En París, cuando la Convención Nacional abolió la monarquía
Uno de los Estados más poderosos y de mayor influencia mundial ha abandonado definitivamente la forma de gobierno monárquica para adoptar un sistema republicano, inspirado en la antigua Roma.
Los 780 diputados que integran la Convención Nacional recientemente instalada aquí decidieron –en una de sus primeras medidas– formalizar una situación de hecho. En efecto, desde el arresto de Luis XVI en Varennes cuando huía de incógnito, Francia ya no estaba gobernada por el monarca, de manera que la resolución adoptada por la Convención confirma la vocación republicana de los revolucionarios en el poder desde hace ya tres años.
La medida está legitimada por cuanto los convencionales electos lo fueron por sufragio universal (sólo masculino, obviamente) aunque se registró un considerable porcentaje de abstención.
El reelecto diputado Maximiliano Robespierre ha propuesto que el símbolo de la nueva república sea el gorro frigio con el lema «Libertad, Igualdad, Fraternidad».
Andando por las calles de la ribera izquierda del Sena, nuestro corresponsal observó grupos de milicianos que procedían a retirar carteles con referencias al rey o a la monarquía. Un sacerdote que se había detenido a observar la acción, comentaba entre sollozos: «¿A dónde puede llegar un país que prefiere ese ridículo bonete rojo a la majestuosa corona? Con estos energúmenos en el gobierno, Francia ha perdido el amparo de la Iglesia y el respeto internacional». Sin embargo, la noticia del triunfo en Valmy contra los austríacos parece indicar que Francia no necesita de la bendición papal, y que la causa revolucionaria goza de buena salud.
Ahora, la Convención deberá abocarse a la tarea de redactar una Constitución Republicana que plasme los principios democráticos y de justicia social que inspiran a los revolucionarios.
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