Opinion internacional

Una tragedia griega en el siglo XXI

Si hay dos pueblos en el Medio Oriente cercanos en su espíritu, su filosofía y sus anhelos son el pueblo libanés y el israelí. Ambos son pueblos multiétnicos: los libaneses están integrados por musulmanes sunnitas y chiitas, drusos, cristianos maronitas, católicos griegos y otras minorías. Los israelíes tienen minorías árabes y drusas, y se conformaron como pueblo con judíos inmigrantes de 70 países y variadas culturas, negros y blancos, religiosos y no religiosos, procedentes de los países más avanzados de Occidente y de los más atrasados de Asia y Africa.

Ambos pueblos están comprometidos con la modernidad, pese a que tienen sectores anclados en el pasado. Ambos están abiertos al mundo y ven en el turismo no solo una fuente de ingresos sino una forma de integrarse a un mundo cada días más interrelacionado. Pero fuerzas externas poderosas impidieron siempre que creciera una amistad que parecía naturalmente decretada por las afinidades entre ambos países. Ha sido una verdadera tragedia griega. El Líbano ha sido obligado desde 1948, el año de la creación de Israel, a integrar una coalición árabe anti-israelí contraria a sus verdaderos intereses nacionales. El Líbano combatió contra Israel por presión de sus vecinos y en la contraofensiva contra los invasores que «querían arrojar a Israel al mar», Israel ocupó territorio libaneses.

Al celebrarse el cese de fuego en la isla de Rodas el 23 de marzo de 1949, el coronel Salem, jefe del ejército libanés dijo al delegado israelí, Mordejai Maklef que el «Líbano no tiene razón alguna para estar en guerra con ustedes» y agregó: «Somos un país débil y no podemos ser el primero que haga la paz con ustedes. Hagan la paz con otro país árabe primero y nosotros seremos los segundos…».

Durante mucho tiempo, la idea del Líbano como segundo país árabe en hacer la paz con Israel fue considerada casi como un axioma de la política del Medio Oriente. Pero un destino trágico, encarnado por factores extranjeros al Líbano, opuso a ambos pueblos. En 1982 fueron los palestinos de la OLP que convirtieron al Líbano en un trampolín de ataques contra Israel lo que complicó al estado judío en la guerra más conflictiva y polémica de su historia. Desde el año 2000, luego del retiro de Israel del Líbano, el Hezbolá, financiado y organizado por Irán, asumió el rol beligerante que antes tuvieron los palestinos. Hubo un fugaz intento de paz. El 17 de mayo de 1983, el entonces presidente libanés Amin Gemayel firmó un acuerdo de paz con Israel, pero finalmente lo anuló el 5 de marzo de 1984 bajo intensa presión siria.

La situación del Medio Oriente y en el mundo ha variado mucho desde 1982 a 2006 sin embargo hay semejanzas evidentes entre ambas guerras: no hubo entonces ni hay ahora conflicto alguno entre Israel y el Líbano, Israel no desea ocupar territorios libaneses y desde el punto de vista de los intereses nacionales de ambos países no hay razón alguna para un entrenamiento bélico.

Hoy después de la guerra de 34 días entre el Líbano e Israel, el líder del Hezbolá, Hassan Nasrallah aparece como un héroe para muchos en el mundo árabe e islámico. Jóvenes usan camisetas con su efigie y su popularidad parece no ser menor a la de Gamal Abdel Nasser en sus momento de auge. Pero la gran mayoría silenciosa libanesa no se engaña. El Hezbolá es una pesada piedra atada al cuello del Líbano, una amenaza a su soberanía del mismo modo en que constituye una amenaza existencial para Israel.

Michael Young, uno de los editores del «Daily Star» de Beirut cuenta una historia anterior a la última guerra, que significativamente nunca llegó a tener mayor difusión en la prensa internacional. En el verano pasado, el popular show satírico «Bas Mat Watan», presentó un sketch con un presunto reportaje al jeque Hassan Nasralla. Le preguntaron si habría de renunciar a las armas y él contestó que lo haría bajo determinadas condiciones: que una señora de Australia deje de molestar a sus vecinos musulmanes, que le sea devuelta la panadería a un panadero musulmán que le fue comprada con artimañas por judíos, y otras condiciones similares. El chiste era obvio: hay infinitas razones por las cuales Hezbolá nunca renunciará a su ejército.

Hubo una rápida reacción al sketch. Guerrilleros del Hezbolá cerraron al aeropuerto quemando llantas y emprendieron una marcha por barrios sunnitas, duros y cristianos en Beirut. En un barrio cristiano, chocaron con el hijo de un ex presidente y sus amigos y varios jóvenes debieron ser hospitalizados.

El análisis del periodista libanés es sombrío: Si Hezbolá insiste en no desarmarse, tarde o temprano se armarán también los grupos opuestos a la dependencia del Líbano de la política de poder iraní. El resultado será una nueva guerra civil que podría poner fin para siempre al Líbano como país democrático, pluralista y abierto al mundo. *

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