De la Rúa tiene dudas
Pero las cosas son más complejas: hay un delicado juego de equilibrios en que debe moverse el presidente para que la Alianza no salga debilitada o que vaya hacia el ocaso.
Para evitarlo, podría hacer como en el judo: usar la crisis desatada en el Senado nacional, para darle al gobierno un nuevo impulso y exhibir voluntad de recrear la acción política sin los costados oscuros de la luna. No es lo que mostró al bajar del avión el viernes.
Algunas cosas ya ocurrieron. Hay en el Senado nuevas caras en los dos bloques para que hablen por el resto, aunque la tarea de arrojar lastre no está concluida. No se trata de las exigencias del vicepresidente Carlos «Chacho» Alvarez, sino una elemental racionalidad: el senador peronista Emilio Cantarero que admitió a un diario haber cobrado una coima, aunque más tarde se desdijo, no puede presidir una comisión tan sensible como la que decide en materia de hidrocarburos.
El juzgado de Carlos Liporace tiene una investigación iniciada (donde a la vez, él es el objeto de una pesquisa) y una nueva norma legal que le permite indagar a los senadores que pueden saber o haber intervenido en el affaire. Aunque el magistrado no goza de buen concepto y está bajo la mira del Consejo de la Magistratura, su destino y hasta sus primeras conclusiones que también pueden ser impugnadas, ya están en el ámbito donde hay instancias para que la causa no se paralice.
Es el gobierno el que debe jugar ahora. Es imprudente aguardar lo que dictamine la justicia. Esa era una cantinela de Carlos Menem cada vez que algún escándalo lo golpeaba. Es el último argumento al que puede recurrir el presidente, porque él debe dar una respuesta política a la crisis y de cómo la formule ahora que ya está en el país.
De la Rúa nunca se caracterizó por ser impulsivo y le disgusta sentir que recibe presiones. Político de raza al fin, no puede cobijarse en el supuesto de la «prueba cero» sobre participación de altos funcionarios en el escándalo: es como querer tapar el cielo con una criba.
Lo que le gustaría es deducible: no tocar nada ahora, darse tiempo, exhibir fortaleza y que no haya dudas de que es el Presidente, que no está manejado por su segundo ni cede a sus reclamos.
Pero cada semana que transcurra con esta visión, la atmósfera política podría devenir en irrespirable y cuando deba realizar la cirugía, el costo será inmensamente mayor que proceder con sabiduría y premura. Nada es seguro: algún imprevisto, un arrepentido, algo del juez, dispare a la crisis y cuesta más superarla.
Es cierto que pedir que el ministro de Trabajo, Alberto Flamarique se vaya o desplazar al jefe de los espías, su amigo Fernando de Santibañes es invitar a la suspicacia incluso hasta envolverlo. Por eso se le aconseja aprovechar la ocasión para oxigenar al gobierno nacional, con más recambios que diluyan señalamientos sin pruebas.
Crueles destinos
Si no: ¿cuán útil puede ser Flamarique es su actual sitio, sin poder de convocatoria en ninguno de los sectores sindicales? Sean ciertas o no las imputaciones que caen sobre él, lo real es que en Trabajo no tiene destino.
Lo mismo puede decirse de Santibañes, al que le aburre el cargo.
Además, no controla que pasa dentro de la SIDE. Hubo una operación contra el ministro del Interior, Federico Storani, para inculparlo como pagador del cohecho utilizando ATN (fondos especiales de ayuda a las provincias). Fue tan grosera que en horas fue desbaratada. ¿El propósito de la maldad?: cambiar el eje de las sospechas que caían sobre el jefe de los espías. ¿No es reconocer que el delito anduvo en las cercanías del poder?
Los reclamos por una oxigenación no acotada, tienen voces varias. Cuando «Chacho» Alvarez pide a los senadores «que no es hagan los distraídos», quiere que su voz sea oída por el presidente. El jefe de la UCR, Raúl Alfonsín, ha sido explícito igual que el senador radical Leopoldo Moreau o, con sus matices, Storani.
Ellos están convencidos de que no se pueden aguardar los tiempos de la justicia, que la crisis reclama un abordaje político.
Hay diferencias no obstante en la visión de Alvarez y Alfonsín. El ex presidente cree que sobre la crisis se puede montar una conspiración conservadora, adhiriendo en cierta manera a la teoría del complot con la que intentó escudarse en su momento, el ex jefe del bloque peronista, Augusto Alacino.
Claro, el ex mandatario no involucra a «Chacho» en una maniobra institucional, tan cara al menemismo en estos días. Para el vicepresidente, es el momento de desmontar un sistema de corrupción que financia a la política.
