Partugal, una nación hispánica

Los portugueses pueden sentirse orgullosos de pertenecer al estado-nación más antiguo y temprano de Europa. Desde el siglo XII, Portugal ha disfrutado de ser una entidad geográficamente estable, con fronteras fijas, cohesión étnica, una lengua, y una tradición cultural (incluso religiosa, con la debida tolerancia laica) diferente de la de España. Sin embargo, la prevaleciente corrección política y el hipernacionalismo están amenazando también con dañar la cortesía y la civilidad del pueblo portugués cuando uno se entromete mediante el conocimiento erróneo de las raíces históricas de ese admirable país.

Aparentemente no satisfechos con rechazar la etiqueta de «hispánico», y reemplazarla siempre que sea posible (y, sobretodo, si no lo es) por la de «latino», ahora el frente se engrosa con el activismo de algunos portugueses en los Estados Unidos, que se arrogan una representatividad que no les han dado urnas algunas, para encabezar una estrategia que consiste en negar su herencia hispana, y por lo tanto exigir que no se les incluya en las celebraciones (por otra parte, un tanto folclóricas y culinarias) del llamado «mes de la Hispanidad». Quieren ser simplemente reconocidos como «lusitanos», exclusivamente descendientes de uno de los tantos pueblos prerromanos de la Península Ibérica. La verdad es que Portugal es desde luego «hispana» en origen, y los portugueses debieran estar encantados con este hecho. A los que deniegan esta evidencia, se les debiera recordar el verdadero y riguroso sentido histórico e etimológico de la palabra «hispánico». Las palabras «Hispania» y «Lusitania» no son opuestos. «Hispania» es la acepción en latín (de origen púnico cartaginés, significando «conejos», por la aparente superpoblación existente entonces). En griego la palabra era Iberia, de origen oscuro. Todos los documentos romanos sistemáticamente usan la palabra «Hispania».

«Hispania» fue el nombre dado por Roma a toda la Península Ibérica, no solamente a una fracción territorial que ahora está ocupada por España. «Hispania» fue el nombre compartido por dos provincias diferenciadas, fundadas por Roma: Hispania Citerior (cercana, oriental) e Hispania Ulterior (lejana, occidental). La Hispania Ulterior fue más tarde dividida en otras dos provincias adicionales, Bética aproximadamente la actual Andalucía) y la Lusitania (que incluía no solamente el Portugal de hoy, sino también una gran porción de España, y de ahí el nombre sinónimo para la nación portuguesa.

Sin embargo, la capital de esa «Lusitania» no estaba localizada en Lisboa o en otra moderna ciudad portuguesa, sino en Mérida (de Augusta Emerita), en la actual Extremadura española. La Hispania Citerior fue rebautizada Tarraconensis. Además, la parte más noroccidental de la Tarraconensis fue también redefinida como Hispania Nova, y finalmente Callaecia (de ahí el nombre de la Galicia moderna), que comprendía aproximadamente el resto del occidente de Iberia, excepto la mayor parte del norte de Portugal.

La inclusión de Portugal en las celebraciones hispánicas del mes de octubre no debiera considerarse como una muestra imperialista de España. Portugal tuvo su oportunidad de capturar el honor del descubrimiento americano, pero los monarcas lusos rechazaron la petición de Colón para financiar su sueño. Entonces, el almirante se tornó hacia la protección de Isabel de Castilla, y el resto es historia. Sin embargo, recuérdese que cuando el Papa dividió el globo entre las dos monarquías católicas de Iberia, el Tratado de Tordesillas no reparó que el meridiano escogido cortaba la parte más nororiental del continente luego llamado «americano», hoy noreste del Brasil. Los despiertos navegantes portugueses entonces aprovecharon este desliz para beneficio de Portugal.

Pero parece que preferimos enterrar la historia bajo motivaciones entre populistas y oportunistas. «Hispano», una respetable etiqueta que tenía simplemente una connotación cultural e histórica como referencia, se ha convertido en el objetivo favorito de un sentimiento anti-español. Ahora todo es «Latino/a», en inglés. Causa estupefacción comprobar cómo alguien cuyo origen es visiblemente indígena americano (de Bolivia, Guatemala, o Chiapas) prefiere (o es presionado) llamarse «latino» en lugar de «hispano». Reclamar que «hispano» denota presión colonial española y dominio imperial, y preferir en su lugar «latino» es perder la misma perspectiva histórica que rechazar llamar a Portugal una nación hispánica.

Para ser rigurosamente justos desde el punto de vista histórico y cultural, solamente los nacidos en lugares colonizados por Roma (entre ellos los actuales romanos) debieran tener el derecho (¿el copyright?) de llamarse «latinos», una palabra que simplemente deriva de Lazio, la región que rodea Roma. Las personas con raíces identificables en ciudades como Marsella, Barcelona, Lisboa y Génova, o incluso Bucarest, Bath, Trípoli y Colonia, entre docenas de lugares europeos, debieran asociarse y fundar una agencia de franquicia para el uso de la palabra «latino». Entonces podrían cobrar un peaje por el uso. «Hispánico», por otra parte, podría ser de dominio público, gratis, fruto de la generosidad de España (y Portugal, claro). *

(*) Joaquín Roy es catedrático ‘Jean Monnet’ y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami (Exclusivo para LA REPUBLICA).

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