Estrategia neocolonial

«Olmert, Peretz y Halutz son los líderes más peligrosos e irresponsables de la historia del Estado de Israel. Juegan con un fuego que puede prender un polvorín incontrolable en Medio Oriente y amenazan nuestra existencia misma», afirma Michel Warschawski en entrevista telefónica desde Jerusalén.

Escritor y periodista de renombre internacional, cofundador del Centro de Información Alternativa integrado por expertos palestinos e israelíes, este brillante intelectual e incansable militante pacifista expresa su honda preocupación con una cita amarga:

«Un día alguien dijo: nuestra región es el único lugar del mundo en el que alguien que apuesta sobre lo peor, siempre está seguro de ganar… Hoy más que nunca esa ‘broma’ refleja nuestra realidad.»

Gran parte de los analistas y de la opinión pública israelí también condena drásticamente a sus dirigentes políticos y militares. Editorialistas de los principales diarios israelíes piden la renuncia del primer ministro, Ehud Olmert; del secretario de Defensa, Amir Peretz, y del jefe del Estado Mayor, Dan Halutz. Los reservistas que acaban de regresar de Líbano organizan manifestaciones y critican en todos los medios de comunicación del país esa guerra «mal concebida y sin objetivos claros». Denuncian «la falta de preparación de las tropas, la mala calidad de sus armas y la gravedad de las fallas operacionales».

Los habitantes del norte de Israel, duramente afectados por los misiles de Hezbollah, expresan su indignación ante la escasa y pésima infraestructura de defensa civil. Políticos y militares se echan recíprocamente la culpa del descrédito infligido a Israel por la resistencia de Hezbollah.

Por si eso fuera poco, varios dirigentes de alto nivel se encuentran involucrados en lamentables escándalos: tanto Moshé Katsav, presidente de la República, como Haim Ramon, ministro de Justicia y el más cercano colaborador de Ehud Olmert, son investigados por acoso sexual. El propio Olmert parece estar involucrado en delitos de corrupción, mientras que se acusa a Halutz de haber realizado lucrativas operaciones bursátiles el 12 de julio, el mismo día en que desató los ataques contra Líbano.

–¿Esta grave crisis va a provocar renuncias?

–La tradición israelí es muy peculiar. La situación es tan grave que muy probablemente se va a crear una comisión nacional de investigación. En este caso, habrá que esperar por lo menos un año antes de conocer su veredicto. Si se demuestra que responsables políticos o militares cometieron errores graves en esta reciente guerra, tendrán que renunciar. Fue lo que pasó después de la guerra de Kipur en 1973, cuando Golda Meir, entonces primera ministra, fue acorralada para obligarla a renunciar.

–Por lo tanto, el mismo triunvirato (Olmert, Peretz y Halutz) va a seguir gobernando Israel…

–Sí. Y es muy inquietante, porque con tal de evitar la creación de esa comisión o de llevarla a modificar sus conclusiones, estos tres personajes son capaces de lanzar el segundo round de la guerra contra Líbano. Y no pienso que van a esperar mucho antes de intentar hacerlo.

 

Inminente reinicio

–¿Cree realmente posible una segunda ofensiva?

–No se puede descartar. Se habla tan abiertamente de ella en este momento, que es obvio que algo se está preparando. No es fácil saber qué tan pronto se va a dar, porque existen contradicciones: por un lado, hay que reformar a las fuerzas armadas y repensar la protección de los civiles. Esto toma tiempo. Por otro lado, los altos mandos castrenses israelíes afirman que les urgen borrar el mal recuerdo del último mes y recuperar cuanto antes su capacidad de disuasión, que salió muy golpeada por la resistencia de Hezbollah. Nadie sabe, por el momento, cuál de las dos opciones se impondrá.

–Hay grandes debates en la opinión pública israelí sobre la guerra…

–Efectivamente. Son debates virulentos, pero también sumamente peligrosos, porque la mayoría de la gente no cuestiona la justificación de la guerra contra Líbano, sino la forma desastroza en que se llevó a cabo.

«Hoy mismo (22 de agosto), Ze’ev Schiff, destacado experto en cuestiones militares del diario Haaretz, explica que las fuerzas armadas hebreas no estaban preparadas para enfrentar a las milicias muy bien armadas, entrenadas y motivadas de Hezbollah, porque a lo largo de los últimos cinco años se dedicaron a perseguir a muchachos palestinos de la Intifada y a realizar tareas policíacas de represión en Gaza y Cisjordania».

–¿La derrota israelí no va a reforzar la posición de los escasos pacifistas que quedan en Israel?

–De ninguna forma. Uno de los debates que hoy más apasiona a los israelíes es cómo reconstruir nuestras fuerzas armadas para poder ganar ese famoso segundo round. La mayor parte de los israelíes quiere esa guerra, les parece indispensable. La ven como una cuestión de supervivencia ante la amenaza terrorista islámica que encarnan, para ellos, Hamas y Hezbollah.

