Seguidores de Zaratustra al exilio
El culto monoteísta a Zaratustra (o Zoroastro), que cuenta con unos 40.000 practicantes en Irán, ha atravesado unos 3.200 años de historia marcados por represiones y conversiones forzadas.
Hoy, su supervivencia en la República Islámica, mayoritariamente chiita, se encuentra en peligro por el éxodo de su juventud.
No hay estadísticas precisas, pero son cientos los que dejan el país cada año, rumbo a Estados Unidos o Canadá, según fuentes de la comunidad.
Algunos se han beneficiado incluso del programa norteamericano de ayuda a las minorías religiosas, la Sociedad Hebraica de Ayuda a los Inmigrantes, inicialmente consagrada a la inmigración judía.
«Me entristece que se vayan. Sus descendientes no tendrán ni idea de la cultura de Irán ni del zoroastrismo», prosigue Dehnavizadeh, un ingeniero de 40 años.
«No me gusta el término ‘minoría religiosa’ aplicado a nosotros. Irán podría ser la patria de todos los zoroastrianos del mundo», indica, en alusión a los más o menos 200.000 fieles del profeta Zaratustra. Esta religión, que venera a Ahura Mazda y al fuego, que simboliza la pureza del bien, fue el culto imperante en Persia hasta la islamización del siglo VII, tras la cual, muchos de sus seguidores, tachados de «infieles», se establecieron en India.
Desde entonces, los zoroastrianos de Irán han vivido «muchos altos y bajos, pero han sabido preservar su religión», según Dehnavizadeh, que se esfuerza por contratar en su empresa a jóvenes correligionarios. Estos «persas puros» -su comunidad desaprueba los matrimonios fuera de sus filas-, gozan de los mismos derechos que los cristianos y judíos en la Constitución iraní. Los zoroastrianos tienen un representante en el Parlamento y pueden practicar libremente su culto, pero se les prohíbe ser oficiales del ejército o candidatos a la presidencia.
Muchos de ellos se sienten discriminados en cuanto a la posibilidad de progresar en los puestos públicos.
Pero todo esto «no es tan grave como la disminución de la comunidad», según Suzanne Afshari, de 44 años, que participaba el lunes en la fiesta de Mehregan, una celebración, anterior al zoroastrismo, tanto del equinoccio de otoño como del angel del amor, Mitra.
«Somos los guardianes de esas tradiciones y fiestas. Si nos vamos, ¿quién los mantendrá en Irán?», se pregunta Suzanne, que tiene una hermana viviendo en Estados Unidos.
Babak Mostaqni, de 30 años, que también participaba en la fiesta, no ve las cosas así. «Muchos se van en búsqueda de más libertad, de mejores empleos y de una mejor educación. Si mis amigos musulmanes tuvieran la posibilidad, se irían también», afirmó.
La perpetuación del grupo está amenazada además porque el matrimonio sigue siendo intracomunitario para preservar «la sobrevivencia y la pureza de la cultura», según sus miembros.
En Irán, un musulmán no puede casarse con un no musulmán a no ser que este último se convierta al islam. Si un zoroastriano diera este paso, «se convertiría en un leproso, un paria, cuya familia misma sería aislada», confía uno de ellos. *
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