Indignación selectiva
Una vez más el mundo musulmán está furioso y enojado. Después de que en febrero de este año provocó una furibunda ola de protestas por unos inofensivos dibujos del profeta Mahoma en una revista de Dinamarca, esta vez fue el Papa Benedicto XVI el blanco de esta ola de indignación incontenible. El Parlamento de Pakistán condenó por unanimidad a Benedicto XVI. El partido político gobernante en Turquía comparó al Papa nada menos que con Hitler y Mussolini, y lo acusó de hacer revivir la mentalidad de las Cruzadas. «El Papa no debe tomar a la ligera la furia que ha desatado», declaró el primer ministro de Malasia, Abdullah Ahmad Badawi, que es presidente de la Organización de la Conferencia Islámica. Hubo manifestaciones y ataques a iglesias en Gaza y en Somalia una monja italiana fue asesinada presuntamente en relación a las declaraciones del Papa. Particularmente ofensivo fue Ali Khamenei, el líder espiritual del régimen teocrático iraní que vio en las declaraciones del Pontífice en Alemania «el último eslabón de una cruzada estadounidense-sionista». Y la ola de protestas y amenazas, aunque parece haberse atenuado algo, aún prosigue.
¿Por qué toda esta furia? Simplemente porque el Papa advirtió contra el fanatismo y el uso de la violencia como arma religiosa, y porque se permitió citar una obra medieval en la que se condena el expansionismo del Islam mediante la espada, que es desde todo punto de vista un hecho histórico incontrovertible. Podrá argumentarse que la Iglesia Católica también tiene su catálogo de culpas históricas, sin dudas. Pero la Inquisición fue hace unos cuantos siglos, y los atentados en los que se invoca al Islam desde las Torres Gemelas a Balí y desde Madrid a Londres son hechos muy contemporáneos. Lo que subleva en esta nueva ola de histeria con la que se pretende amedrentar al mundo entero y convencerlo de que el Islam es intocable, es no sólo su virulencia, sino especialmente su hipocresía. En Irak, sunitas y chiitas se matan con ganas, día tras día, y no hay fatwas, ni protestas, ni oleadas de indignación. En Darfur, las milicias del estado sudanés masacran a africanos tan musulmanes como ellos, ante una perfecta indiferencia de todo el ultrasensible mundo islámico. El terrorismo suicida no es condenado por la mayoría de los clérigos musulmanes y se usa de la manera más liberal. Antes solo era un arma para matar judíos. Ahora lo usan ampliamente para matarse los musulmanes entre sí, en Yemen o en Somalia, o cotidianamente en Irak. Pero ante todo esto no hay protestas, ni molestias. Podrá argumentarse que existen los musulmanes moderados. Pero lamentablemente en el mundo árabe e islámico parecen una especie en extinción por razones obvias de seguridad. Están en Occidente, pero sus voces no llegan a las grandes masas fanatizadas.
Lo grotesco de toda la histeria es que los musulmanes están furiosos porque el Papa se permitió unir la idea de la violencia con el Islam, cuando la violencia en nombre de la religión de Mahoma es un hecho cotidiano en el mundo entero. Sobre el Islam está prohibido decir verdades obvias. También está prohibido enojarse. Los únicos con derecho a enojarse con el resto del mundo son los musulmanes fanáticos.
El presidente de Irán habla de aniquilar al Estado de Israel y el mundo reacciona con demasiada tibieza, la misma tibieza con que se oían los discursos de Hitler en la década de los treinta del siglo pasado. Los clérigos de mezquitas en todo el mundo islámico ofenden día tras día a los infieles, judíos y cristianos, recurriendo generosamente a las partes más impresentables del Corán, donde por ejemplo los judíos son tildados de descendientes de perros y monos. Pero los musulmanes, especialmente los que se consideran con mayor derecho a exteriorizar sus protestas, no tienen la menor objeción.
Hay todo un mesianismo islámico demente en marcha. Cada día son más frecuentes los reclamos de rendición de Occidente al Islam. El número 2 de Al Qaeda ya advirtió que si queremos sobrevivir debemos convertirnos. Recientemente dos periodistas occidentales pudieron salvar el pellejo en Gaza luego de ser secuestrados, sólo porque aceptaron convertirse al Islam. Un clérigo de Gaza, el doctor Imad Hamto utilizó una frase del Corán para dirigirse al Papa: «Aslim Taslam», que es una exhortación hecha por el profeta Mahoma a los jefes de tribus para que se conviertan al Islam y salven sus vidas.
Indudablemente el tema del Islam expansivo y agresivo es hoy uno de los grandes problemas de la humanidad. Es imposible soslayarlo. No es un fenómeno sencillo. Es a la vez un gran conflicto interno y un conflicto de relacionamiento con el mundo. Es un fenómeno cultural, religioso, sociológico, político y también militar. Pero en su esencia presenta en una nueva forma una confrontación que no es nada nueva en la historia: entre la libertad y el totalitarismo, entre el respeto a la pluralidad y la intolerancia, entre un mundo abierto a las ideas y al futuro y un mundo regido por normas violentas de un pasado remoto. Este conflicto es insoslayable y nos obliga sobre todo a la movilización en una gran batalla de ideas. Pero lamentablemente el silencio en esta materia, especialmente entre los intelectuales que suelen ser considerados comprometidos, es ensordecedor. *
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