Por el atentado antijudío contra la AMIA

La muerte de Hariri

Argentina pide la captura de iraníes

El magistrado Rodolfo Canicoba Corral dijo a la AFP que libró dos exhortos, uno al gobierno de Irán por vía diplomática, y otro a Interpol, tras avalar un dictamen acusatorio de la Unidad Fiscal de Investigación (UFI) del atentado contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA).

Entre los requeridos figura el ex jefe del Servicio de Seguridad Exterior del movimiento chiíta libanés Hezbolá Imad Fayez Moughnieh.

«Se hizo un análisis minucioso del pedido del fiscal y se decidió en consecuencia. Debe quedar claro que esto es un pedido de detención y no una condena», afirmó el magistrado.

El juez también pidió el arresto, sin que lo haya solicitado la fiscalía, del ex embajador iraní en Argentina, Hadi Soleimanpour, que estuvo en la cárcel por esta causa en Londres en 2003 a solicitud de Argentina, pero quedó en libertad por falta de pruebas. La resolución de Canicoba Corral mencionó por primera vez en la acusación la de «crímenes de lesa humanidad», como lo venían solicitando los líderes políticos de la colectividad judía local, una de las más grandes de la diáspora, con unos 300.000 miembros.

Al ser declarado delito de lesa humanidad el ataque contra el edificio de ocho plantas en el antiguo barrio comercial judío de Once, cerca del centro, la causa por la AMIA no podrá prescribir.

No obstante, durante 12 años no se pudieron reunir pruebas fehacientes contra persona alguna y nadie está detenido por este caso, luego del fracaso de la investigación anterior que derivó en un juicio por corrupción contra el magistrado Juan José Galeano.  Galeano libró también pedidos de detención en agosto de 2003 contra gobernantes iraníes que no prosperaron por haber sido considerados no obligatorios por Interpol. *

El 14 de febrero de 2005 una bomba de gran poder explosivo puso fin a la vida del ex primer ministro libanés Rafic Hariri.

Hariri, un empresario de fuste, multimillonario, y arquitecto de la formidable obra de reconstrucción del Líbano después de la cruenta guerra civil que terminó en 1990, fue, pese a su política cautelosa, el símbolo de la lucha por la recuperación de la soberanía del Líbano, convertida en un país vasallo de Siria e Irán. La indignada reacción popular a su brutal asesinato obligó al retiro del ejército sirio del país y llevó a la formación del llamado Frente del «14 de marzo» unido por su determinación a defender la soberanía libanesa. El líder cristiano Samir Franjieh pareció interpretar el sentir de muchos cuando dijo «Es el comienzo de una nueva revolución árabe. Es la primera vez que toda una sociedad árabe está buscando un cambio   cristianos y musulmanes, hombres y mujeres, ricos y pobres».

A menos de dos años después y a la luz de la actual puja por el poder, luego de la guerra inútil con Israel precipitada por Hezbolá, los sueños de esta precaria revolución parecen deshacerse como pompas de jabón. Como lo señala Michael Slackman en el New York Times: «Por una parte, esta es una lucha parroquial por el liderazgo del Líbano, una nación mediterránea de 4 millones de habitantes. Pero al mismo tiempo, el Líbano ha sido un tablero de ajedrez en el que jugadores externos se enfrentaron en el juego global de la geopolítica.»

La crisis actual es un corolario de la guerra con Israel que comenzó el 12 de julio. Para la coalición antisiria de musulmanes sunnitas y drusos y algunos cristianos dirigida por el Primer Ministro Fouad Siniora,

Hezbalá complicó al Líbano en una guerra innecesaria que solo trajo destrucción al país. Pero Hezbalá, que pretende haber logrado una «victoria divina», exige la creación de un gobierno de unidad en el que tenga un rol considerablemente mayor al actual. Para Siniora y sus aliados estos reclamos constituyen un intento de socavar los acuerdos de Taif que permitieron el fin de la guerra civil y dividieron el poder entre los distintos grupos religiosos que conforman el país. Rami Rayess, un vocero del Partido Socialista Progresista, miembro del mayor partido druso aliado a Siniora, recordó que en Taif se estipuló que la división del poder no se vería afectada por cambios demográficos.

Walid Shahara, un columnista del diario «Al Ajbar» explica en estos términos el sistema político libanés : «En muchos aspectos es un sistema de coexistencia, de compromiso. Pero al mismo tiempo es también una guerra civil fría. Para que las élites sectarias puedan mantener su poder deben mantener el espíritu sectario». Por su parte, Ali Hamdan, un integrante del partido shiíta Amal y consejero de Nabi Berri, el presidente del Parlamento lo define en estos términos: «En el Líbano, cada comunidad religiosa se ve a sí misma como una nación. Y cada nación trata de obtener la máxima parcela de poder».

Es claro que los sectores que apoyan a la coalición mayoritaria en el gobierno temen una hegemonía shiíta impuesta por Hezbalá que terminaría con la especificidad del país y colocaría en una situación de desventaja a todas las minorías. No es ningún secreto que los shiítas constituyen el sector de población que tiene el mayor crecimiento demográfico. Por otra parte, es innegable que Hezbalá se ha fortalecido con su alianza con el ex general y político cristiano Michel Aoun, cuya «Corriente Patriótica Libre» ha lanzado duras acusaciones de incompetencia y corrupción contra el gobierno.

Hassan Nasrallah, el líder de Hezbalá, lanzó veladas amenazas contra la coalición del «14 de marzo». En una aparición televisiva dijo: «Podríamos instigar a la desobediencia civil, hacer caer el gobierno y obligar a la celebración de elecciones anticipadas, pero no estamos diciendo que lo vamos a hacer.»

Por el momento, hay intensas negociaciones entre los distintos grupos. El Daily Star, del 8 de noviembre, informa de una tensa reunión negociadora pero señala que su conclusión fue que las conversaciones proseguirán el 20 de noviembre cuando regresen al país, tres de los principales negociadores, Berri, Aoun y el Primer Ministro Siniora.

El principal punto de discrepancia es el reclamo de Hezbalá de tener derecho de veto en el gobierno. Según lo indica la corresponsal de Le Monde» en el Líbano, Mouna Naim, Siniora y sus aliados temen que el partido shiíta y sus aliados traten de bloquear decisiones capitales como las relativas al estatuto del tribunal internacional que investiga el asesinato de Rafic Hariri.

Naim agrega que estas sospechas se han visto fortalecidas por el rechazo por parte del presidente prosirio Emile Lahoud, de propuestas de juristas internacionales de anular la inmunidad de personalidades oficiales que pudieran estar implicadas en el crimen. Agrega la corresponsal del diario parisiense: «La encuesta sobre el asesinato realizada por una comisión internacional aún no ha terminado, pero la mayoría política libanesa está convencida de que Damasco y sus amigos en el Líbano son responsables.»

Sin duda, la investigación sobre el asesinato de Hariri es uno de los problemas políticos serios que está en juego. Pero más serio aún es el hecho de que peligra su herencia: el sueño de un Líbano próspero, tolerante, abierto al mundo, moderno, pacífico y ajeno a las intrigas de la política de poder en el Medio Oriente. *

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