La devoción al Hezbolá se multiplica entre las ruinas del sur del Líbano
«Si los israelíes vuelven no se enfrentarán sólo a Hezbolá, sino a un ejército de mujeres, niños y ancianos», promete Khadije Assad Cherara, caminando entre los escombros de su casa en Bint Jbeil (sur), donde resistió 21 días bajo las bombas israelíes junto a otras 59 personas.
Es la segunda vez que su casa es destruida por el Estado hebreo, pero al igual que ocurrió en 1978, esta libanesa de 63 años está más decidida que nunca a quedarse, «reconstruir y resistir».
«No éramos partidarios del Hezbolá antes de la guerra. Pero, a partir de ahora, enseñaré hasta el último de mis nietos que cuando crezca debe convertirse en un combatiente», garantiza esta mujer.
En torno a ella, sus hijos, nueras y nietos ven una y otra vez la cinta de vídeo grabada durante los días que pasaron encerrados en el cuarto más seguro de la casa con 12 niños, algunos de ellos bebés.
Las imágenes dan testimonio del terror y la impotencia de la familia ante la lluvia incesante de obuses. Tres de ellos destrozaron e incendiaron toda la parte superior de la casa, que apenas se tiene en pie.
«Estábamos tan seguros de que íbamos a morir que grabamos esta cinta de despedida para enviársela a nuestra familia en Europa. También hicimos una lista con todos los nombres para que supieran quiénes éramos cuando encontraran nuestros cadáveres», explica, mostrando un recipiente con esquirlas de obuses encontrados en la casa.
Khadije Cherara volvió el domingo a su casa por segunda vez desde el alto el fuego, para hacer algunas maletas porque todo el vecindario va a ser demolido. Por la ciudad patrullan soldados libaneses y el paso de cascos azules de la ONU comienza a ser frecuente.
«Todavía no sé qué pretende conseguir realmente la ONU, pero quien nos defiende de verdad es Hezbolá. Están soñando si piensan que conseguirán desarmarlo. Ellos sólo guardarán sus armas cuando recuperemos las granjas de Chebaa y a los libaneses que están en las cárceles israelíes», asegura.
La familia Cherara optó por quedarse en Bint Jbeil al inicio de la guerra y pese a que el ejército israelí había amenazado con bombardearles. Durante los 21 días que permanecieron encerrados sólo recibieron la visita de milicianos del Hezbolá, que les pedían que se fueran porque iban a morir.
«¿Cómo íbamos a abandonar a gente que estaba dando la vida por nosotros? ¿Acaso la vida de nuestros hijos valía más que la de ellos?», argumenta esta libanesa, nacida en Senegal.
Su familia terminó abandonando la casa pasadas tres semanas de guerra, cuando Israel dejó de bombardear por 48 horas. Al salir de su escondite y ver la destrucción que reinaba a su alrededor, fueron conscientes de que estaban «vivos de milagro».
«Decidimos abandonar la casa porque los niños estaban muy débiles y asustados. Anduvimos por la carretera 10 kilómetros con los aviones israelíes sobrevolando nuestras cabezas hasta que nos encontró la Cruz Roja internacional», recuerda.
Cuando el alto el fuego entró en vigor, la familia pudo regresar a Bint Jbeil y refugiarse en casa de una hija que estaba intacta. «Desde entonces, sólo Hezbolá nos ha prestado ayuda. Nos dieron arroz, mantas y todo lo que necesitamos para subsistir.
Los que nos defendieron con armas durante la guerra son los mismos que siguen protegiéndonos ahora», explica.
Pese a tener nacionalidad francesa y dos hermanos en Europa, esta mujer está decidida a empezar de nuevo en Bint Jbeil, donde construirá por tercera vez su hogar.
«He aprendido mucho en esta guerra: nuestra tierra vale más que nuestras vidas y hay gente en Líbano que está dispuesto a morir por defenderla. Por eso nosotros también nos quedamos aquí», concluye. *
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