Argentina: el alto costo político del "operativo mausoleo"
Ese aquelarre desnudó la descomposición del sindicalismo de matriz peronista.
Nadie cree en conspiraciones pero como las brujas, que las hay, las hay. Una pista lleva a las huestes de Eduardo Duhalde. Un cercano a su espacio estuvo en el vórtice de la tormenta, el dirigente de los albañiles de La Plata, Juan Pablo «El Pata» Medina. Para comprender mejor que pudo haberse pergeñado hundir el fasto debe tenerse en cuenta que quien organiza un mitin copa siempre el palco y sus alrededores para callar a disidentes o impedir malos momentos.
Medina, que está en pelea incluso con el secretario nacional de la cada vez más influyente Unión de Obreros de la Construcción, Gerardo Martínez, colocó temprano frente al palco a casi dos mil de los suyos, donde no faltaron barras bravas y entrenados en los líos callejeros. Quien pensó en copar el lugar previsto para los organizadores, sabía que iban a querer desalojarlos y no falló en el pronóstico. Ese fue el origen de los disturbios que hicieron saltar otras lacras como la presencia de matones armados como ese que un camarógrafo excepcional de canal 13 atrapó en imagen para todos los tiempos. El pistolero pertenece a la «pesada» del camionero Hugo Moyano, el secretario general de la CGT con ínfulas de incrementar el poder del sindicalismo peronista cuya expresión política es la revivida «62 Organizaciones».
Alguien arrojo el fósforo sobre el prado de pajas mustias para generar el incendio. Hay más: los celulares quedaron mudos por falta de señal en la quinta de 19 hectáreas que en vida retozaban Perón y Eva.. Lo ocurrido no llegó solo y si todo cayó bajo el descontrol es porque las internas en el sindicalismo peronista siempre terminan dirimiéndose a golpes. De casualidad que no hubo muertes. No ocurrió como en Ezeiza el 20 de Junio de 1973, cuando Perón regresó al país y la derecha provocó la masacre con 200 muertos, porque no había diferendos ideológicos, aunque los adversarios de Moyano entonaron aquello de «ni yanquis ni marxistas, peronistas», un mensaje para Kirchner.
El Presidente insiste en que hubo complot
La idea del Mausoleo hace rato que fue de Duhalde. Es irresistible pensar que no le caía en gracia que sus enemigos de hoy, Kirchner en primer lugar, pudieran sacar rédito de cosas sentidas profundamente por el peronismo pero escasean elementos suficientes para señalar a su mano como la organizadora, como lo deslizó el ministro del Interior, Aníbal Fernández. Es una opinión que no comparte el gobernador Felipe Solá, el rival de Fernández por quien será el futuro mandatario bonaerense o sea, más intrigas.
Dijo el Presidente que hubo un complot para frenar su política económica, social e internacional; incluso desde la CGT se quiso ubicar lo ocurrido dentro de los procesos de desestabilización en Bolivia, Venezuela o Brasil.
Es una manera que el Presidente por un lado y la CGT por el otro eludan las cuestiones de fondo que están en juego. Grave es en cambio que un mes después de haberse esfumado, nada se sepa del albañil Julio López, ese testigo que ayudo a condenar al torturador Miguel Etchecolatz. Este si es un caso que puede computarse como parte de una conspiración como frustrar los juicios contra los represores de la dictadura. Es bueno que el Presidente haya reiterado que no habrá ni amnistía ni reconciliación con impunidad.
En rigor, Kirchner trató de desalentar esa ceremonia. Bajo presión de sus organizadores, que son sus aliados que le cuidan la «paz social», prometió ir aunque no hablar, pero quien sabe si el público era importante. Aunque está más cerca pragmáticamente del peronismo de los 40 que Carlos Menem, por caso, no gusta de revitalizar al Partido Justicialista ya que su construcción política se basa en construir una fuerza propia, que incluye al peronismo donde caben todas las posturas..
Sindicalmente, Kirchner optó por tomar, con algunas escasas excepciones, al aparato peronista, sin beneficio de inventario. Y no hizo ni se sabe que piense hacer algo para cambiarle los vicios y la correlación de fuerzas. Amagó con una política diferente en su campaña electoral, cuando Moyano, por ejemplo, se había alineado con Adolfo Rodríguez Saá. Era cuando Kirchner le prometió a la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) darle la personaría que le permita jugar en las grandes ligas. Ese paso no hubiera sido aceptado por la vieja «burocracia sindical» que fue en cambio su aliada ante el conflictivo panorama social dominado por las expresiones piqueteras.
Sin medidas para garantizar la democracia sindical
De este universo atrajo a no menos de la mitad que coinciden con el Kirchner que prometió dar batalla al internismo (él lo bautizó como «pejotismo»); otros quedan bajo la influencia de los partidos de prosapia leninista y una parte se diluyó porque han vuelto a la producción.
Práctico, optó por Moyano para disciplinar al movimiento sindical para que no se desmadraran las convenciones colectivas de trabajo. Objetivamente ocurrió casi siempre así; el pequeño sector clasista arrancó mejoras mayores en algunos casos, y llevaron a varios conflictos a un callejón sin salida, en otros.
Y la CTA no avanzó y, además, en ella, el kirchnerismo tiene suficiente fuerza como para no enfrentarla con el gobierno.
En definitiva, nada hizo Kirchner para democratizar al movimiento obrero, poner la legislación a tono con las normas de la OIT, frenó el pluralismo y hace lo imposible para aislar a los clasistas. Aunque le quitó a sectores del gremialismo algunas fuentes de financiación -no permitió que pongan manos dentro de la mayor obra social del país, el PAMI, que reúne a los jubilados-, no les cortó otros «negocios» ni cuestiona el nivel de vida de esa burocracia, ni que mantengan fuerzas de choque multiuso.
Así como la reforma política prometida duerme el sueño de los Justos, o peor aún, se blanqueó a casi todos los intendentes del Gran Buenos Aires que sostienen fuerzas de choque, de la misma manera nada pasó de positivo para cambiarle la mala imagen que tiene el sindicalismo. Y es esto lo que ha entrado en crisis. Es difícil pensar que Kirchner disponga un cambio de rumbo con respecto a los sindicatos y mantendrá a Moyano, pese a la ofensiva de sus enemigos en la CGT, porque el 2007 es año electoral y tiempo de mantener en caja precios y salarios.
Lo que pasó sepultó el escándalo de otra irrupción patotera peronista en el conflicto del Hospital Francés con influencia clasista en la orientación de esa lucha. Y tiene un costo político que no es sencillo de medir ahora. Difícilmente saque réditos Roberto Lavagna, porque sus aliados en el duhaldismo estuvieron en el palco de la quinta de San Vicente. Ellos tienen sus propias columnas de pendencieros o las toleran. Sus criticas a Kirchner tiene sabor a chicana. Lo mismo le ocurre a Mauricio Macri, del centro-derecha. Lilita Carrió en su rol de pitonisa del caos no tiene público: pone en el mismo plano al hegemonismo del nacionalismo popular con el fascismo. *
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