En la tierra de los libres

Acaba de probarse ante el mundo que la opinión pública universal está rechazando las ideas de la derecha conservadora internacional, por una agenda de justicia social, cuidado del medio ambiente, respeto por los derechos humanos y responsabilidad estatal fiscal.

«Nos habíamos convertido en un partido de gasto y corrupción administrativa», gritó al micrófono un viejo conservador republicano americano el lunes, después de reconocer el devastador resultado de las elecciones. «Abandonamos nuestras virtudes de cuidado fiscal y responsabilidad social por una agenda ultra que nadie entendió ni entiende. La actual administración Bush mereció este duro golpe electoral».

Con lágrimas en los ojos, activista conservador tras activista conservador, criticaron al gobierno republicano de la dupla Bush-Cheney por haberse dejado convencer por tendencias derechistas sin apoyo popular y por lanzarse a perseguir espejismos políticos inalcanzables.

Que no le quede ninguna duda a nadie. El electorado americano le dio un profundo puntapié en el trasero a la agenda conservadora derechista de la actual administración americana. No hay forma de ponerlo en otras palabras.

Bancada tras bancada, senatorial o congresista, cayó bajo la presión de un deseo fundamental de cambio en el electorado de Estados Unidos. Es posible señalar que la elite republicana de agendas secretas personificadas de Carl Rose, Dick Cheney, George Bush, Donald Rumsfeld y Condoleeza Rice cayeron bajo el mazazo furibundo de los propios conservadores republicanos de ley.

Todo se puso en el tapete y todo resultó vapuleado: Irak, despilfarro estatal, inmigración ilegal, corrupción administrativa, falsos apóstoles. Nada quedó en pie. Fue un nócaut.

Mi llegada al país de los hombres y mujeres libres sobre el fin de semana no fue auspiciosa para los republicanos. En LAX, el aeropuerto de Los Angeles, la opinión informal de algunos trabajadores indicaba frustración con el gobierno de Bush a todos los niveles, más allá de una simple incomodidad de una persona de bajo salario.

Un limpiador, el mexicano José, escoba en mano, se quejaba de que, con dos trabajos, apenas si le daba para pagar las cuentas. En el aeropuerto terminaba todos los días a las seis de la tarde para salir corriendo a un hotel de cinco estrellas y limpiar hasta las doce. Ambos trabajos apenas si le daba para mantener su familia de dos hijos ilegales. Era viernes por la tarde. Para José, el sábado, las chances de noche salsera eran pocas: «Mañana el será exactamente igual. El domingo va a ser peor», concluyó el mexicano.

Pensé que sería un caso aislado. No siempre para una muestra basta un botón. El tema se corroboró al poco tiempo cuando tomé el taxi del aeropuerto, hacia la zona rica de Santa Mónica. Los taxistas son utilizados por los periodistas del mundo entero para confirmar algún rumor que los extranjeros tienen cuando llegan a cualquier país. Los Angeles no iba a ser una excepción.

Se trataba de Rick, un siciliano todavía orgulloso de su grueso acento italiano. Le pregunté cuál era su vaticinio para las elecciones del martes, para el Congreso y el Senado americanos. «En mi opinión, lo primero que hay que hacer es sacar a todos los que estén en el gobierno de una patada. Son unos inútiles». Calculé que se refería a Bush y su equipo titular. «Eso seguro. Como primera medida», continuó. «Después, sólo después, pensar a quién pondremos a cambio».

Rick no estaba para vueltas, obviamente. La situación de muchos trabajadores americanos de costa a costa no es buena. La percepción general es que el país está a la deriva y las aventuras internacionales sólo exacerbaron el problema. El subibaja del precio del petróleo, la caída de estándares en la educación escolar y la salud y la inmigración masiva de mexicanos los tienen preocupados. Pero sólo porque a ciertos niveles escasea el trabajo y la paga es mala.

Es que en EEUU 2006 hay problemas por muchos lados. Los conservadores quieren levantar una muralla china que los separe de México. «No estamos en control de nuestras fronteras», vocifera Matt, un empleado petrolero retirado, que vive en el fondo de una casa en Studio City, a las afueras de Los Angeles. «En California es lo mismo que estar en México. Se habla más español que inglés. Mexicanos y centroamericanos están por todos lados». Hasta poco antes de las elecciones la opinión de los analistas políticos era que todavía existía un viraje pronunciado hacia la derecha. La elección marcó un giro de 180 grados hacia la izquierda liberal.

Según la opinión del retirado Matt, existen 40 millones de hispanos ilegales. Esta enorme cantidad no sólo baja los precios del mercado laboral de trabajos manuales y de algunos servicios, sino que marginaliza a los inmigrantes con salarios mínimos. Para peor, Matt no consigue trabajo. Para tipos de su edad, están abarrotados de inmigrantes provenientes del sur del Río Grande. Ya no los hay para los americanos europeos legales a nivel de jardinería, barman, mozo, conductores y otros por el estilo, por lo menos en California.

En Santa Mónica, Venice Beach y West Hollywood, distritos ocupados por afluentes de la siempre pujante industria cinematográfica de Los Angeles y aledaños, la opinión general del país era, extrañamente, parecida a la de los ejemplos de Matt, José y Rick, de clase baja. Pero en este caso era un tema de responsabilidad por los derechos humanos y de conciencia del medio ambiente. Los únicos que siguen republicanos bushistas son los grandes potentados de Beverly Hills.

El estado de California, comandando por el gobernador «Terminator», el actor austríaco-americano Arnold Swarzenegger es una de las regiones más ricas del mundo. Su economía está siempre ubicada entre las 10 más importantes. Swarzenegger salió ampliamente reelecto el martes. Pero en la política de Estados Unidos los votantes son bien claros. Una cosa es la elección del gobernador y la otra de los senadores y congresistas de la nación, quienes dirigen los destinos del país y pueden ponerle coto a un presidente sin riendas.

La historia se repitió entonces tanto en California como en el resto de los estados americanos: el famoso puntapié.

Que quede bien claro. Esto no es una conspiración de izquierda ni socialista internacional.

Estos fueron los votantes conservadores, viejos y jóvenes, los demócratas, liberales e izquierdistas, los inmigrantes, legales o ilegales: el gobierno americano tiene que cambiar de dirección fue el grito.

La derecha a ultranza es una política ya destinada al museo y ni Osama Bin Laden la va a revivir como si fuera un zombie de las películas de George Romero. Porque Swarzenegger nunca hizo de zombie y no va a empezar ahora. Nadie quiere caminar como un zombie tampoco. *

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