¿Una nueva guerra hispano-americana?

Burger King debiera suspender la campaña de venta de su monstruosa hamburguesa XXL en España porque viola la iniciativa del Ministerio de Sanidad contra la obesidad, que ataca al 16% de los adolescentes. El gobierno de Madrid ha pedido a la cadena que abandone su estrategia porque los anuncios violan un acuerdo con los hoteleros y restauradores. La compañía norteamericana, de momento, ha rehusado. Acusado de ingratitud por la retirada de Irak, España es hoy un país comparativamente rico (candidato al G-8), que sobrepasa en crecimiento económico sostenido a sus socios de la zona euro. Es un ambicioso inversor que compite con los Estados Unidos en América Latina. Se atreve a protestar ante el poder hegemónico de los Estados Unidos, a los que cuestiona su política hacia Cuba, de donde salió derrotada en 1898 («Remember the Maine!»). Ahora ha declarado la guerra a Burger King.

Se espera que la sangre no llegue al río y que se continúen las cordiales relaciones. España y los Estados Unidos son, al fin y al cabo, aliados y amigos. ¿De veras?

No cabe duda de que ambas administraciones han reducido las fuentes de fricción. España ha sido en este sentido extremadamente generosa. Es uno de los contribuyentes más numerosos de tropas en Afganistán y está ejerciendo un papel de liderazgo en El Líbano. El gobierno de Zapatero finalmente ha desistido de la controvertida venta de navíos y aviones a Venezuela.

Incluso Donald Rumsfeld acompañó a ministros españoles a las ceremoniales ofertas de coronas de flores en el cementerio de Arlington, donde están enterrados algunos soldados estadounidenses muertos en lo que se llama «la guerra hispanoamericana». El hecho es que esa guerra no fue una excepción en la serie de desacuerdos y desencuentros entre España y los Estados Unidos. Es la confirmación histórica de una ausencia de coordinación en muchos capítulos históricos en los que ambos países se han mantenido distantes.

El episodio de Burger King es también la confirmación de un contraste entre la fascinación en España por la cultura popular norteamericana y la actitud crítica generalizada hacia numerosas muestras de su política exterior, una pauta que se agudiza cuando se trata de las élites. En contra de lo que el anterior gobierno derechista de Aznar ha intentado aludir, la actitud anti-norteamericana no fue invento de Zapateo, sino que se remonta a generaciones anteriores como resultado de la humillación del 98, de la que el propio dictador Franco fue genuino representante.

Antes de la Guerra de Cuba, cuando los Estados Unidos estaban ocupados en su propia Guerra Civil (1861-1865), España se reinsertó en la República Dominicana, en flagrante violación de la Doctrina Monroe. Luego, se unió a Francia y Gran Bretaña en la ocupación de México. Además, los navíos españoles bombardearon los puertos peruanos y chilenos. En la Primera Guerra Mundial, mientras los soldados norteamericanos morían en los campos de batalla de Europa, España permanecía neutral. Justo después, cuando el Senado norteamericano rechazó la Sociedad de las Naciones del Presidente Wilson, España se unió con entusiasmo al proyecto.

La «soledad de la República» española fue provocada por el «abandono de las democracias» (entre ellas, la de Roosevelt) y el viraje hacia la Unión Soviética», tal como reza el título y el espíritu del reciente libro de Angel Viñas (Barcelona: Crítica, 2006). Así Franco ganó la Guerra Civil española gracias a la ayuda de Hitler y Mussolini. Inicialmente no beligerante y tardíamente neutral en la Segunda Guerra Mundial, Franco envió la División Azul a ayudar a los nazis, mientras los norteamericanos reconquistaban territorios tomados por la Wehrmacht.

Al finalizar la contienda, España estuvo ausente en la creación de la OTAN y no envió tropas a Corea o Vietnam, a pesar del sentimiento anticomunista de Franco. Mientras Washington ejercía presión sobre los soviéticos en la Europa del Este, renovaba los acuerdos sobre las bases militares en la península. Se garantizó así la supervivencia del régimen franquista, para desesperación de la oposición y el exilio. Cuando la dictadura militar argentina invadió las Malvinas y la OTAN se puso de parte de Londres y Washington, España apoyó moralmente a Argentina. Coherentemente el secretario de Estado Haig calificó la invasión de Tejero como un «asunto interno». Menos mal que su sucesor Colin Powell sacó las castañas del fuego a Aznar en el incidente con Marruecos sobre la isla de Perejil.

Todo este interesante récord muestra que España y los Estados Unidos casi siempre han estado distanciados, recelosos o incluso enfrentados, con las excepciones de la pragmática alianza durante la dictadura franquista o el breve interludio del respaldo de Aznar a la política de Bush. Pero, se dirá, ¿y qué fue la ayuda de España durante el proceso de independencia de los Estados Unidos, irresistible temática de ceremonias diplomáticas? Cierto, pero fue para dañar a los ingleses, más que por motivaciones altruistas. Ahora, veamos cómo acaba «la guerra de la hamburguesa». *

(*) Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.(COPYRIGHT IPS)

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