La CIA borra las huellas de sus crímenes en Chile
por Niko Schvarz
En febrero de 1999 el presidente Clinton dio la orden de proceder a la desclasificación de estos documentos, habida cuenta de que se había superado con creces el plazo de 25 años que rige en esa materia. Recién un año y medio largo después se anunció que la orden sería cumplida. Pero llegado el día, todo quedó en agua de borrajas. El anuncio oficial del portavoz de la Casa Blanca ni siquiera menciona una nueva fecha. La CIA demostró que manda más que el presidente, que no hay poder por encima de su voluntad de encubrir la larga lista de crímenes perpetrados tanto en Chile como en Washington, Buenos Aires y Roma, que involucran a varios mandatarios (Nixon, Ford, Reagan), y a figuras prominentes de su diplomacia, como Kissinger.
Amores de estudiante
A mediados de agosto Madeleine Albright efectuó una gira relámpago por Brasil, Argentina, Chile, Bolivia y Ecuador para recabar apoyo al Plan Colombia previo a la visita de Clinton a Cartagena (con éxito nulo, como se comprobó en la reunión de los 12 presidentes sudamericanos en Brasilia). En Santiago, la secretaría de Estado aseguró al gobierno y a organizaciones de DDHH que su país daría a conocer «miles de documentos» sobre las dictaduras impuestas a la región en los 70 y 80 y se comprometió a «aclarar el registro histórico de este controversial período de nuestra relación bilateral». En Buenos Aires dijo algo parecido. La promesa suponía publicar documentos que abarcan: la conspiración para impedir que Allende ganara la elección y luego que fuera votado por el Congreso Pleno, período que incluye el asesinato del comandante en jefe del ejército, René Schneider, la desestabilización ulterior del gobierno y la huelga camionera hasta llegar al golpe; el sostén a la dictadura de 1973 a 1990, y a sus operativos en el exterior: asesinato del general Carlos Prats en Buenos Aires, de Orlando Letelier en Washington con participación de agentes dobles de la CIA y de la DINA, atentado contra Bernardo Leighton en Roma, entre otros.
Al regreso, Albright trató el tema como el director de la CIA, George Tenet. Los resultados están a la vista. Como el tango: «Hoy un juramento, mañana una traición».
Operaciones encubiertas
El trasfondo de esta actitud está claro como el agua: se trata de borrar las huellas de la CIA en los crímenes que desgarraron a Chile durante la dictadura. «Lo que la CIA realmente teme –dijo Peter Kornbluth, del National Security Archive– es renovar el debate sobre las operaciones encubiertas de EEUU, en especial contra naciones democráticas como Chile. Esos documentos contienen información sobre acciones que la mayoría de los ciudadanos del mundo, y de EEUU, consideran vergonzosas y violatorias de los derechos fundamentales, registros de los esfuerzos por derribar una democracia y sostener una dictadura». El pretexto oficialmente aducido (posponer la publicación para evitar la difusión de material irrelevante) no merece siquiera considerarse. El mismo Kornbluth expresó su temor de que los documentos que se seleccionen para difundir algún día «omitan el papel de la CIA en su ayuda al general Pinochet en la consolidación de su poder tras el sangriento golpe de Estado».
Es evidente que se peinará con peine fino toda la documentación para sacar de en medio los miles de documentos que involucran directamente a Nixon, a Ford después de la defenestración de Watergate y a Reagan. Así como a Henry Kissinger; éste fue consejero de seguridad nacional de Nixon, que lo nombró secretario de Estado en agosto de 1973, justo un mes antes del golpe en Chile, continuando en el cargo con Ford, hasta enero de 1977.
El 15 de octubre de 1970 –es decir, entre la elección de Allende y su asunción a la presidencia– Kissinger se reunió en la Casa Blanca con el vicedirector de la CIA, Thomas Karamessines, y el general Alexander Haig. Planteó su deseo de que «nuestro aliento a las fuerzas armadas chilenas en semanas recientes» fuera mantenido «tan secreto como sea posible», y que la CIA continuara su presión sobre el presidente electo en todos los puntos débiles. El jefe de Inteligencia asumió el compromiso y al día siguiente envió una guía operativa a la estación en Santiago.
Una mano a Pinochet
Ahora la CIA impide a toda costa que sean detectados sus agentes y sus métodos. La masa de documentos más comprometedores seguirá bajo secreto, por tiempo indefinido. Cuando menos, nada se develará antes de que Pinochet comparezca el 9 de octubre ante el juez Juan Guzmán Tapia para responder por la caravana de la muerte y otras 170 acusaciones, después de haber sido desaforado el 8 de agosto por la Corte Suprema de Justicia.
En tal sentido, puede dormir tranquilo, sus amigos del alma no le fallarán.
Unas cartas de Perón
Recientemente se conocieron unas cartas enviadas por Juan Domingo Perón al general chileno Carlos Prats, refugiado en Buenos Aires tras el golpe de Estado, y asesinado el 30 de setiembre de 1974. Están fechadas entre el 24 de setiembre de 1973 –al día siguiente de que Perón fuera electo presidente una vez más– y el 17 de abril de 1974.
Tras calificar de «bárbaros» a los golpistas chilenos, escribe: «Considero lo ocurrido en Chile como un verdadero desastre (espero que transitorio). Este revés en el proceso revolucionario chileno servirá a los Morgan, los Rockefeller y Dupont para desencadenar una vasta ofensiva en América Latina… Estados Unidos (es) responsable de los mayores golpes de Estado. Sus manos están manchadas de la sangre de miles de latinoamericanos. No hay un solo país latinoamericano que no haya sufrido la intromisión descarada de los monopolios norteamericanos, verdaderos ejecutores de la política exterior de su país»
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