El coreano al piso 38 de la ONU

Ban Ki-Moon, después de la decisión del Consejo de Seguridad, ha sido proclamado sucesor de Kofi Annan, en la Asamblea General, por unanimidad. Su mandato se extenderá, a partir del 1º de enero de 2007, y hasta el 31 de diciembre de 2012.

Después de 36 años de vida diplomática en la ONU, Ban Ki-Moon, casado y con cuatro hijos, con 62 años de edad, será el octavo secretario general de las Naciones Unidas. El segundo, a su vez, de origen asiático.

La aparición de Ban Ki-Moon en la cabeza de la ONU acontece en un momento difícilmente repetible. En otras palabras, la tarea que tiene ante sí el futuro secretario general tiene ángulos extremadamente complejos. El primero de ellos, sin duda, es la reforma de las estructuras de la ONU y, fundamentalmente, del Consejo de Seguridad que comenzó sus funciones al terminar la Segunda Guerra Mundial. La mutación del mundo, desde entonces, es impresionante. En suma, habrá que atender a esa demanda que dejó, el «derecho de veto», en manos de cinco países. Ese modelo de poder buscó equilibrios muy difíciles que, en ciertos momentos, tuvo resultados fundamentales, pero frágiles que tuvieron, como frontera, la edad atómica y la amenaza nuclear a escala. Ese gigantesco problema fue, a todas luces, el epicentro de la guerra fría.

Hoy, en estos momentos, la crisis del mundo no depende de dos potencias mundiales, sino de la mutación histórica derivada del poder de una sola potencia que no puede responder ni hacer frente a esa gigantesca responsabilidad. La correlación de fuerzas se ha modificado y es preciso encontrar el espacio para lo que hoy podríamos llamar ya, sin equívocos, «ChinaIndia». Así, de una vez.

Las nuevas guerras internacionales reflejan, con el terrorismo y el conflicto de las religiones, que sólo la fuerza es insuficiente para establecer la paz. La lógica de Estado ha revelado su inmensa deficiencia frente a la lógica revolucionaria de los pueblos que han inventado, como «solución» ( y a la vez como nuevo conflicto) métodos de resistencia y de ofensiva que han transformado el terrorismo en un elemento, nuevo y trágico, de las relaciones internacionales. Parece ostensible que esa nueva dinámica de los procesos sociales, políticos y culturales a escala, está estrechamente emparentada con la desigualdad mundial y las fronteras de la pobreza: la mitad de la población mundial.

Esa realidad se expresa en el asalto migratorio de las fronteras de la opulencia por cientos de millones de personas que «votan con los pies». No es menos evidente, en el Oriente Medio. En esa región no habrá paz, en tanto y cuanto que, al tiempo, no se encuentre una solución al establecimiento de dos estados estables en Palestina. El fracaso de la ONU en ese sentido es inmenso. Su proyecto de Partición de Palestina, en 1947, en dos estados terminó, en 1948, con una guerra cuyas dimensiones duran hasta el día de hoy. De igual manera es ostensible que la decisión de responder al terrorismo del 9-11, con la invasión de Afganistán e Irak ha fracasado porque el problema es de otra dimensión.

El hecho de que un coreano del sur herede, respecto de Corea del Norte, un problema inseparable de la guerra de Corea en 1950, nos demuestra que las soluciones fueron insuficientes y que, en consecuencia, la «difusión» de las armas atómicas, con el debate, paralelo en Irán, demuestra que las Naciones Unidas tienen ante sí los problemas del siglo XXI como herencia, sin resolver de las catástrofes totalitarias del siglo XX y las inmensas deficiencias del sistema sucesor para hacer frente, en su raíz, a los problemas sociales y culturales que, dejados a la luz de la hipótesis de Adam Smith («el interés de los individuos termina siendo el interés general») ha hecho inviable la convivencia mundial.

El Universal de México.

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