Francia contraataca
Las dos semanas de intensas y complicadas negociaciones de Francia con las partes querellantes del Medio Oriente acaban de surtir efecto.
La estocada genial de la diplomacia francesa fue promocionar, por abajo de la mesa, una reunión de representantes de la desorganizada y dispar Liga Arabe en la asediada pero simbólica ciudad de Beirut. La agenda era tratar el tema de la posición libanesa frente a la inminente votación del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sobre un cese del fuego en la región.
El primer borrador de paz que circuló en el seno de la ONU representaba la firme posición de Bolton, el embajador del gobierno de Bush para esa organización. La lista de puntos para la paz americana demostró ser la mejor arma política francesa, ya que incendiaron la imaginación de los países árabes.
Si se tira de los piolines adecuados, 24 horas en la diplomacia mundial es un montón de tiempo. Al anochecer del viernes 5 de agosto, se anunciaba, para el lunes 7, una reunión dramática, urgente y extraordinaria de la Liga Arabe, en la estratégica capital libanesa de Beirut. Nada menos que el centro del torbellino israelí que azotaba hacía tres semanas al gobierno del primer ministro Siniora.
El sagaz embajador francés ante la ONU, Jean-Marc de La Sabliere, cuestionado en una conferencia de prensa sobre la posibilidad de un rechazo tajante del Hezbolá a los puntos americanos, respondió con una guiñada: «Pregúntenme qué piensan los representantes árabes sobre el tema». Y continuó a bordo de una sonrisa socarrona «si entienden lo que quiero decir, lo mejor es esperar la resolución de la reunión en Beirut».
La secretaria de Estado Condoleeza Rice, jugándose por un rechazo libanés, se apresuró a comentar que «ahora vamos a saber quiénes son los que quieren la paz o la guerra en la región del Medio Oriente». Según opinólogos internacionales, la táctica Bolton-Bush era presentar una serie de demandas imposibles al Líbano, a la espera de que éste las rechazaría, justificando así una escalada israelí en la zona, apoyada verbalmente por la diplomacia americana.
Durante el dramático día lunes 7 los ojos y oídos del mundo se concentraron como un misil teledirigido en la reunión de los 22 ministros de relaciones exteriores árabes, que incluían los pesos pesados de la región, Siria, Irán, Irak, Arabia Saudita y Egipto, como también los norteafricanos, Túnez, Argelia, Libia y Marruecos. Con la mayoría de ellos Francia mantiene excelentes relaciones geopolíticas.
El presidente francés Jacques Chirac y su ministro de relaciones exteriores, Philippe Douste-Blazy, dejaron sus respectivos celulares al rojo vivo con intensas negociaciones mediterráneas.
Lo que se podría definir como «el gambito parisino», el Líbano agasajaba a los 22 delegados árabes en la ciudad de Beirut. Nadie sabe cómo o adónde aterrizaron, ya que los aeropuertos de la capital habían sido destruidos. Nadie sabe cómo sortearon los misiles israelíes que caían como granizo en la región. Pero era obvio que importantes fuerzas militares y diplomáticas mundiales habían abierto un salvoconducto. Se estaba jugando ahora por una apuesta mucho más voluminosa, que el expendible Líbano.
La dupla Bolton-Bush fue tomada por sorpresa. La decisión final de la reunión árabe en Beirut cayó como un rayo sobre la Casa Blanca. Resultó que hasta el nuevo ministro iraquí se había mostrado molesto con la política americana en el Líbano.
Los países árabes, unánimemente, se solidarizaban con la posición libanesa y apoyaban un «plan Siniora» de siete puntos, para una paz duradera. Condoleezza Rice no tuvo más remedio que pisar el freno de su coche de placas diplomáticas y ejecutar una derrape cinematográfico que dejó en el piso gruesas marcas de goma quemada y a la diplomacia americana enfocando en la dirección opuesta.
Para el tiempo que los medios internacionales comunicaban la resolución de la Liga Arabe, tres emisarios plenipotenciarios de esa organización volaban a Nueva York, para presentar la demanda árabe-libanés directamente en el seno del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La iniciativa árabe cobraba inercia.
Miércoles 9. La implicancia de desestimar una resolución árabe que incluía el apoyo de importantes países pro occidentales resultó un argumento demasiado persuasivo para el triunvirato Bush-Bolton-Rice. No tuvieron más remedio que apretar los dientes y tragar duro. Casi sin masticación, aceptaron la fuerte propuesta árabe en tiempo récord.
En poco más de 48 horas, Condoleezza Rice y el francés Philippe Douste-Blazy levantaban la mano en Nueva York, apoyando una propuesta de paz para el diferendo libanés-israelí, ahora conteniendo algunos puntos empujados por el gobierno Siniora. Los quince miembros del consejo, incluyendo, China, Rusia y el Reino Unido, también levantaron la mano. Esto ocurrió el viernes 11 a medianoche, hora del meridiano internacional de Greenwich. Por la tarde del sábado 12 el gobierno libanés en pleno apoyaba oficialmente la resolución unánime de paz del Consejo de Seguridad. El mismo día, Nasrallah, el líder de Hezbolá, apareció en televisión anunciando que sus milicias iban a apoyar el cese del fuego propuesto por la ONU.
La pelota quedaba en la cancha de Israel, que por esas horas finales desesperadas intentaba lograr los objetivos que no había alcanzado en las cuatro semanas previas. El gabinete isrealí bajo intensa presión americana y de la ONU, ratificó la propuesta de paz el domingo 13.
No quedan dudas en Europa que la «movida parisina», propugnada y ejecutada por la terna gala Chirac-Blazy-Sabliere fue digna del mejor maestro estratega del ajedrez internacional político. Francia se había salido con la suya sin disparar un solo tiro.
El gol de media cancha para Francia la coloca al frente de la diplomacia internacional y de los movimientos de paz en el Medio Oriente. El resultado es por demás importante si se recuerda que Francia había quedado rezagada de las decisiones europeas y mundiales, cuando el viejo zorro Chirac había decidido no intervenir en la invasión iraquí de 2003.
La paz total en el Medio Oriente está lejos de concretarse y todavía quedan algunos cartuchos para reventar en el Líbano y en Israel. Pero la iniciativa gala ha puesto a la región sobre un tren político, lleno de estaciones diplomáticas. Por primera vez en cinco años.
El mundo parece, por algunos momentos al menos, haber dejado de ser un pueblo fronterizo del Far West americano donde las balas hablan más persuasivamente que las palabras.
Jacques Chirac, Philippe Douste-Blazy y Jean-Marc de La Sabliere brindan hoy con un buen champagne francés de la mejor cosecha, una de las movidas más productivas de la diplomacia francesa en las últimas décadas. La cuenta telefónica del Palacio del Eliseo, eso sí, será un poco más abultada de lo común, a pesar de la tranquilidad veraniega que vive París en agosto. *
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