En Argentina "no va a pasar nada" por denuncias de soborno

Buenos Aires, ANSA

Regularmente, cada 30 minutos, Crónica TV, el más popular de los canales de cable de Argentina al punto de competir con éxito frente a las emisoras de aire, coloca estos días en su pantalla una placa que, con fondo negro y títulos catástrofe, anuncia: «No va a pasar nada».

No hay explicaciones, pero nadie las necesita en este país: el anuncio se refiere a las investigaciones sobre el escándalo suscitado por las denuncias de sobornos en el Senado, en abril pasado, para la aprobación de una controvertida ley de flexibilización laboral.

Ese tema es considerado por la prensa como el «mayor escándalo político institucional en los (últimos) 17 años de democracia argentina». Según muchos observadores, Crónica TV, convertido en la CNN argentina y encaramado sobre un diario matutino-vespertino, otro inusual éxito periodístico de los últimos 40 años, con sarcasmo o facilismo según distintas opiniones, apunta directo al corazón del acendrado y trabajado pesimismo individual y colectivo que los argentinos vienen acunando durante casi dos décadas.

El presidente Fernando de la Rúa llegó el año pasado a la jefatura de Estado levantando como bandera la transparencia y el fin de la corrupción generalizada que atribuía al gobierno del ex presidente Carlos Menem (1989-1999).

Es más: la consigna de poner «fin a la fiesta para unos pocos» se impuso a los obstáculos ideológicos e incluso de personalidad política en la «Alianza por el Trabajo, la Educación y la Justicia».

De la Rúa, representante de la más que centenaria Unión Cívica Radical (UCR), representó siempre las corrientes conservadoras de su partido y es moderado hasta la exasperación de sus adversarios, mientras que el conductor del ala de izquierda, el Frente País Solidario (Frepaso), su vicepresidente, Carlos «Chacho» Alvarez, es considerado un incorregible «streetfighter» (peleador callejero).

Al estallar el escándalo de los sobornos, De la Rúa prometió «meter el cuchillo hasta el hueso» en las las investigaciones, pero se negó a modificar su gabinete bajo presión («si alguien recibió es porque alguien pagó», es el latiguillo corriente) y hace unos quince días, en una medida bastante resistida, decidió cumplir con una gira programada que lo llevó a Brasil, Nueva York, Ottawa y Pekín, un periplo que volvió a levantar las voces en demanda de «liderazgo» mientras el vicepresidente Carlos «Chacho» Alvarez, redoblaba sus embestidas contra los legisladores sospechados de coimas.

El retorno de De la Rúa coincidió con la difusión de una encuesta que mostró una caída en picada de la popularidad del presidente, cuya gestión fue considerada «muy buena» solamente por un 10,2 por ciento, mientras un 26,7 por ciento la juzgó «muy mala».

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