OPINION INTERNACIONAL

La gran paliza

DECÍAMOS AYER que en las elecciones del 7 de noviembre el presidente Bush y el Partido Republicano habían sido vapuleados, que perdieron el control de la Cámara de Representantes y se dirigían a perder el del Senado (ambos detentados desde 1994), que Rumsfeld estaba en la cuerda floja, que la elección nicaragüense del domingo había significado también un revés para la política de Bush y que la ONU se aprestaba a condenar una vez más el bloqueo impuesto por EEUU contra Cuba. Bastaron pocas horas para confirmar estas apreciaciones en grado superlativo.

 

Maniobras conciliatorias

Lo primero es calibrar la magnitud de la derrota del gobierno y de su partido. En la Cámara de Representantes había 230 republicanos y 201 demócratas (más un independiente y un cargo vacante). La relación se invirtió radicalmente: ahora son los demócratas quienes tienen 230 diputados (ganando alrededor de una treintena) y los republicanos cayeron a 206. Nancy Pelosi, demócrata por California, es la nueva presidenta de la Cámara y la tercera en la línea de sucesión presidencial. En el Senado estuvo en discusión hasta último momento el escaño por Virginia, que finalmente ganó por escaso margen el demócrata Jim Webb sobre el senador republicano George Allen; sumado al hecho de que los demócratas le arrebataron a los republicanos los senadores por Montana, Missouri, Ohio, Pennsylvania y Rhode Island, quedaron en mayoría de 51 a 49 en la Cámara Alta, revirtiendo la anterior situación, que era de 55 a 45 a favor de los republicanos. Otro tanto sucedió con los gobernadores. Había una mayoría de gobernadores republicanos, y sólo se renovaron 36 de los 50 estados. Los demócratas ganaron 6 nuevos gobernadores y pasaron a prevalecer en número de 28 contra 22 republicanos. La victoria de los demócratas se dio pues en toda la línea. Según David Brooks esto constituyó «un golpe tal vez mortal al mesianismo neoconservador sin límites que ha imperado aquí durante los últimos seis años».

Y fue el propio Bush quien confesó, apesadumbrado, que habían recibido «una gran paliza».

Pero de inmediato encabezó personalmente la campaña para relativizar los resultados. Empezó por desprenderse del secretario de la Defensa, Donald Rumsfeld, cuya renuncia estaba reclamando todo el país por el desastre de la guerra de Irak. De inmediato siguieron las maniobras conciliatorias. Se reunió con Nancy Pelosi, para tratar de acordar sobre la continuidad de la guerra de Irak, habida cuenta de que ésta había reclamado, en su primera comparecencia pública, un giro de la política de EEUU en Irak, acorde con el claro mandato de la ciudadanía.

 

Rumsfeld, el lastre por la borda

Bush por su parte se enfrentó a la prensa reiterando que el comandante en jefe de las fuerzas armadas es él, abogando por no cambiar la política en Irak e invocando la conciliación, la cooperación y el «terreno común» con los demócratas.

En ese sentido, Rumsfeld operó como fusible, o chivo expiatorio. Su renuncia forzada pasó a ser el tema del día, y no la derrota completa sufrida por la Casa Blanca. Ante críticas feroces a Rumsfeld, Bush declaró varias veces que lo conservaría a su lado hasta el fin de su mandato, lo mismo que a Cheney. Bob Woodward, el famoso periodista del Washington Post, dijo en entrevista reciente con la CBS News que Rumsfeld era «el predilecto de Bush», y que Cheney comentó que si el secretario de la Defensa quedaba fuera de juego, el sería el próximo. Ahora está poniendo las barbas en remojo.

Se ha sacado la cuenta de que Rumsfeld tenía en su contra a todos los demócratas y a un cierto número de republicanos, a Colin Powell y al presidenciable senador John McCain, a media docena de generales retirados y a todos los diarios próximos a las fuerzas armadas (Army Times, Navy Times, Air Force Times, Marine Force Times). Dos veces presentó su renuncia al presidente, que la rechazó. Se recuerda que estaba en el Pentágono el 11 de setiembre 2001 cuando el vuelo 77 de American Air Lines se estrelló en el ala oeste, y ayudó a transportar a los heridos. Después se sacó de encima a su adjunto Paul Wolfowitz, que fue a parar al Banco Mundial. Su amistad con Cheney data de la época en que Gerald Ford lo nombró secretario de Defensa. Ya fue reemplazado por Robert Gates, director de la CIA en la presidencia de Bush padre.

 

El mundo contra el bloqueo

Mientras se sustanciaban estos hechos, la Asamblea General de la ONU condenó el bloqueo de EEUU contra Cuba por 15ª vez consecutiva y con la más alta votación de la historia: 183 contra 4 (EEUU, Israel, y Palau e Islas Marshall, que son posesiones norteamericanas). El episodio muestra a EEUU contra América Latina (y contra el mundo), tema al cual volveremos. *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje