Los atentados del 11 de setiembre traumatizaron al mundo

La pesadilla de Estados Unidos

El 11 de setiembre de 2001, bajo un cielo despejado, 19 piratas aéreos causaron la muerte de cerca de 3.000 personas y pusieron fin al mito de la invencibilidad de Estados Unidos desde la caída del imperio soviético a principios de los 90. Aquel día, mientras el polvo del World Trade Center cubría Nueva York, el incendio del Pentágono enrojecía el cielo de la capital y un cuarto avión se estrellaba en Pensilvania, «la noche cayó sobre un mundo diferente», afirmó el presidente estadounidense, George W. Bush.

Unos días después, parado sobre los escombros de las torres gemelas de Nueva York, el mandatario se presentó como un jefe de guerra, dispuesto a liderar el debate político interno y las acciones norteamericanas en el extranjero con su «guerra antiterrorista».

Cinco años después, los primeros éxitos ya parecen lejanos, como la victoria sobre el régimen de los talibanes en noviembre de 2001 en Afganistán, donde recrudeció la violencia en los últimos meses.

Bush tampoco cumplió su promesa de capturar «vivo o muerto» a Osama bin Laden, el instigador de los atentados del 11 de setiembre, que logró escapar a los soldados estadounidenses pese a los intensos bombardeos norteamericanos en las montañas de Afganistán.

A pesar de no haber detenido al líder de Al Qaeda, el presidente republicano logró una cómoda reelección en noviembre de 2004, a pesar de que las tropas de su país ya habían sufrido muchas más muertes de lo previsto en Irak, un país al que atacó en 2003 en nombre de la lucha antiterrorista, sin el aval de la ONU.

Los soldados estadounidenses no sólo no encontraron las armas de destrucción masiva que su gobierno había denunciado para atacar al régimen de Saddam Hussein, sino que tampoco fueron recibidos con los brazos abiertos por la población a la que habían acudido a liberar. Tres años más tarde, la entrada triunfal de los soldados estadounidenses en Bagdad en abril de 2003 y la posterior declaración de Bush de que la guerra había concluido, sólo son un recuerdo.

Hoy día, regiones enteras de Irak están sometidas a una violencia diaria y la oposición a la guerra no deja de crecer en Estados Unidos, principalmente en las filas de la oposición demócrata.

Desde 2003, más de 2.600 soldados estadounidenses murieron en Irak, mientras 3.200 iraquíes fallecieron sólo en la capital en los últimos dos meses, según un recuento de las autoridades iraquíes. Al mismo tiempo, los tribunales norteamericanos cuestionaron la legalidad de los medios utilizados por el gobierno para llevar a cabo la lucha antiterrorista.

En Estados Unidos, la Corte Suprema invalidó los tribunales establecidos por el presidente para juzgar a los detenidos de Guantánamo y el gobierno tiene dificultades para justificar su programa de escuchas telefónicas sin mandato legal y el uso de la tortura en los interrogatorios.

Frente a las críticas, los partidarios del presidente recuerdan que ningún atentado volvió a perpetrarse en territorio estadounidense desde el 11 de setiembre, mientras las bombas de Al Qaeda sí explotaron en Madrid, Londres e India. Cuando todavía le quedan más de dos años de mandato y a dos meses de las elecciones al Congreso, Bush perdió parte de su popularidad en las encuestas, aunque tampoco se desplomó, a pesar de las malas noticias provenientes de Irak.

Su secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, sigue en el cargo, pese a las numerosas críticas sobre su gestión de la guerra en Irak, haciendo oídos sordos a los numerosos llamados a la renuncia.

Tampoco sobrevivió a la guerra en Irak y al unilateralismo estadounidense, la ola de solidaridad internacional expresada tras los atentados del 11 de septiembre, ni tampoco la unidad nacional que se rompió para dejar lugar a un país extremadamente polarizado.

La revelación de vuelos de prisioneros secretos de la CIA que aterrizaron en varios países europeos, dejó además mal parados a muchos de los aliados de Washington frente a su opinión pública.

Paralelamente, el apoyo incondicional a Isreal, incluso en los momentos de más alta tensión en el Líbano, dañó todavía más las relaciones que Estados Unidos trataba de establecer con el mundo árabe, donde varias encuestas revelaron la creciente desconfianza que genera Washington en la región.

En su diferentes discursos después del 11 de septiembre, Bush aseguró que luchaba contra el «eje del mal» constituido por Irak, Irán y Corea del Norte, y también advirtió al resto del mundo que «o están con nosotros, o están contra nosotros». *

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