Así que pasen cinco años

oi de punta a punta el discurso pronunciado por el presidente Bush desde el Salón Oval el lunes, después de peregrinar por los tres lugares donde se produjeron los atentados del 11 de setiembre de 2001. Fue un intento forzado de justificar su política exterior en estos cinco años, y particularmente la invasión a Irak, que levanta una oposición creciente en el mundo y en su propio país, a dos meses de elecciones legislativas que pueden derivar en un castigo para el gobierno del partido republicano.

Desde aquella fecha, bajo el rótulo de guerra mundial contra el terrorismo Bush definió las características de una guerra preventiva que en realidad está dirigida contra países y pueblos enteros de una vasta región del planeta.

Al llegar a este aniversario, Bush tenía una gran dificultad para justificar la invasión a Irak porque se demostró hasta la saciedad que Saddam Hussein nada tenía que ver con Al Qaeda, y que sus armas de destrucción masiva no existían. Incluso en los días previos el Senado, de mayoría republicana, declaró en un informe crítico que las dos razones invocadas por el gobierno para justificar la acción bélica carecían de fundamento. Entonces Bush recurrió al ardid argumental de decir que después del 11 de setiembre, por razones de seguridad EEUU no podía correr el riesgo de dejar a Saddam en el poder. Las declaraciones de varios senadores, esa misma noche, demostraron que no había sido convincente, en absoluto. Y ello era también un reflejo de la opinión pública, en cuyo seno se acrecienta el reclamo del retorno de los soldados, al punto de que el apoyo a la guerra se reduce hoy apenas a un tercio de la ciudadanía. Máxime porque el número de soldados norteamericanos muertos en la aventura sobrepasa los 2.600, hasta casi igualar a las 2749 víctimas del World Trade Center, hoy transformado en el recordatorio del Ground Zero. El número llega a 2973 si se cuentan los del Pentágono.

De esa premisa falsa Bush extrajo otra conclusión más falsa aún, al declarar que «el mundo está más seguro porque Saddam no está en el poder». La realidad internacional demuestra, al contrario, que la lucha antiterrorista, conducida por los carriles del más desenfrenado terrorismo de Estado, está desembocando en el auge sin precedentes de actividades terroristas de las más variadas formas, que se han extendido a varios continentes y generado un clima de psicosis colectiva, empezando por los propios Estados Unidos.

Como no podía ser de otra manera, Bush aludió a un hecho muy significativo, que se ha destapado pese al esfuerzo de su gobierno por mantenerlo en secreto durante años: la existencia de varias cárceles secretas de la CIA, en que se tortura en las formas más espantosas a presos capturados en distintos países, violando las leyes internacionales, sin ningún control ni derecho para los presos y con impunidad garantizada para los torturadores. El lunes 11 se refirió en forma tangencial al tema, porque ya lo había hecho en una comparecencia especial el miércoles 6 (y esa misma mañana por la NBC), en que admitió que la CIA detiene e interroga a sospechosos en cárceles secretas en el extranjero y que tiene intención de seguir haciéndolo pese al rechazo general. Hasta Angela Merkel protestó, lo que es decir. Ahora Bush justificó este hecho aberrante, más aún desde que el mundo conoce lo que han sido las torturas infligidas en las prisiones de Abu Ghraib y Guantánamo, alegando que los presos han aportado informaciones valiosas. Y reafirmó que van a continuar por ese camino. La tarea se traspasa de la CIA directamente a manos del Pentágono, cierto número de esos presos es trasladado a Guantánamo (cuando el mundo reclama su cierre) y serán sometidos a tribunales militares. En el plano interno la labor represiva se complementa con el espionaje telefónico, la grabación indiscriminada de llamadas y de los correos electrónicos, afectando a millones de ciudadanos.

Se comprende que esta cadena de hechos no han aumentado precisamente el prestigio de los militares de EEUU, habida cuenta además que algunos (soldados, nunca oficiales) han sido juzgados por crímenes monstruosos como violaciones o asesinatos colectivos sin ninguna justificación. Por esa razón el Pentágono contrató una empresa de relaciones públicas a un costo de 20 millones de dólares para mejorar la imagen de las Fuerzas Armadas mediante programas ya diseñados que abarcarán periódicos, agencias noticiosas, canales de TV, artículos de opinión, respuestas preparadas, y que martillará sobre la idea de que los norteamericanos están ahora más seguros. Ya verán por aquí los resultados de esa campaña. *

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