Irán: política y teología

Alá en el centro de un infierno bélico

Pero menos sabemos también, porque desde siempre, pero más aún desde aquel fatídico 11 de setiembre en New York, George Bush junto a sus aliados circunstanciales o perennes, se han empecinado en mimetizar o convertir en sinónimos al Islam con el terrorismo. Es decir, de acuerdo a la frágil concepción del asunto, para la «inteligencia» del Pentágono y sus gendarmes, la cosa es así de simple: Islam, igual terrorismo. Y no les importa nada si alguien trata de explicarles que el Islam, muy por el contrario, es una opción espiritual, de paz y no de guerra.

Pero, ¿cómo hacerle entender esto a quien desde el escenario de su demencia se proclama como el » líder justiciero salvador de la humanidad»?

¿Cómo explicarle a quien cree que es el nuevo Mesías del siglo XXI ?

Sin embargo es bueno comenzar a analizar poco a poco esta realidad. Y más aún ahora, cuando por ejemplo el derecho del pueblo iraní a procesar su propia energía nuclear con fines científicos y pacifistas está cuestionado, entre otros, precisamente por quien se cree el nuevo profeta de la paz universal: George Bush.

Precisamente ahora también, cuando este autoproclamado «Amo del mundo» aparece como autoridad suprema, incluso por encima de las Naciones Unidas y se adueña del derecho de «dar permiso» a un Estado (Israel) para que ataque e invada a otro (Líbano), aun contrariando las decisiones del plenario de las naciones soberanas del mundo.

 

El objetivo implícito

Y mucho más aún, porque en toda esta demencia bélica desatada por Israel con el «permiso» de EEUU, se apunta también a involucrar a este país, Irán, en la contienda, generando lo que muchos observadores opinan que es al fin y al cabo el objetivo implícito de toda esta aventura guerrera norteamericana: sentar sus plantas sobre este territorio, derrocar al gobierno de la Revolución, colocar en su lugar un gobierno títere prooccidental (o mejor dicho: pronorteamericano) y apoderarse de las enormes reservas de gas y petróleo iraníes, cumplimentando el operativo frustrado hace unos años, cuando utilizando al entonces aliado de la CIA Saddam Hussein, sometió a Irán a una guerra de ocho años, sin lograr derrotarlo.

El comandante Fidel Castro manifestó, refiriéndose a la Republica Islámica de Irán, lo siguiente: «El combate del pueblo iraní por la libertad y la independencia debe servir como un ejemplo para los pueblos del mundo. No solamente el pueblo cubano, sino todos los revolucionarios del mundo deben celebrar el día de la victoria de la revolución islámica de Irán».

 

Una revolución distinta

El proceso político iraní no encuadra dentro de los esquemas ideológicos y las teorías en que la mayoría de los latinoamericanos nos hemos formado. En los años difíciles en nuestro continente, allá por las décadas del 60 al 80 del siglo pasado, hubo algunos sacerdotes católicos que generaron un concepto cristiano de Teología de la Liberación, que tuvo incluso sus mártires caídos en la lucha por imponer el sentimiento del amor por la humanidad y por los más humildes y desprotegidos de ella, como principio revolucionario.

Las jerarquías de la iglesia tradicionalista, la fuerza del Opus Dei y otras organizaciones confesionales ortodoxas y ultraconservadoras, terminaron por desestabilizar la incipiente revolución «de las sotanas» y lograron volver «al redil» a muchas de las «ovejas descarriadas», y condenar al silencio y la exclusión a las otras más rebeldes, con el apoyo y la complacencia de los gobiernos dictatoriales militares de turno.

La revolución bolchevique por su lado, la cubana por otro, la después frustrada gesta sandinista en Nicaragua, el comandante Guevara y su mística, y varias generaciones forjadas al influjo del marxismo leninismo como opción para la lucha de clases y la revolución proletaria, nos convencieron que solamente el camino del materialismo marxista podría generar una verdadera revolución social.

Y entonces, cuando somos testigos de que un hombre, un teólogo musulmán llamado Ruhul-Lahal-Musawi Al Jomeini, pero inmortalizado en la memoria popular como el imán Jomeini, fue capaz de levantar y sublevar a un pueblo de varios millones de habitantes casi sin armas, solamente con una enorme batería de fe en dios y en el hombre como herramienta de El en la tierra, capaz de derrumbar a la monarquía más antigua del planeta, nada menos que el Imperio Persa con más de 2.500 años de existencia, cuando somos testigos de ello, decíamos, se nos empiezan a venir abajo estrepitosamente aquellos esquemas y aquellas teorías.

Y es allí que quizás debemos reconocer que no hay un camino único para la revolución, y que lo que realmente importa es que, sea cual sea el camino, el destino final, el objetivo definitivo, sea la dignidad humana.

