"¿Quién llegó?"
Los habitantes de Ankara se afanaban el martes en sus quehaceres cotidianos, ajenos a la presencia en su ciudad del papa Benedicto XVI, cuya única prueba tangible era una congestión del tráfico mayor de lo habitual.
«¿Quién llegó? ¿El Papa? ¿Era hoy cuando llegaba? ¿No me digas?», preguntaba un hombre al vigilante de una sucursal bancaria, en la que entraba para sacar dinero de un cajero automático.
Y es que estaba intrigado por la bandera blanca y amarilla de la Santa Sede, cuyas insignias desconocía. «Pensaba que era la bandera de Mongolia», confesó con la sonrisa dibujada en los labios, antes de dirigirse apresuradamente hacia su coche.
Sin banderolas, ni adornos, ni muchedumbre entusiasmada y bajo un sol radiante, la visita podría haber pasado desapercibida en esta metrópolis, cuyos habitantes están muy acostumbrados a la presencia de jefes de Estado y a ver convoyes oficiales en las inmediaciones de los edificios públicos.
Sin embargo, las principales arterias de la capital estaban engalanadas con las banderas del Vaticano, que lucían junto a la medialuna y la estrella blanca sobre fondo rojo del pabellón de la República de Turquía.
Los turcos, indiferentes ante el viaje del Sumo Pontífice, sufrieron las molestias de tan ilustre visita.
El tráfico, congestionado por obras desde hace varias semanas en el centro de la capital, permaneció horas cortado debido a las draconianas medidas de seguridad instauradas.
Al menos unos 3.000 policías estaban apostados en la ciudad, según las autoridades.
Francotiradores encaramados a los tejados de los edificios y helicópteros de la policía que sobrevolaban la capital recordaban, no obstante, que no era un día cualquiera.
Las medidas de seguridad eran incluso más estrictas que las desplegadas con motivo de la visita del presidente estadounidense George W. Bush en 2004, según los responsables turcos. El cierre de varias arterias en hora punta impidió a los ciudadanos regresar a casa.
Los automovilistas echaban chispas. «Es increíble, ¿es así como acogemos al Papa? ¿Impidiendo a la gente volver a casa?», comentaba indignada una mujer sin apartar su mano de la bocina de su coche.
Detrás, en un furgón que aparentemente transportaba utensilios domésticos, tres jóvenes fumaban con parsimonia y tarareaban las melodías folclóricas de la radio, resignándose a su suerte. *
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