendrugo.
De la misma manera, las asambleas fueron un acontecimiento imprescindible para las capas medias. Lo sucedido en diciembre de 2001 no sólo produjo orgullo y la certeza de que la movilización habría logrado sus objetivos, sino también una ausencia de gobierno que ya se estaba padeciendo por lo menos desde las elecciones de octubre de 2001.
Dice Beatriz Sarlo: «Quienes formaron las asambleas de algún modo construyeron un espacio de autosostenimiento y contención en medio de un vendaval económico que comenzaba temprano y seguía hasta tarde en todos los bancos del país, y en medio de un paisaje de pobreza que probablemente no habían percibido mientras se preparaba en las puertas de sus propias casas».
Y dice también que » los pequeños partidos marxistas y trotskistas que creyeron ver en las asambleas la semilla de formas de autodeterminación popular y terminaron copándolas», las disgregaron.
Las reuniones en las plazas eran la respuesta de ciudadanos que, ante la furia, la melancolía de lo perdido y el desconcierto frente a un futuro inmediato en el cual creían que podían perder todavía más, intentaron primero dejar en claro de quién era la responsabilidad por la crisis y, en segundo lugar, de qué modo esos responsables no debían volver a gobernar. Una ilusión; precisamente, en ese momento, una parte de los juzgados responsables seguían gobernando pero ya ningún auténtico asambleísta estuvo dispuesto a organizar un nuevo raid sobre Plaza de Mayo para que cayera Duhalde.
Heredero de esos días es el gobierno de Néstor Kirchner que tiene pendiente la reforma política demandada hace cinco años. El supone que su proyecto de transversalidad, que tiene al peronismo algo purificado como eje, atrayendo a otros sectores, sobre todo de izquierda, da nacimiento a una fuerza de centro-izquierda que competirá con el reordenamiento en marcha de la centro-derecha, el reordenamiento a los cambios políticos. El desafío está pendiente. *
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