Los entretelones del "sexgate" del presidente y la becaria

A punto de perder el poder

Washington, ANSA

En los meses cruciales de 1998, mientras diariamente aparecían nuevas revelaciones sobre el escándalo, Clinton trató de dar una imagen de «administración habitual» a su actividad en la Oficina Oval.

Pero en varias ocasiones, durante las reuniones en la Casa Blanca el presidente se mostraba tan distraído e inmerso en sus cuestiones privadas que eran sus colaboradores los que debían responder en lugar de Clinton.

Así sostiene «The breach: inside the Impeachment and Trial of William Jefferson Clinton» (literalmente, «La brecha: dentro del impeachment y el juicio a William Jefferson Clinton», escrito por Peter Baker, que en la época cubría la Casa Blanca para el diario The Washington Post.

El estado de postración de Clinton por el escándalo llevó a uno de sus más fieles ex colaboradores, el ex vicejefe del equipo, Harold Ickes, a iniciar consultas con los líderes demócratas sobre el modo más adecuado para convencer a Clinton de que renuncie. Las revelaciones acerca del comportamiento sexual de Clinton con la pasante Monica Lewinsky y sobre las mentiras del presidente «llenaron de disgusto» incluso a algunos de sus más fieles ayudantes comprometidos en la difícil tarea de salvar la cabeza del jefe, afirma Baker.

El jefe del equipo, Erskine Bowles, salió sorprendido de una reunión en la Casa Blanca, el 24 de enero de 1998, cuando el escándalo recién había estallado, dedicada a las posibles iniciativas para limitar los daños de la cuestión.

«Debo ir a vomitar a alguna parte», murmuró Bowles a un colaborador, sostiene el libro, cuyo autor reveló que en el verano de 1998 el apoyo de los demócratas del Congreso a Clinton era casi inexistente.

El líder demócrata del senado, Thomas Daschle, se negaba a atender telefónicamente al presidente.

Unos 100 de los 206 diputados demócratas estaban dispuestos a votar por el «impeachment» de Clinton, como también lo estaba una docena de los 45 senadores demócratas. Cuando llegó el momento de votar –meses después, cuando el furor inicial había desaparecido en favor de las razones de partido– sólo cinco diputados, y ningún senador, votaron en contra de Clinton. Otra «perla del libro» es la información relativa a que el presidente encargó a su abogado personal, David Kendall, que informe a su mujer, Hillary Clinton, que sus apasionadas proclamas de inocencia sobre la relación sexual con Lewinsky, (apoyadas por la primera dama), eran una mentira. Las relaciones con la pasante fueron efectivamente de naturaleza sexual y Clinton no tenía el valor de dar personalmente a su mujer la noticia de su infidelidad conyugal.

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