En busca de distensión
La primera renuncia conocida es la del titular de Educación, Juan Llach, un extrapartidario, y no es atribuible al alijo reclamado para distender la cargada atmósfera: él pedía irse hace tiempo, símbolo de su fracaso privatizador de la enseñanza. Con todo, algunos interpretan el relevo como el comienzo de más cambios.
La tensión reconoce además la persistencia del estancamiento de la economía, que abruma a la población pero también el futuro del oficialismo. La visión presidencial es optimista. Pero hay elecciones en 2001 para modificar totalmente la Cámara alta y la mitad de la baja y la sombra de unos comicios flojos ya comienza a torturar a los dirigentes del elenco gobernante.
Nadie aguarda milagros en la economía. El módico crecimiento previsto en los cálculos del presupuesto para el año próximo no es creído como viable y en el mejor de los casos, escasamente impactante para la vida corriente de la gente. Por eso, elucubran los más preocupados, la carta ganadora pasa por la política. Eso requiere señales muy fuertes de que efectivamente la Alianza está dispuesta a generarlas con hechos concretos para superar el estallido en el Senado Nacional.
En este contexto se produjo la cumbre entre De la Rúa y Carlos Menem. Las casi dos horas se las llevaron los informes del canciller y del hombre de hacienda y otros; demasiadas voces pero evitan suspicacias. Valen los gestos que emitieron.
El jefe del PJ fue preciso al indicar que la crisis desatada en la Cámara alta debe aguardar la decisión judicial y el respaldo al corazón del presupuesto próximo: déficit fiscal contenido y «honrar el pago» de los intereses de la deuda externa. Es una señal muy fuerte para el exterior, donde su palabra tiene más eco que dentro de la Argentina.
El ex mandatario se exhibió como colaborador crítico, sistémico, que recibe el reconocimiento de su liderazgo partidario, aunque éste sea cuestionado por un aliado de la Alianza como el bonaerense Carlos Ruckauf. De la Rúa encontró en su visitante lo que buscaba: respaldo al juez que sigue el caso del soborno y apoyo para que al menos los legisladores menemistas lo ayuden a aprobar la ley de las leyes.
La negativa de que se haya hablado sobre el papel en estos tiempos del vicepresidente potencializó a Carlos «Chacho» Alvarez. Su previsible ausencia dará pie a todo tipo de rumores. Pero del hombre se habló cuando el ex ministro del Interior Carlos Corach advirtió que hay que «integrar a Chacho» para disciplinar el conflicto, que está lejos de apagarse.
Al presidente, comenta a este corresponsal un hombre de sus cercanías, le preocupa que aparezca una división con el vicepresidente o previsiones de ruptura de la Alianza. «El tiene que guardar la Constitución; no puede pedir la renuncia de los senadores y convertirse en un (Alberto) Fujimori. Pero con sus características, jugando cada uno su rol, siguen en lo mismo con Chacho». No le puede pedir tampoco la renuncia al radical (José) Genoud (presidente provisional del Senado), pero tampoco lo apoya como se dijo. De encontrarle la salida, se encarga Raúl Alfonsín», asegura.
Un escenario agravado
Ahora el escenario es distinto, peor. La denuncia de la senadora por Neuquén, Silvia Sapag, de que la quisieron dar «mucha plata» para aprobar una discutida ley sobre hidrocarburos, instaló en un primer plano los sobornos de los intereses concretos, en este caso los petroleros. En otras ocasiones pudo ser la ley sobre patentes; la ley laboral hace sospechar como el corruptor a algún sector del gobierno, una excepción de una realidad más compleja. Siempre que se rumoreó «el pago de peaje», la vista se dirige a los lobbys.
De la Rúa comprende que no puede atarse a una fórmula ocultadora, necesita dar gestos políticos al menos donde él decide: el gabinete nacional. Es difícil encontrar algún ministro que no aguarda la movida. Pero es inocultable el deseo presidencial de exhibirse sistémico, por no dejar a nadie la decisión y la elección del momento.
Otra imagen para las instituciones depende también de los pasos que esté dispuesto a dar el peronismo. La vida demuestra que la cosmética de los relevos de su cúpula senatorial no ha sido suficiente y que las campanas tocan a duelo por Emilio Cantarero. Es quien sondeó a Sapag, el mismo que sé autoincriminó ante una periodista y luego se arrepintió.
¿Qué detiene al peronismo arrojar lastre? ¿No exhibirse débiles frente al vicepresidente, no ser funcional a sus objetivos que –creen– es en última instancia llegar en algún momento a la presidencia del país? El argumento oculta un pretexto menos idílico. «Si lo echamos (al senador salteño), se puede quebrar», murmuran con temor en el riñón del bloque.
