500.000 niños en la calle

«Me quedé dormido en un vagón y al despertarme me encontré por casualidad en Baoji, donde viví durante varios meses recogiendo latas vacías y botellas de plástico», comentó dos años después el adolescente, como si se tratara de algo natural.

«Ganaba entre 5 y 6 yuans (0,6 a 0,7 dólares) diarios, dormía fuera y me escapaba junto a los demás niños cuando llegaban los policías», prosiguió, rodeado de varios menores rescatados de la calle que en la actualidad residen en un refugio en la periferia de Baoji, una ciudad de tres millones de habitantes situada en el cruce de varias regiones desheredadas del noroeste de China.

Forma parte de un número cada vez mayor de niños que vagan por las grandes ciudades chinas, principalmente por los alrededores de las estaciones ferroviarias, para intentar sobrevivir después del fallecimiento, separación o encarcelamiento de sus padres.

Carecen de ayuda estatal ya que las autoridades están invirtiendo cada vez menos en el ámbito social por falta de dinero, y también por las masivas malversaciones de fondos efectuadas por altos directivos locales.

«No existe ninguna estructura para los niños que viven en las calles. Los orfelinatos sólo aceptan a los huérfanos provistos de la documentación requerida y aún así a cuentagotas», explicó Michel Roux, ex vicepresidente de Médicos Sin Fronteras (MSF) que creó el año pasado en Hong Kong la asociación Datong, para apoyar a las iniciativas privadas chinas.

Según los investigadores de la Academia china de Ciencias Sociales, entre 200.000 y 500.000 niños chinos viven en la calle, pero resulta muy difícil distinguirlos de los menores forzados por sus progenitores a mendigar o a vender flores, eso cuando no son comprados o secuestrados por traficantes.

«Siempre buscamos a los padres pero no es fácil», explicó Shi Zhonghua, de 57 años, directora de un centro caritativo creado en 1998 en un ex orfelinato estatal.

Shi, una ex institutriz, y otros cuatro jubilados invirtieron sus escasos ahorros, entre 30.000 y 50.000 yuans cada uno, en un proyecto ambicioso.

Titulado Fu Lao Xie Yu (servir a los viejos para ayudar a los jóvenes), consistió en construir un centro de la tercera edad justo al lado del refugio, con la intención de utilizar parte de los gastos de alojamiento abonados mensualmente por los jubilados, entre 500 y 600 yuans, para los niños de las calles.

Niños y jubilados comen en el mismo comedor, juegan a veces juntos al croquet después del colegio, y participan en fiestas comunes. Los viejos también ayudan en ocasiones a los niños a hacer sus deberes.

«Se trata de una solución dinámica de desarrollo social, con la utilización de locales», subrayó Michel Roux, que anhela que el ejemplo de Baoji se extienda a otras urbes chinas.

En ausencia de padrinos y de apoyo financiero estatal, el centro tuvo que renunciar a albergar nuevos niños durante los últimos meses, limitando su número a una cincuentena, de edades comprendidas entre los 5 y los 15 años, ocho de ellos minusválidos, mientras que el número de jubilados está restringido a 53 personas por falta de estructura médica.

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