La maldición libanesa
Israel 2006, los nuevos desafíos fueel tema de un seminario organizado en esta ciudad, en junio pasado, por el Instituto Francés de Relaciones Exteriores (IFRI).
Los expertos centraron su atención en varios tópicos: la preocupación de la población hebrea por contar con garantías para su seguridad; el carácter incondicional del apoyo de Estados Unidos a Israel; la necesidad, para el primer ministro, Edhud Olmert, de ofrecer pruebas de sus aptitudes y de adquirir una verdadera legitimidad militar; el hecho de que, después del derrocamiento en Irak de Saddam Hussein, Irán representa un peligro mayor, tanto por su fuerza nuclear como por su «derivación» libanesa: Hezbolá.
Estos elementos permiten entender mejor por qué la captura de soldados (por parte de esa organización) llevó al gobierno israelí a reaccionar simultáneamente en dos fuentes -el palestino y el libanés- con una fuerza desproporcionada.
La magnitud de la ofensiva contra Líbano es realmente sorprendente, porque Tshal (el ejército israelí) sólo tiene malos recuerdos de sus incursiones anteriores en ese país. Esta nueva intervención confirma el concepto de «maldición libanesa», tanto para Israel como para los habitantes del «país de los cedros».
Pero las consecuencias de esa ofensiva rebasan el mero enfrentamiento entre Israel y Hezbolá. A unos días de la aprobación de la resolución 1701 por el Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas (que establece el cese del fuego, el despliegue de una fuerza militar conjunta del ejército libanés y de la ONU en la frontera sur de este país, y el desarme de Hezbolá), aún es prematuro sacar conclusiones de esa crisis.
Se imponen, sin embargo, algunas reflexiones.
Para Israel, hasta ahora, esta crisis es un fracaso: si el objetivo de la guerra era «erradicar» a Hezbolá, como se dijo insistentemente, o por lo menos «eliminar su amenaza», según declaraciones de Olmert, los logros fueron mínimos.
Ese mes de combates -en el que dicho grupo armado pudo demostrar su capacidad de resistencia, e inclusive de ofensiva- constituye una derrota militar para Israel y un nuevo duro golpe para su fama de invencible.
En términos de imagen, el fracaso es aun mayor. La desproporción de los medios militares empleados, la destrucción de infraestructura civil, de edificios y viviendas, el caos humanitario, los obstáculos que impidieron ayudar a las víctimas y el drama de Caná (población bombardeada por los israelíes en la que murieron 60 civiles, 37 de ellos, niños) hicieron que Israel perdiera la guerra de las imágenes.
Cabe interrogarse sobre la adecuación entre los medios militares desplegados y los objetivos; no es con obuses de 155 milímetros ni con bombardeos aéreos como se puede aniquilar un movimiento de guerrilla como Hezbolá.
También cabe interrogarse sobre los efectos del operativo lanzado por Israel: ciertamente hundir en el caos a sus vecinos palestinos y libaneses no es la mejor forma de consolidar la seguridad del Estado hebreo.
Finalmente, resulta inquietante constatar que en Israel el equilibrio entre políticos y militares se está modificando a favor de los segundos.
«Caos creativo»
Por lo que concierne a Estados Unidos, estos acontecimientos trágicos pusieron en evidencia los riesgos de su apoyo ciego a Israel. Las embarazosas reacciones después del bombardeo a la población de Caná son muy elocuentes, al igual que la evolución de la opinión pública estadounidense. Más que nunca, Estados Unidos aparece ahora como el aliado incondicional de Israel. Washington entró en el juego de Tel Aviv al hacer todo para retrasar la proclamación de un cese al fuego inmediato.
Estados Unidos pone a los gobiernos árabes que le son favorables en una situación muy incómoda, alejándolos cada vez más de la opinión pública en cada país. Esta se entera de los pormenores gracias a medios de comunicación que no son complacientes con los gobiernos. La guerra de Líbano puso al desnudo los límites y los peligros del «caos creativo», concepto predilecto de Condoleeza Rice (secretaria de Estado de Estados Unidos) y le va restando credibilidad al proyecto estadounidense del «Gran Medio Oriente».
Aun si Europa buscó hacer escuchar una voz distinta, ésta siguió muy poco audible y dividida, en particular por culpa de las posiciones británicas y alemanas, muy cercanas a los estadounidenses.
Europa se vio mucho más preocupada por evacuar a sus nacionales que por el cese de los bombardeos masivos, que afectaron sobre todo a la población civil. Semejante actitud impactó a los libaneses.