La reforma política
El radicalismo recién ahora comienza a aceptar que hay que eliminar el financiamiento de su militancia en comités o fundaciones, con cargos rentados en cuerpos legislativos u otros nichos gubernamentales. Va de suyo que repudian el cohecho, pero el caso del Senado, que no parece ser el primero hizo estallar el sistema de mantenimiento de la política. Una reforma, que incluya el blanqueo del dinero necesario, amén de la realización obligatoria de internas abiertas, se impone.
La decisión de la Legislatura bonaerense de eliminar los gastos reservados, en gran parte derivados para mantener funcionarios rentados de todos los partidos, es una señal que apunta a la transparencia de la que Alvarez se ha vuelto un cruzado.
Hay algo seguro: el vicepresidente no piensa resignar espacios en esta batalla que ha penetrado transversalmente en cuadros importantes del radicalismo, incluso entre los fieles cuadros del delarruismo. «Presienten tiempos fundacionales», dice alguien que los conoce muy bien.
Y ha elevado el entusiasmo en su propia tropa. «Recuperamos un jefe», comentan en el Frente Grande, la columna vertebral del Frepaso. Graciela Fernández Meijide encabezó una asamblea de cuadros de su partido con actuación en su ministerio donde dejó abierta la posibilidad de que haya internas para designar candidatos a diputados nacionales para el año próximo en lugar de la «ingeniería electoral» del último comicio, como una muestra de la estima partidaria.
Alvarez recibió una carta a título personal del socialista popular Julio Godio donde advierte que «en Rusia con la glasnost (transparencia) de Mijail Gorbachov, la transparencia argentina podría desembocar en una hegemonía política de derecha, y no de una verdadera alternativa de progreso, dada la ausencia de arraigo de la Alianza en el mundo del trabajo». Alfonsín tiene obsesiones parecidas. La carta es reveladora de algunas dudas que genera el ritmo de «Chacho» entre los suyos. Pero el árbol no oculta al bosque. El vicepresidente ha acumulado un inmenso caudal político en la sociedad pero no parece saber aún como utilizarlo para enfrentar sus evidentes desacuerdos con De la Rúa.
Juegos de escenarios
No será lo mismo en el futuro, y menos aún si el Presidente «prefiere hacer la plancha», como critican algunos radicales de nombre. Uno y otro, de todas maneras y por un tiempo, se siguen necesitando. De la Rúa quiere conservar, al igual que Alfonsín, la Alianza. El mínimo acuerdo entre los tres es vital. Pero no piensa así su consejero Santibañes, propulsor de una «reformulación del papel de Alvarez» y de una sustitución del Frepaso por un nuevo bloque, de peronistas con Domingo Cavallo, una base de sustentación que agrada a algunos sectores del establishment.
«Fernando no compra la idea, sabe que puede romper al partido», piensa un hombre del alfonsinismo. Pero la idea, con su más y sus menos, está abonándose. Con matices, u otros nombres, se piensa en ese desplazamiento sobre todo en el menemismo. La difusión del encuentro a «hurtadillas» entre Menem y De la Rúa, estuvo a cargo d
e hombres del último presidente. El objetivo: que «Chacho» haga lo de Otelo, que crea en las cizañas de Yago (Menem) y acabe por acuchillar a Ofelia. La durísima respuesta de Alvarez a la reunión cuya concreción negó De la Rúa, es minarle a Menem el espacio que busca para ser protagonista de nuevos escenarios políticos. Muchos creen que la convocatoria a los líderes políticos que antes de regresar de China –un viaje exitoso– hizo el Presidente, tiende sólo a blanquear aquella reunión clandestina. Si se habla de cambios, sin caer en la lotería de nombres de probables sustitutos, hay que atenerse a sus limitaciones.
Ningún escenario encuentra fuera del gobierno al economista José Luis Machinea. Ergo: no habrá modificaciones en la política económica en sus trazos más gruesos, como lo exhibe el proyecto del presupuesto nacional para el 2001.La ley de leyes tiene el «perdón» del FMI, porque no cumple con las metas sobre máximos de déficit fiscal. Hay dudas de que el PBI trepe un 4,5% como se prevé en el presupuesto, porque los precios de los commodities están bajos (excepto el petróleo), las tasas de interés altas y son escasas las perspectivas de una reanimación de la industria. En medio de la crisis política, la puja interministerial por las migajas que quedan separando lo que se requiere para sueldos, jubilaciones y pago de intereses de la deuda ha sido antológica. Un ultra liberal como Ricardo López Murphy, parecía un «estructuralista» defendiendo cada peso para su cartera, la de Defensa. Con la misma orientación económica, los relevos reclamados desde dentro y fuerza de la Alianza lucen como un esfuerzo para ganar tiempo, para zafar de esta crisis impúdica.
En algún momento, el gobierno y la oposición (o parte de ella) deberá tomar el toro por las astas.
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