«Reclaman una segunda oportunidad para las fuerzas armadas y exigen que esta vez no exista improvisación. Piden objetivos claros y todos los medios materiales para alcanzarlos. Es lo que demandan los reservistas que protestan tanto, actualmente. No se levantan contra la guerra, quieren una guerra bien hecha».

–La movilización de miles de israelíes jugó un papel capital en el fin de la guerra contra Líbano a mediados de los ochenta. ¿Qué pasó con los pacifistas hebreos?

–No se puede comprar la guerra de Líbano de 1982-1985 con la de ahora. En 1982, el gobierno israelí llevó a cabo su propia guerra con objetivos que concernían exclusivamente al Estado judío. Buscaba expulsar a la resistencia palestina de Líbano e instalar en el poder a la derecha maronita. Washington brindó un apoyo matizado a esa ofensiva y finalmente, junto con los Estados europeos, acabó ejerciendo presiones sobre Israel. Fueron estas presiones y el alto costo humano de la guerra los factores que permitieron crear y consolidar el movimiento pacifista.

«Hoy la situación es muy distinta: la guerra que acaba de realizar Israel contra Líbano se inscribe en la guerra global, permanente y preventiva, elaborada y planificada a finales de los ochenta en centros de investigaciones, los famosos think thanks, por ideólogos neoconservadores estadounidenses e israelíes. Esa guerra global es el eje central de la política de Bush desde el 11 de setiembre de 2001. La ósmosis entre estos ideólogos fue total, al igual que hoy es total la ósmosis entre Washington y Tel Aviv»

–¿No tomaron distancia con esa ideología los pacifistas?

–No. La mayoría de los israelíes interiorizaron el discurso neoconservador de la amenaza del terrorismo islámico. Los líderes europeos también. Bajó muchísimo la presión sobre Israel. Es la razón por la que desapareció el movimiento pacifista. No hubo casi protestas durante los cinco años de la segunda Intifada y hoy las fuerzas sionistas de izquierda están convencidas de que Israel lucha para defender su soberanía y la «civilización democrática» amenazada por el terrorismo, cada vez más identificado con el Islam.

 

Guerra sin fin

–En uno de sus últimos ensayos, usted afirma que esta reciente guerra contra Líbano es el paradigma de las guerras del siglo XXI. ¿Podría precisar este punto?

–Las guerras que se llevan a cabo desde el 11 de setiembre de 2001, con el pretexto de la lucha antiterrorista, son guerras de recolonización del mundo. En estas guerras, como las de Afganistán en Irak, los civiles son considerados blancos legítimos, activa o pasivamente culpables de apoyar a
l terrorismo. Es más, se afirma que el terrorismo es parte integrante de la cultura de estos pueblos.

«En la última década, asistimos a una paulatina evolución del discurso dominante: primero se habló de grupos terroristas, luego, de Estados terroristas y, finalmente, de pueblos terroristas. La lógica suprema de la guerra global es la ‘etnicización’ total de los conflictos en los cuales ya no se lucha contra una política, un gobierno o blancos específicos, sino contra ‘un peligro’ identificado con una comunidad. El miedo es el punto de partida de esa nueva era y el odio es su desenlace final. Es la razón por la cual los neoconservadores estadounidenses e israelíes hablan de una guerra sin fin».

–¿Cómo se enmarca la guerra de Líbano en este esquema?

–La captura de dos soldados hebreos por Hezbollah dio la oportunidad a Israel de abrir un nuevo frente en esa guerra ilimitada, que es en realidad una guerra neocolonial idéntica a las que se llevaron a cabo en el siglo XIX. Se busca dividir y domar a los pueblos para imponerles una hegemonía exterior.

«Sólo así se puede explicar la inmensa brutalidad con la que se bombardeó a Líbano durante un mes. Israel lleva años buscando destruir a ese país para poder convertirlo en un mosaico de miniestados confesionales. La misma meta persigue Estados Unidos en Irak cuando atiza guerras tribales para acelerar su desmantelamiento.

«Los neoconservadores estadounidenses e israelíes pretenden redibujar el mapa del mundo otorgando a los pueblos distintos grados de soberanía, dependencia o dominación. Y es en Medio Oriente, su gran laboratorio, donde llevan a cabo sus planes con más violencia».

–¿Cómo percibe el papel de Siria e Irán en este contexto?

–Es evidente que Estados Unidos e Israel identificaron a estos dos países como sus principales blancos. Consideran que, junto con Hamas y Hezbollah, forman un amplio frente antiisraelí estrechamente ligado con un frente terrorista internacional. Esa visión es simplista, porque no toma en cuenta las múltiples divergencias que existen entre todas las corrientes del Islam, entre los chiítas de Irán y los sunitas y alauitas de Siria, por ejemplo. *

* Exclusivo para LA REPUBLICA, en acuerdo con la revista mexicana Proceso.

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