El Líbano incumplió la Resolución 1559 de ONU y no desarmó a Hezbolá
El régimen libanés se encuentra demasiado dividido y débil como para controlar al movimiento islamista Hezbolá o Partido de Dios, que ganó apoyo entre la población, tras la ofensiva que lanzó el Ejército israelí luego que la guerrilla chiita secuestrara y matara en territorio judío a varios soldados hace un mes, iniciando así la escalada bélica.
Sacudido por la confusión política desatada por el asesinato del ex primer ministro Rafik Hariri en febrero de 2005 -a manos de Siria afirman las denuncias- el gobierno de ese pequeño país de Medio Oriente ha sido incapaz de superar las ya históricas desavenencias internas. El régimen libanés está dividido en torno a su política con Siria. Su incapacidad para salvar esta brecha ha debilitado aún más a esa nación, que era conocida como la Suiza de Medio Oriente.
Una gobierno fragmentado y débil
Las milicias de Hezbolá, superan en número al Ejército nacional. Incluso, muchos de los soldados libaneses son también miembros del grupo islamista pro iraní. Hezbolá tiene una gran cantidad de seguidores, estimados en unos dos millones de chiitas, que obedecen fanáticamente a cada consigna de su líder, el jeque Hassan Nasralá. De esta forma, el Partido de Dios ejerce una enorme influencia en el dividido régimen libanés.
De los 3,8 millones de libaneses, 60 % son musulmanes, en su mayoría de la rama chiita, y la mayor parte del 40 % restante comulgan con la religión cristiana.
El régimen es débil porque fue conformado por un Parlamento con representación proporcional a los diversos grupos religiosos del país reconocidos en un censo de los años 30. Desde el fin del régimen colonial en 1943, los puestos importantes del gobierno son repartidos entre sectores particulares de la población.
El presidente debe ser cristiano maronita, el primer ministro musulmán sunita y el presidente del parlamento musulmán chiita.
Pero el porcentaje de chiitas era mucho menor por entonces, con lo que la representación política actual está desproporcionada a la hora de las designaciones. Esto añade más división e inestabilidad a la sociedad libanesa y sus instituciones de gobierno.
Una alianza entre cristianos y sunitas tiene la mayoría en el Parlamento, aunque ambos grupos sumados no superan a la población chiita.
El presidente libanés Emile Lahoud teóricamente controla la política exterior y la seguridad nacional. En realidad, es visto como un títere de Siria y como poco más que una figura decorativa, opinan analistas en Beirut, que lo señalan también como aliado del chiita Partido de Dios.
El primer ministro Fouad Siniora ha ganado poco respeto en los asuntos internos, y ha tenido poco éxito en los internacionales, opinan algunos observadores.
Nabih Berri, el presidente del Parlamento, es considerado un líder pro sirio y pro Hezbolá, lo que también significa pro iraní.
El Parlamento de 128 miembros está dividido en tres grupos principales.
La mayor coalición, Tayyar al-Mustaqbal -Corriente de Futuro-, es anti siria y es liderada por el hijo del asesinado Rafik Hariri, Saad.
El partido Amal, con la segunda mayor cantidad de asientos parlamentarios, cuenta con el apoyo del Hezbolá y es la principal fuerza política chiita. Hezbolá es parte del gobierno libanés desde 2005. Ocupa dos cargos del gabinete del primer ministro Fouad Siniora y controla 18% de las bancas en el Parlamento libanés. El grupo, tiene en su plataforma política la destrucción de Israel.
El otro grupo parlamentarios es el Movimiento Patriótico Libre, liderado por Michel Aoun, ex primer ministro que regresó del exilio en 2005. El partido es popular entre los votantes cristianos.
Los acuerdos incumplidos
La aceptación de Hezbolá en el proceso electoral tras la retirada Siria luego de años de ocupación- como consecuencia de la llamada revolución de los cedros, suponía dos cosas para la organización islamista: sumarse a la reconstrucción social y económica del país y, en segundo lugar, el desarme y el desmantelamiento de sus milicias.
