Siempre leal, siempre a la sombra
En su oficina del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba, Raúl Modesto Castro Ruz tiene colgados tres bajorrelieves de madera con los perfiles de los hombres que más admira: José Martí, Vladimir I. Lenin y Fidel Castro, su hermano mayor.
Eso refleja mucho de su personalidad y del papel que ha desempeñado a lo largo de la historia de la revolución cubana: siempre leal al máximo líder, pero también siempre a su sombra.
Desde joven, lo ha seguido en sus ideas y proyectos políticos: asalto al cuartel Moncada cuando tenía sólo 22 años, la prisión en la isla de Pinos, el exilio en México, la expedición en el yate Granma, la guerrilla en la Sierra Maestra, el triunfo de la revolución y el ejercicio del poder durante 47 años.
La mayoría de los expertos en asuntos cubanos tiende a marcar las diferencias físicas y de personalidad entre los dos hermanos. Otros señalan que en realidad son un complemento. En el libro Fin de siglo en La Habana, Jean Francois Fogel y Bertrand Rosenthal escriben: «Las diferencias entre ellos no se detienen en las cosas aparentes; Fidel es grande, barbudo, carismático, dotado de un fuerte talento oratorio, espíritu vivo, de apariciones radiantes (…) Por el contrario, Raúl es pequeño, casi imberbe…
Pero este hombre de humor mezclado posee también un espíritu frío y metódico.
Sabe ceñirse a un programa, a una utilización precisa del tiempo, a un orden del día. Inscribe su acción en el largo plazo. Ha dedicado su vida a construir las dos instituciones más sólidas del régimen: el Partido Comunista de Cuba (PCC) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR)».
A diferencia de Fidel, Raúl no parece sentirse cómodo con los reflectores. Sus apariciones públicas son más bien escasas; prefiere las reuniones de trabajo a puerta cerrada. En contraste con la elocuente oratoria de su hermano, sus discursos suelen ser monocordes y aburridos. Todos en Cuba recuerdan su desastrosa intervención de junio de 1989, cuando se iniciaba el caso del general Arnaldo Ochoa, enjuiciado y fusilado por narcotráfico.
«Alguien dijo alguna vez que había que decir la verdad y nada más que la verdad, aunque no siempre es necesario decir toda la verdad, y es que es imposible por razones obvias», cantinfleó en aquella ocasión Raúl Castro.
Ante la prensa, sufre. A principios del año 2000, asediado por corresponsales en uno de los vestíbulos del Palacio de las Convenciones en La Habana, se mostró turbado ante un incesante bombardeo de preguntas sobre las fuerzas armadas, la situación interna del país y la política exterior.
Malhumorado, cortó: «Yo no tengo el cerebro electrónico del comandante en jefe».
Dio la media vuelta y se marchó.
En cambio, dicen quienes lo conocen que en privado en muestra seguro y se conduce con soltura. Es atento, amable y hasta divertido, afirman.
Fogel y Rosenthal: «La monotonía de sus presentaciones públicas resulta irreconciliable con el espectáculo que ofrece en privado: un cubano con sentido del humor, bromista, bebedor, no se priva de nada y sabe bailar; es decir, casi todo lo que rechaza su hermano».
Y también, a diferencia de su hermano, está atento y convive con la familia. «Alina Fernández, la hija «rebelde» de Fidel Castro con Naty Revueltas- habla de su tío con una ternura que de ningún modo manifiesta por su padre», señalan Denis Rosseau y Corinne Cumerlato en el libro La isla del doctor Castro.
Estos autores, así como Fogel y Rosenthal, recuerdan que después del triunfo de la revolución, Raúl se casó con Vilma Espín, una dirigente de la lucha clandestina en los años cincuenta y que después fue guerrillera en la Sierra Maestra. Con ella procreó un varón y tres hijas: Deborah, Mariela y Nilsa.
Vilma Espín es dirigente de la Federación de Mujeres de Cuba y durante décadas representó el papel de primera dama «ante la falta de reconocimiento oficial de la unión entre Fidel Castro y su compañera sentimental Dalia Soto del Valle», apuntan Rosseau y Cumerlato.
Sin embargo, a juicios de esos autores, aunque oficialmente Raúl y Vilma se siguen presentando como esposos, en realidad viven separados desde hace muchos años.