 

Los dos Dioses

Y tenemos que dejar de creer en la falacia de una propaganda financiada desde la CIA, el Pentágono y sus socios de turno, que pretende hacernos creer que hay dos dioses, uno occidental, cristiano y judío, justo, piadoso y generoso con los humildes y los más desprotegidos, y otro dios oriental, musulmán, tirabombas, asesino, brutal, despiadado y terrorista.

Porque ese dios occidental que ellos proclaman como antítesis del otro, ese dios con el que se regodean los que han hecho de la fe un negociado, puede ser que esté en todas partes como dicen las Escrituras, pero de una cosa estamos seguros: tiene su despacho en la Casa Blanca en Washington y atiende allí, los días hábiles solamente en horarios de oficina.

Es indudable que la revolución iraní, con sus aciertos y sus errores, con sus límites y sus excesos, ha marcado un cambio a considerar muy seriamente. Más aun, por tratarse de Irán, un pueblo enclavado en el Medio Oriente, una región del mundo en la que, después de Arabia Saudita, es el país con mayor extensión de superficie de la zona y con una población que iguala en cantidad de habitantes a la de todos los demás países de la región, sumados los unos y los otros.

Pero además Irán tiene una característica étnica que no deja de ser importante a la luz de la historia contemporánea, es la única población de esa zona del planeta que no es de origen semita, sino indoeuropeo. Quizás sea esta una de las razones, y no otras (de las que se utilizan como argumentos supuestamente contundentes, pero regularmente ineficaces), la del intento de enfrentar a Irán al resto de la comunidad internacional, presentándolo como una amenaza de hecatombe y avanzada terrorista en el planeta.

 

Una región al borde del colapso

Estos son momentos decisivos en la región. La situación iraquí aparece casi fuera de control, aunque los países de toda esta área del mundo, en su mayoría, apoyan a las nuevas autoridades, aunque proclaman la necesidad del retiro inmediato de las tropas de EEUU y sus aliados.

Afganistán continúa sumergido en una instancia bélica desgastante que parece no tener fin, y mientras tanto, George Bush y la «inteligencia» de EEUU tratan de desactivar el terror por ellos mismos generado en estos dos países con Israel reiniciando su escalada bélica, ya que invade y bloquea a Palestina y luego apunta su furia contra el Líbano y sigue allí su avanzada genocida y brutal.

Pero hay algo que deberíamos todos tener muy en cuenta, y es que de suceder lo que nadie en este país, ni en el mundo quiere, de desatarse un nuevo frente de ataque o de conflicto sobre Siria o sobre Irán por parte de los ejércitos sionistas, o de los marines yanquis y sus aliados, la revolución islámica tiene todo dispuesto para su defensa.

Por ahora, y hasta ahora, en el momento de enviar esta nota,
Irán simplemente está a la expectativa de los acontecimientos. Pero el presidente Mahmoud Ahmadinejad ha sido suficientemente claro en sus dichos. Y el límite esta allí. Donde los ejércitos sionistas pongan un pie allí o uno de sus misiles irrumpa en el cielo sirio, entonces ya no habrá nada más que esperar.

Sólo resta saber por ahora hasta dónde es de amplio el permiso de EEUU a Israel para invadir, matar, destruir y arrasar otros pueblos y otras naciones. Sólo resta saber la amplitud de estas modernas «patentes de corso» libradas por el imperialismo yanqui, sin restricciones ni condicionamientos éticos ni humanos.

 

La paz, un objetivo permanente

En Irán el tema de la paz y de la guerra es recurrente. Y también el de la espiritualidad a que hacíamos referencia. Un veterano de guerra nos decía días pasados que a veces en el medio de la batalla no tenían tiempo ni espacio para alimentarse, ni curar sus heridas, pero la oración con los ojos puestos hacia La Meca encontraba siempre un espacio y un tiempo. En este país, viejos y jóvenes hablan de estos temas, de la guerra y de la paz, con la misma seriedad en cada uno de ellos, convencidos que ambas situaciones son posibles, aunque sólo una de ellas deseada: la paz permanente.

Quizás la definición más exacta del fenómeno histórico de Irán en el contexto sociopolítico y estratégico internacional, sea el hecho de que se trata de dos revoluciones simultáneas: una de ellas una revolución política con fundamentos teológicos, y otra revolución, pero esta teológica con fundamentos políticos.

Y en todo ello, así como todo gran movimiento en el contexto universal, ha tenido un líder que lo posiciona frente a la historia (Cuba a Fidel, la URSS a Lenin, China a Mao, Palestina a Arafat, India a Ghandi) Irán tuvo, y tiene, la visión y el mensaje humanístico de fe y coraje del ayatolá imán Jomeini; hoy por hoy, referente imprescindible en la ideología y la fe de los iraníes.

Por el bien de este pueblo iraní, de Medio Oriente todo (ya demasiado castigado) y de la humanidad en su conjunto, que no quiere más aventuras bélicas, es de desear que prevalezca finalmente la cordura, y la paz sea para todos los hombres y mujeres de buena voluntad, de este lado del planeta, donde circunstancialmente estamos, y del otro, donde tenemos nuestros mas íntimos afectos. *

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