El gobierno libanés acordó en esa oportunidad implementar la Resolución 1559 de la ONU que exige el desarme de todas las milicias en su territorio. Todos los grupos en pugna que se enfrentaron en la sangrienta guerra civil se desarmaron. Hezbolá no lo hizo, por el contrario continuó rearmándose con el apoyo de Damasco y Teherán.
La incapacidad del gobierno libanés para enfrentarse a las milicias de Hezbolá en la creencia de que era mejor dejarles actuar para ganárselos y no oponerse a ellos, ha llevado a que el Partido de Dios se convirtiera en un Estado dentro del Estado. Para muchos analistas, teniendo en cuenta las leyes internacionales, «el gobierno del Líbano es responsable por permitir que su territorio sea utilizado para actividades que dañan a otro Estado, y por no cumplir con la Resolución 1559 del Consejo de Seguridad de la ONU».
«Si el gobierno libanés hubiera llevado a cabo esta obligación, no habría habido guerra, y no habría habido bajas civiles libanesas», afirma el estadounidense David Horowitz, uno de los fundadores de la Nueva Izquierda en los años 60, que colaboró también con el Partido Black Panther.
El diario libanés Al-Mustaqbal fue crítico tras el ataque del Hezbolá sobre Israel y aseguró que la operación ha inquietado y está todavía inquietando a grandes sectores del Líbano. Sostuvo que lo que más le intranquiliza a la mayoría es que la prerrogativa de tomar una decisión en asuntos de guerra y paz, que le pertenecen al Estado del Líbano, haya sido usurpada por Hezbolá.
Casi todos los dirigentes libaneses, y muy explícitamente los influyentes Walid Jumblatt, líder druso del Partido Socialista Progresista, y Saad Hariri, jefe de la Corriente del Futuro, en declaraciones a Le Figaro y al periódico saudí Oukaz respectivamente, han anunciado su intención de pedir responsabilidades a Hezbolá, tras el alto el fuego y en el marco de las instituciones libanesas.
La mayor parte de los dirigentes libaneses ha criticado con dureza el unilateralismo de Hezbolá y todos se han mostrado comprometidos a evitarlo en el futuro. Las excepciones, aunque sonadas han sido minoritarias. El propio jefe del Estado Emile Lahoud ha dicho que «el Líbano no renunciará a Nasralá, quien con el apoyo del Ejército conseguirá liberar el territorio nacional».
Hoy, la mayor parte de la opinión pública libanesa es consciente de la urgente necesidad de que el Ejército retome el control en todo el territorio nacional, lo que despojaría a Hezbolá de su naturaleza de guerrilla de resistencia.
El Ejército libanés, que ahora intentará controlar a las milicias del Partido de Dios, está integrado por 60.000 efectivos. El cuerpo militar, de mayoría chiita, está compuesto además por 10.000 reservistas, según un informe sobre el estado de las Fuerzas Armadas en el mundo, del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos con sede en Londres.
Los expertos señalan que no se trata de una fuerza de combate moderna, pero estiman que puede desempeñar un papel importante en el mantenimiento de la seguridad y en asegurar el control del Hezbolá chiita, una vez el Ejército israelí haya evacuado el sur de Líbano.
Sus recursos son limitados. Dispone de 310 tanques de asalto desgastados y viejos ,T-54 y T-55, de fabricación soviética. Cuenta igualmente con 1.257 vehículos blindados de transporte de tropas y con 541 piezas de artillería. La aviación está compuesta tan sólo por 1.100 hombres y la marina, por 1.000, según los informes. *
Nasralá
El Hezbolá libanés se «compromete a cesar todos los actos hostiles» con los que se enfrenta a Israel una vez que se haya negociado un acuerdo en la ONU, cuya resolución adoptada el viernes es «injusta», declaró el sábado el jefe del movimiento chiita, Hassan Nasralá.
«Si hay un acuerdo sobre un alto el fuego a través del secretario general de la ONU, Kofi Annan, o un acuerdo entre Líbano e Israel (…), la resistencia se plegará a él», dijo, en alusión al brazo armado del Hezbolá, en un discurso difundido ayer por Al Manar, la televisión de su partido.
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