Los presidentes pasan… y Conchita sigue
Washington, AFP
No hay un día en el que su silueta menuda, enmarcada entre dos carteles contra «las armas de destrucción masiva», no sea visible a 50 metros de la Casa Blanca: desde hace 20 años, Concepción Martín Piccioto, «Conchita», vive en la acera, desde donde expone incansablemente sus ideas.
Esta indigente de unos sesenta años ha sido la impertinente vecina de Ronald y Nancy Reagan, George y Barbara Bush y de Hillary, Chelsea y Bill Clinton, y desde su condición de vagabunda militante espera hacer tomar conciencia a los presidentes y los ciudadanos sobre los peligros que acechan.
«El mundo entero debe saber. No abandonaré jamás este sitio», explica esta española naturalizada norteamericana, de piel bruñida y una enorme peluca fabricada por un amigo para «protegerla».
«Las armas nucleares. Hiroshima. La corrupción de los dirigentes», el estado del mundo. Cochita repite incansablemente los mismos temas a los japoneses, israelíes, monjes tibetanos o cualquier turista que viene a ver la casa del hombre más poderoso del mundo y se encuentran de paso con esta extraña mujer.
«¿De dónde es usted? ¿Brasileño?», pregunta, mientras alcanza un folleto en la lengua apropiada. «No necesitamos aprovecharnos de las catástrofes (…) ni de las guerras», explica a japoneses muy interesados por la fotos de las víctimas de Hiroshima, colocadas sobre uno de los paneles.
Pero Conchita no se interesa por la elección presidencial, ni aunque de los comicios salga quien será su nuevo ‘vecino': «Todos son iguales, incluso Ralph Nader», el candidato de los verdes: «Corruptos», asegura.
Antes, esta mujer trabajó «como intérprete para Naciones Unidas y para la oficina comercial de la embajada española», dice.
En Nueva York, Salvador Betancourt, un colega de la embajada española, se acuerda de ella: «Llegó en 1966 como recepcionista, era un chica muy seria, bien puesta y eficaz», que entonces no se interesaba por los problemas mundiales.
En 1981, un divorcio doloroso la obligó a cambiar radicalmente su vida e instalarse en la calle, en el 1600 de la Pennsylvania Avenue, de donde se niega a partir.
«Ella se queda al menos 16 horas por día», confirma un policía. «En virtud del código de reglamentos federales (…), ella tiene derecho a quedarse, si respeta ciertas reglas», explica.
Los colegas del policía, apostados en los alrededores, ya ni siquieran miran a esta militante, aunque Conchita insiste.
«Estoy aquí como Juana de Arco: esto es muy duro, pero hay que seguir adelante», señala.
Por la noche, Conchita ve las luces de la fuente y del jardín presidencial encenderse una a una hacia las 11, luego duerme entre sus afiches, sobre una plancha bamboleante, mitad sentada, mitad acostada, «porque no se puede hacer camping» frente a la Casa Blanca.
Según ella, ningún presidente la ha venido a saludar jamás.
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