Después de un tiempo de vacilación, Francia propuso un enfoque coherente de la crisis. Definió tres etapas: cese del fuego, acuerdo político, despliegue de una fuerza internacional. Este esquema general fue retomado por las resolución 1701 del Consejo de Seguridad. Pero los acontecimientos recientes confirmaron que, detrás de la aparente unidad entre Estados Unidos y Francia sobre la resolución 1559 se esconden preocupaciones e intenciones distintas. Las prioridades de París consisten en afincar la soberanía de Líbano y la necesidad de su reconstrucción con el apoyo de la comunidad internacional.
Es obvio que éstas no son las prioridades de Washington. Semejante contradicción pone en tela de juicio la capacidad de influencia de Europa y Medio Oriente, región cuya estabilidad es capital para la Unión Europea (UE).
La soledad de Líbano
Se habló mucho de la soledad de Líbano.
Con justa razón. De hecho, haciendo a un lado las declaraciones compasivas de unos y otros protagonistas, tres semanas pasaron para que las reacciones de los gobiernos occidentales y árabes adquirieran cierta fuerza, y un mes para que el Consejo de Seguridad adoptara la muy ambigua resolución 1701.
Más que nunca, la opinión pública en las naciones árabes -las que además de mirar Al Jazeera sigue los noticiarios de otras televisoras críticas- denuncia la «impotencia» de la comunidad internacional y manifiesta su hostilidad hacia Estados Unidos y Occidente en general, pero también critica el letargo de sus propios gobiernos, calificados de corruptos y complacientes.
Finalmente, Hezbolá parece ser uno de los pocos beneficiarios de esta crisis, tanto en el Líbano como ante la opinión pública de los países árabes y musulmanes.
Terrorista para algunos, Hezbolá es para otros «un movimiento de resistencia» que se atreve a enfrentarse con Israel y «devuelve su dignidad al pueblo árabe».
En algunos ámbitos se empieza a presentar a Hasan Nasrallah como «el nuevo Naser». Al principio de la crisis hubo en Líbano quienes condenaron su irresponsabilidad, pero el drama de Caná calló estas voces disonantes y creció la popularidad del Partido de Dios.
Los gobiernos árabes, preocupados por la consolidación del «arco chiita», se muestran sumamente discretos cuando se trata de expresar lo que realmente piensan.
Arabia Saudita es uno de los pocos países que al inicio de la crisis se atrevió a denunciar el «carácter aventurero» de Hezbolá.
Además del Partido de Dios, Irán y, en menor medida, Siria son los que sacan mayor provecho de la crisis y se erigen como interlocutores imprescindibles. Irán está firmemente decidido a afirmarse como una potencia regional con la que hay que contar.
Es evidente que Hezbolá «secuestró» a la población libanesa convirtiéndola en rehén. También es claro que la naturaleza de sus armas y su agresividad representan una seria amenaza para Israel. Sin embargo, plantea serias dudas la vía que eligió Tel Aviv para luchar contra semejante amenaza.
Esa
vía dista de ser la más eficiente.
Medio Oriente -ya sacudido por fuertes turbulencias-, no necesitaba en absoluto pasar por esa nueva prueba. La intervención israelí en Líbano es un acontecimiento que va a tener graves consecuencias no sólo para la seguridad del Estado hebreo, sino también para Líbano e incluso para la región en su conjunto.
La aprobación de la resolución 1701 es una etapa importante de esa crisis, pero su aplicación, seguramente muy difícil, pondrá en evidencia sus ambigüedades.
En las próximas semanas, se verá si es posible lograr una calma duradera. Se podrán también identificar con más precisión las consecuencias políticas de la guerra, medir su costo humano y la importancia de los medios financieros que implicará la reconstrucción de Líbano.
Esta crisis mayor, causada por un incidente aislado, revela la gravedad y la amplitud de los problemas que enfrenta Medio Oriente. Suena como una advertencia que debería llevar a la Comunidad Internacional a dedicarse de manera determinada a resolver todos estos problemas, empezando por la cuestión palestina. Si no lo hace, la situación amenaza con volverse incontrolable y sólo beneficiará a los elementos más radicales. *
(Traducción: Anne Marie Mergier)
*Director del departamento sobre Magreb y Medio Oriente del Instituto Francés de Relaciones Internacionales (IFRI), prestigiado centro de investigación independiente.
En acuerdo con la revista mexicana La Jornada.
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