El blanqueo de la Central de Inteligencia

lanquear a la CIA es más difícil que limpiar los establos de Augias, tarea que sólo Hércules pudo llevar a término. Sobre todo después que se exhibieran los documentos en que la Agencia tachó con tinta indeleble los nombres de los principales responsables de sus operativos criminales.

Rasputín y los apestosos

Montesinos aterrizó en Panamá tras un acuerdo con la cúpula militar peruana y con Fujimori, quien le agradeció los servicios prestados al desmantelar Sendero Luminoso y el MRTA, como lo reiteró en su discurso del 24 ante el Comando conjunto. Ahora el Rasputín de los Andes se sumó a los apestosos, nombre dado a quienes encontraron refugio en Panamá, del sha de Irán (a pedido expreso de Kissinger) al golpista haitiano Raoul Cédras o a los presidentes defenestrados, Serrano Elías de Guatemala y Abdalá Bucaram de Ecuador.

The Washington Post sostiene que «Montesinos daba la impresión de controlar todo en todas partes» y que EEUU lo consideraba como «el señor que lo arregla todo», también en transacciones comerciales. «Cuando una empresa norteamericana estaba en dificultades, una llamada telefónica al ‘doctor’, a veces directamente desde Washington, lo resolvía todo», escribe, y ex funcionarios de la embajada USA en Lima lo confirman. Este papel es el que la CIA quiso preservar a toda costa, incluso cuando el viento se puso en contra. «La CIA se resistía a todo cambio», señala el rotativo, aludiendo al cataclismo desencadendo este mes. Procuró sostener a su hombre hasta el final.

Contreras y Bush, jefe de la CIA

Informaciones desde Washington reconocen que «EEUU favoreció el golpe de Estado que derribó al presidente Allende en 1973 y condujo a 17 años de dictadura del general Pinochet». Por su parte, la CIA admitió en un informe elevado al Congreso el 19 de setiembre que el jefe de la DINA, Manuel Contreras, fue agente pago a su servicio desde 1974, pero alega que «se distanció de su protegido a partir de 1977″ porque su buen corazón no le permitía compartir «la violenta represión implantada dentro y fuera de Chile por la policía secreta de Pinochet».

A confesión de parte, queda la constancia de que el general Contreras –un típico agente doble– cumplía órdenes de la CIA cuando se perpetraron los asesinatos del general Carlos Prats en Buenos Aires (30 de setiembre de 1974), de Orlando Letelier en Washington (21 de setiembre de 1976) y el atentado contra Bernardo Leighton en Roma (6 de octubre de 1975). Y también en la sucesión de crímenes que ensangrentaron Chile antes y después de ese período, desde los de «la caravana de la muerte» (por los cuales) deberá responder Pinochet) al degüello de tres militantes comunistas, y otros miles.

Desde la cárcel de Punta Peuco, donde en enero terminará de cumplir su pena de siete años, Contreras ha develado la razón por la cual la CIA quiere lavarse las manos y arrojar sobre él todas las culpas.

«Es una venganza con el objeto de sacarse el problema por el cual los están investigando a ellos», declaró a El Mercurio.

Congresistas demócratas pidieron informes a la CIA sobre sus actividades bajo la dictadura de Pinochet para perjudicar al candidato republicano, ya que el padre de George W. Bush fue el director de la CIA en 1976 y 1977, antes de ocupar la vicepresidencia con Reagan y la presidencia por un único período, durante el cual desató la invasión a Panamá (1989) y la Guerra del Golfo (1991).

«Hijos de p… bien nuestros»

No es la primera vez que la Agencia intenta borrar sus huellas.

Es una práctica constante desde que EEUU impuso a sangre y fuego a los dictadores militares que durante décadas usurparon el poder en países de América, previo lavado de cerebro con la doctrina de la seguridad nacional impartida en sus escuelas de contrainsurgencia (ahora trasladadas del Canal a EEUU, y donde dicen que van a dictar cátedra de democracia).

Cuando se alzaron voces en Estados Unidos condenando el apoyo de sucesivos gobiernos a la cáfila de los Ubico, Carias, Somoza, Duvalier, Trujillo (véase La fiesta del chivo de Vargas Llosa), fue el presidente Roosevelt (el estadista, no el primer invasor de Panamá) quien les contestó: «Son hijos de puta (sons of a bitch, en inglés), pero hijos de puta bien nuestros».

Bases y más bases Las actividades encubiertas de inteligencia son el sostén de una política expresada en el acrecentamiento de los gastos de guerra y operaciones militares en varias latitudes, y cuya quintaesencia para América Latina es el Plan Colombia, que cierne la amenaza de la guerra sobre toda una región del continente.

Este plan se acompaña de la proliferación de bases militares de EEUU o a su servicio.

En Colombia, al tiempo que el gobierno relega las conversaciones de paz, se acrecienta la actividad en la enorme base de Tres Esquinas, donde operan cientos de asesores militares USA y sus helicópteros Black Hawk. También están activas la base norteamericana de Manta en el Pacífico ecuatoriano; las de Aruba y Curaçao en las Antillas bajo dominio de Holanda, aliado de EEUU en la OTAN; y la de El Equivo en la frontera de Guyana con Venezuela, todas ellas cercando a Colombia.

En la zona cocalera de Bolivia donde estallan ahora las confrontaciones con los campesinos, hay tres bases militares financiadas por EEUU.

Tropas y barcazas norteamericanas participaron en maniobras en el río Paraguay, y autoridades yanquis visitaron tres bases militares paraguayas en la frontera con Brasil.

Todo en nombre de la lucha antidroga, ahora a cargo del nuevo jefe de la DEA, Donnie Marshall, quien desde el 2 de junio procura superar la performance del ex zar, general Barry McCaffrey.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje