Un recuerdo para Titov, el cosmonauta

Titov, que ahora se desempeñaba como representante del Partido Comunista ruso en el Parlamento y en su Comisión de Defensa, adquirió celebridad mundial cuando, el 6 y 7 de agosto de 1961, piloteó la nave soviética Vostok-2 durante 25 horas y 18 minutos, en el primer vuelo en órbita que duró más de un día. Previamente, el 12 de abril del mismo año, Yuri Gagarin había realizado en la Vostok-1 el primer vuelo espacial tripulado de la historia. Titov era el cosmonauta alterno para dicha misión inaugural. Una foto de la época, muy difundida y reproducida en estos días, muestra a ambos junto a los dirigentes del Partido Comunista de la Unión Soviética, Nikita Jruschov y Leonid Brezhnev.

Precisamente en ese año 1961, en el mes de octubre, tuvo lugar el XXII Congreso del PCUS. Me tocó acompañar a Rodney Arismendi y a Alberto Altesor en la delegación partidaria uruguaya. Allí, en un intervalo del Congreso, tuve el gusto de estrechar la mano de Titov, presente como delegado. Muy simpático, modesto, de sonrisa abierta, intercambiaba saludos con gente venida de todas partes, haciéndose entender en una mezcla de idiomas.

El XXII Congreso era, en cierto sentido, la prolongación del Vigésimo Congreso de 1956, que ha gozado de enorme fama internacional por cuanto en el informe formulado por Jruschov (que durante cierto tiempo se persistió en denominar secreto), se inició la denuncia del culto a la personalidad de Stalin. Posteriormente se realizó el congreso número XXI, limitado a la aprobación de un plan quinquenal. El XXII Congreso se extendió durante más de una semana, y a cierta altura el orden del día parecía agotado.

No obstante, al finalizar la sesión vespertina del viernes (o del sábado, no recuerdo), se volvió a citar para el lunes a las 10 de la mañana. No se sabía a ciencia cierta para qué.

Ese día, se adelantó hacia la tribuna el secretario del partido de Moscú, y formuló la propuesta de que el cadáver de Stalin fuese retirado del mausoleo de la Plaza Roja, donde yacía junto a Lenin. De inmediato el secretario de Leningrado respaldó la propuesta (o quizá el orden haya sido el inverso). Ambos la fundamentaron extensamente en el informe al XX Congreso.

La resolución se concretó de inmediato, o incluso con alguna anticipación. Stalin fue enterrado, junto a otros dirigentes partidarios y del estado, en la muralla del Kremlin.

La adopción de esta medida se dilató durante un lustro, y no fue por casualidad. Al día siguiente, ya en vísperas de las celebraciones del 7 de noviembre, viajamos con Altesor a Leningrado, cuna de la revolución. Allí pudimos apreciar directamente que muchos hombres del pueblo –incluidos ex combatientes del Ejército Rojo– no compartían en absoluto dicha resolución. Pero ésta ya es otra historia.

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