La protesta en Praga, la bella

Praga, capital hoy de la República Checa (hasta 1993 de Checoeslovaquia), es una de las más hermosas ciudades del mundo. Por su centro histórico de la plaza de San Wenceslao (deslucido ahora con enseñas de McDonald’s y anexos), se expresaron los manifestantes, así como en torno al tradicional Palacio de los Congresos, sobre las colinas circundantes, sede de la reunión del FMI y del BM y que se vació un día antes de lo previsto. En otras ciudades, incluso en América, se efectuaron el mismo martes 26 demostraciones con análogo contenido, cada vez más internacionalizado.

La falsificación ideológica

En su debut como director general del Fondo, el germano Horst Köhler abrió la reunión afirmando que «la retórica ideológica se ha disuelto». O sea que decretó, una vez más, la muerte de las ideologías y la vigencia exclusiva y excluyente del «pensamiento único». Siguió en el trillo de su antecesor Michel Camdessus, que renunció antes de término por el fracaso del FMI en prever (y mucho menos solucionar) las sucesivas crisis económicas desencadenadas, con proyecciones mundiales, en México y Tailandia, en Rusia y Brasil.

Por su parte el jerarca del Banco Mundial, James Wolfensohn, invocó una mayor sensibilización del organismo ante la pobreza mundial y mencionó la reducción de la deuda externa de las naciones más empobrecidas, pero a la hora de concretar, su menguada lista incluía apenas 10 países, y en promesas a futuro. Esta gente está perdiendo su capacidad de engañar. Lo prueba la magnitud y el nivel de conciencia crecientes de movimientos sociales múltiples que van abarcando diversas regiones, clamando por cambios sustanciales en el orden económico mundial.

El denominador común de estos movimientos, coincidentes en acciones colectivas que aproximan las geografías en una suerte de globalización de la protesta, es la convicción de que la receta única neoliberal, aplicada a machamartillo, provoca el infortunio de la mayoría de los 6 mil millones de habitantes del planeta. Enriquece aún más a los dueños del mundo, empobrece a los más pobres, extiende la desocupación incluso en los países industrializados y degrada la legislación social.

La conciencia ante la injusticia

Mucha gente está abriendo los ojos al respecto. Cree que el curso preconizado por los poderosos, exclusivamene al servicio de sus intereses, no es inevitable. Existen alternativas posibles, y ese es el sentido de las movilizaciones y del combate ideológico contra la presunta inexorabilidad del neoliberalismo.

Fidel Castro destaca a cada paso la importancia del factor conciencia. Sobre todo porque la humanidad vive inmersa en una paradoja alucinante. Una revolución científico-técnica de alcance y progresión nunca soñados, descubrimientos fabulosos en múltiples órdenes abren la posibilidad cierta de una vida digna para todos los compatriotas del planeta Tierra, con trabajo, alimento, agua potable, educación, salud, vivienda al alcance de todos.

Sin embargo, jamás este ideal de respeto a valores esenciales del ser humano ha estado tan lejos de encarnar en la práctica. Nunca tantos han estado tan lejos de alcanzar ese mínimo vital, en la medida en que se ensancha la brecha entre países pobres y ricos, y entre los millonarios y los carenciados.

Los pobres de la tierra

«Con los pobres de la tierra/ quiero yo mi suerte echar», decía Martí. Las cifras rompen los ojos, empezando por las incluidas en documentos de la ONU como el informe del PNUD sobre Desarrollo Humano 2000, recién salido del horno.

Allí se dice que 1.200 millones de personas viven con menos de 1 dólar diario; que más de 2.400 millones carecen de saneamiento apropiado, y mil millones de acceso al agua potable; que los bienes de 358 millones superan a los del 45% de la población mundial (y Bill Gates, con 70 mil millones de dólares, se equipara con 120 millones de norteamericanos); que los niños fallecidos anualmente por hambre o enfermedades derivadas del hambre equivalen al estallido de 40 bombas de Hiroshima; que 100 millones de niños viven en la calle, y que en los países en desarrollo trabajan 250 millones de niños (140 varones y 110 mujeres); que los trabajadores desocupados eran al menos 150 millones a fines de 1998 (de ellos 30 millones de Europa); que haya 34 millones de contagiados por el VIH, dos tercios en el Africa subsahariana; que el desfasaje entre ricos y pobres aumenta en Rusia, EEUU, Gran Bretaña, Suecia; que la diferencia de ingresos entre los países más ricos y los más pobres era de 3 a 1 en 1820, de 35 a 1 en 1950, de 44 a 1 en 1973 y de 72 a 1 en 1992.

Las operaciones especulativas diarias sobrepasan el millón y medio de millones de dólares (otros dicen 1,8 millones), mientras las exportaciones mundiales ascienden a unos 6 mil millones de dólares anuales: una economía virtual se sobrepone a la economía real.

Otro mundo es posible

La toma de conciencia sobre esta injusticia planetaria puede mover montañas. Hasta ahora se ha podido paralizar decisiones nefastas como el Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI), o frustrar la reunión de Seattle de la OMC, la otra pata del poder mundial.

Tras las movilizaciones de Praga se registraron algunas promesas sobre la deuda de los países más pobres, que es mínimo y no pasa de los declarativo. Pero el objetivo va mucho más lejos: determinar cambios sustanciales en los organismos internacionales de crédito, en sus políticas, en su integración y funcionamiento, así como en las Naciones Unidas, en su Consejo de Seguridad, en el derecho de veto, etc.

Mucho podrá lograrse con una participación masiva de sectores sociales que lleva en sí misma la dinámica de su crecimiento y diversificación, en pos de objetivos comunes vinculados al destino de la humanidad.

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