Fogel y Rosenthal coinciden: «La constante presencia de centinelas militares al pie del inmueble de avenida la 26, del barrio Nuevo Vedado, hace creer a los ciudadanos de La Habana que el responsable del Minfar (Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias) vive aún en un amplio apartamento doble que domina el cementerio chino. Pero, de hecho, reside en un edificio construido para él en una base militar en La Coronela, un barrio al oeste de la ciudad. Este aislamiento le permite disimular su situación real: vive separado de Vilma Espín».
Por razones de seguridad, Raúl y Fidel, se ven poco y casi siempre para acordar «cuestiones de Estado». Más aún, viajan siempre en autos separados.
Normalmente, Raúl viste uniforme militar, pero distinto al verde olivo de su hermano. La chaqueta suele ser color verde claro. Sobre el pecho porta cuatro hileras de condecoraciones y en los hombros cuatro estrellas.
Dualidad
Fue Raúl el primero de los dos que se hizo comunista. Al parecer, su conversión se formalizó después de que asistió a un congreso de las juventudes comunistas realizado en Praga a principios de los años cincuenta. Esta filiación le permitió operar políticamente para acercar a los rebeldes del Movimiento 26 de Julio, encabezados por Fidel, con los comunistas de la isla.
«Raúl es un comunista ortodoxo y con frecuencia ha señalado: «Nadie critica a Stalin en mi presencia». Pero en la acción, se pliega a los hechos como un hábil pragmático», indican Fogel y Rosenthal.
En efecto, hay antecedentes de ambos hechos; fue ortodoxo cuando a mediados de los años noventa fustigó y logró el cierre de Centros de Estudios de América (CEA), institución en la que economistas e intelectuales cubanos oxigenaban la rigidez de la política de la isla con ideas críticas y propuestas alternativas.
En cambio, fue pragmático cuando en 1993 convenció a Fidel de que era necesario liberar los controles de comercio interno de los productos campesinos. «Antes que los cañones, están los frijoles», dijo en aquella ocasión.
Otro acto de pragmatismo: en medio de las penurias económicas del Período Especial de los años noventa, Raúl «reconvirtió» a las fuerzas armadas. De un ejército de 300 mil hombres, lo redujo a 55 mil y el gasto militar, hasta entonces equivalente a 4.5% del PIB, pasó a sólo 2%, según refiere Joseph M. Colomer en su análisis Las Fuerzas Armadas Revolucionarias: presente y futuro.
Esta reducción estuvo acompañada de proyectos para el ejército participara en la producción de alimentos (el llamado Plan Turquino) o para hacer que las fábricas de las FAR produjeran electrodomésticos en lugar de armas y equipo militar.
Además, dicha reconversión incluyó la creación de empresas de ejército que, aglutinadas en la corporación Gaviota, participan en actividades empresariales de comercio exterior y de servicios turísticos.
Así, Raúl no sólo logró que las FAR fueran autofinanciables, sino que aportó recursos a la economía de la isla.
Nadie en Cuba duda de otras de las virtudes de Raúl: capacidad de organización, dotes de estratega militar, arrojo y valentía.
Cuando desembarcaron los expedicionarios del Granma en Cuba, en diciembre de 1956, Raúl era capitán de la retaguardia. Más de un año después, en febrero de 1958, fue nombrado y comandante, con la misión de formar y dirigir el Segundo Frente Oriental »
Frank País».
Y lo hizo. Pero asustó al propio Fidel Castro cuando detuvo a 49 estadounidenses en el oriente de la isla con el propósitos de frenar los bombardeos de la fuerza aérea de Fulgencio Batista en contra de sus hombres.
«Dirigente brutal, que no teme ordenar una ejecución en tiempos de la guerrilla, Raúl deja traslucir, al contrario de su hermano, emociones simples de felicidad y compasión», anotan Fogel y Rosenthal.
Y es que todos le reconocen que es leal con sus amigos, a quienes ayuda y protege, pero no admite la traición. Arraigado en los valores religiosos, como Fidel, estudió con maristas y jesuitas, no soporta actos de corrupción. El mismo ha empujado a la defenestración de importantes dirigentes de la revolución que han cometido ese tipo de actos. Dos de ellos; Carlos Aldana, quien en 1993 era el secretario de Ideología del PCC y considerado entonces el tercer hombre más poderoso de la isla, y Roberto Robaina, canciller y considerado hasta 1996 el «joven mimado» de Fidel.
Su actual ascenso al poder con «carácter provisional» debido a la crisis de salud de Fidel Castro, enfrenta sin embargo otro problema: Raúl, de 75 años, también tiene una salud «frágil», según aseguran Rosseau y Cumerlato. *
* En acuerdo con la revista mexicana Proceso.
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