OPINION INTERNACIONAL

Si Israel desapareciera…

En un gran acto de protesta en Teherán por la «ocupación» de Jerusalén por Israel en el que se oyeron una y otra vez gritos de «Muerte a los judíos», el presidente iraní Mahmud Ahmadinejad volvió a cuestionar el derecho a la existencia del estado judío. Desde su punto de vista «los esfuerzos para estabilizar este régimen falso, gracias a Dios, han fracasado. Debemos creer que este régimen desaparecerá».

Por su parte, el ministro palestino de Relaciones Exteriores, Mahmud A.Zahar calificó a Israel como una «aberración» y como un «tumor ilegítimo» en tierra palestina. Nunca reconoceremos a Israel y los sionistas terminarán como los persas y los ingleses, que abandonaron el país. Queremos toda Palestina, hasta el último centímetro, del mar (Mediterráneo) hasta el río (Jordán) desde Rosh Hanikrá hasta Rafah. Si queremos crear un estado en las fronteras de 1967 lo haremos, pero no significa que renunciaremos a un solo centímetro de la tierra de Palestina».

Otra voz en este coro cada vez más estridente fue la de Nabi Berri, presidente del Parlamento libanés y líder del movimiento shiíta Amal quien desmintió que tenga la intención de negociar con Israel. Explicó que sus declaraciones fueron tergiversadas por «dirigentes enemigos» y que «Israel sigue siendo el enemigo y el mal absoluto».

Por su parte, el secretario general de la organización Jihad Islámica, Ramadan Shalah, en un discurso retransmitido en varias mezquitas de Gaza, declaró que «Palestina ha sido robada por la fuerza y será devuelta por la fuerza gracias a la resistencia». Y las citas podrían seguir y ocupar varias páginas.

Durante mucho tiempo, los críticos de Israel manejaron obsesivamente dos fórmulas: «intransigencia israelí» y «territorios ocupados». Desde su óptica, los problemas del Medio Oriente se arreglarían si Israel cedía a los reclamos árabes o si devolvían los territorios ocupados (que jamás habrían quedado en manos israelíes si los árabes hubieran aceptado negociar la paz en 1967).

Lamentablemente en las oportunidades en que Israel se decidió a tomar iniciativas destinadas a hacer sacrificios reales con el objetivo de crear una mejor atmósfera para las negociaciones, no tuvo el menor eco de parte palestina. Hay dos ejemplos muy notorios: en el año 2000, el primer ministro israelí Ehud Barak se jugó con carrera haciendo concesiones de largo alcance a los palestinos que no tenían un consenso nacional, en las negociaciones de Camp David. El entonces topoderoso e indiscutido líder palestino Yasser Arafat las rechazó de plano y lanzó la rebelión conocida como la intifada. El resultado fue que Barak y la izquierda israelí sufrieron una derrota aplastante en las elecciones del año siguiente. El otro ejemplo fue el desalojo de los colonos israelíes en agosto de 2005 ordenado por el primer ministro Ariel Sharon que casi llevó a una guerra civil entre partidarios y opositores a la medida. La derecha israelí advirtió una y otra vez que el desalojo de los colonos no llevaría a los palestinos a abandonar sus ataques contra Israel y a optar por una verdadera política de paz. Lamentablemente la derecha tuvo razón.

En la actual coyuntura, aunque el gobierno israelí quisiera ejercitar su presunta intransigencia para complacer a sus críticos, no tiene como hacerlo, ya que el gobierno de Hamas no acepta a Israel como interlocutor porque niega su derecho a la existencia. Sus culpas frente a Irán son aún mayores. Israel es culpable de no tener ningún conflicto territorial ni histórico con Irán, lo que no quita que pueda servir idealmente de pretexto a las ambiciones iraníes de expansión en el Medio Oriente.

Pero supongamos que Israel desapareciera de la tierra por milagro o por el uso de la bomba atómica iraní ¿vendría la felicidad y la prosperidad al Medio Oriente? ¿Se solucionarían milagrosamente todos conflictos de la zona? ¿Los persas y los árabes se abrazarían fraternalmente? ¿Los sunnitas y los shiítas dejarían de matarse? ¿Desaparecería el terrorismo de la faz de la tierra?

Obviamente la respuesta es negativa. La idea de que el conflicto palestino-israelí es la causa principal de la inestabilidad en el Medio Oriente y de la exacerbada hostilidad del mundo islámico a Occidente es ingenua y errónea.

Durante 20 años la guerra civil en Sudán, entre árabes musulmanes y africanos musulmanes, animistas y cristianos, produjo un millón de muertos, varias veces el total de víctimas en todas las guerras árabe-israelíes. Solo en el conflicto en Darfur en los últimos dos años murieron 200.000 personas y 2 millones y medio han sido expulsados de sus hogares. En el Líbano la dura guerra civil duró 15 años. Saddam Hussein utilizó armas químicas contra los kurdos y lanzó una sangrienta campaña contra los shiítas luego de la guerra del Golfo de 1991. En 1982 Hafez Assad, el dictador sirio, padre del líder actual, oprimió una rebelión islámica a sangre y fuego en la ciudad de Hama, que provocó entre 20.000 y 30.000 muertos. En Argelia, la guerra civil entre el ejército y radicales islámicos de la década del noventa, pero que aún no terminó del todo, dejó 100.000 muertos.

Todos esos conflictos no tienen nada que ver con el histórico diferendo con Israel. Los conflictos internos en el mundo islámico y árabe no van a desaparecer aunque desaparezca Israel y toda presencia occidental en el Oriente Medio porque se trata de sociedades disfuncionales que necesitan de enemigos externos para que sus ciudadanos no dirijan su frustración y su ira contra sus élites gobernantes corruptas, ineptas y/o fanáticas. *

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