La perspectiva de un arrepentido hace tambalear cualquier estrategia. La renuncia del radical Juan Ignacio Melgarejo perturba aún más al peronismo. El senador nacional fue nombrado por Sapag, aunque transmitiendo palabras de Cantarero: «Es más pirata que yo y se tapó un ojo», contó la dama que le contaron.
Los radicales, indignados, atribuyen a Chacho la desgracia de ese senador por Santa Cruz. Sin buscarlo, la dimisión presiona sobre la precaria situación de la mayoría de sus colegas.
El furor radical contra Alvarez es casi global por el caso Melgarejo y se pone a tono con la línea del peronismo en el Senado que gira alrededor de la consigna «frenar a Alvarez», pero rodeando al presidente. Sostienen los justicialistas que no se ilusionan en hacer añicos al binomio gobernante, mas su escenario ideal sería ese.
Pero será inútil si no comienzan, más temprano que tarde, la tarea de depuración. Como para el gobierno, el diagnóstico es el mismo: las decisiones son políticas.
Riñas menores
Atrapados por los acontecimientos, los senadores peronistas están otra vez cerca de Menem y se han convertido en funcionales al enfoque que De la Rúa le dio a la crisis cuando regresó de su viaje: exhibir que las instituciones funcionan. «Le votamos leyes que en otro marco nunca lo hubiéramos hecho, e incluso programamos una agenda para dos semanas próximas», dice uno de ellos.
En la Alianza hay roces. Con diplomacia De la Rúa le dijo a «Chacho» que él también lucha contra la corrupción. Alfonsín también lo atajó cuando el vicepresidente insistió en la necesidad del desplazamiento de Genoud. «Es una cuestión partidaria», replicó. Genoud, para Alvarez, es una pieza clave en las «componendas con el peronismo en el Parlamento».
No ha sido en la semana la única rispidez. El bloque de diputados nacionales radical se puso más que bravo con el titular del bloque de la Alianza, el frepasista Darío Alessandro, que en un reportaje sugirió que Enrique Nosiglia, siempre sospechoso de dirigir operaciones subterráneas, debería abandonar la dirección del radicalismo. «Si no se rectifica, no nos sentaremos más juntos», gritó un diputado radical. Alessandro hizo piruetas para convencer a un emisario de que no hay una estrategia para demoler a algunas figuras del radicalismo.
Para no profundizar más las distancias, «Chacho» busca ahora también amortiguar los roces y, a instancias del negociador que es Alfonsín, restablecerá puentes con los senadores del radicalismo sin abandonar su cruzada purificadora.
Hay olvidos que matan A nadie del gobierno se le ocurrió pedirle al poderoso Consejo Empresario Argentino que no incluyera en la delegación que vio a De la Rúa, al ex ministro de economía José Alfredo Martínez de Hoz, el rostro económico de la dictadura, el demoledor de la industria, el creador de la deuda externa. Si a los doctores de la economía se los incluyera, como a los de medicina, en la «m
ala praxis», Martínez de Hoz hubiera sido procesado por los efectos deletéreos de su política.
Para peor, la huida del departamento central de la Policía Federal de los supuestos killers del vicepresidente Luis María Argaña, deja a las autoridades al borde del ridículo que no lavarán relevos que se vienen.
Visiones encontradas
De hecho, el presidente blanqueó el futuro de Alberto Flamarique fuera del Ministerio de Trabajo, cuando no lo invitó a participar del encuentro que mantuvo con la directiva de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) para escuchar sus ideas para detener el proceso de marginación del desempleado crónico. Es imposible compaginar los planteos de este sector sindical combativo con el rumbo económico: la visión de la CTA es la otra cara de lo que ocurre. Entre el respaldo del Consejo Empresario, el non plus ultra de los grandes intereses y el programa sindical hay un abismo. Pero tampoco las propuestas de la Unión Industrial a la que Alvarez saludó a principios de mes están en las metas inmediatas de Machinea. Aunque se proclame que el primer objetivo es conseguir la reactivación y el trabajo, los datos revelan que hay estancamiento y más pobreza. Y malestar social. La Iglesia, que tiene el mejor termómetro de medición, constata que al desánimo por la falta de perspectivas comienzan a formalizarse en zonas casi marginales, nuevos canales de representación
El vicepresidente, adepto a las jugadas fuertes, reflexiona sobre sus próximos pasos, no retornará a presidir las sesiones del Senado mientras siga el secretario administrativo Mario Pontaquarto, un radical, eslabón de tráficos innobles, sostiene. Piensa en voz alta sobre cuántas veces pueden repetirse casos como la denuncia de Sapag, basada en dichos de terceros: en el futuro serán necesarias además, pruebas contundentes.
No siempre el azar, al que le otorga, por su formación hegeliana, una confianza casi ciega, irá en su ayuda. Acaso concuerde con el pensador que escribió: «El caos contiene energías que pueden conducir a un nuevo orden aunque subsistan espacios de incertidumbre». Pero, ¿qué orden?
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