Estoy en Teherán, capital de Irán y a pesar de ello me siento en paz

Cuarenta días entre terroristas

Hoy precisamente se cumplen cuarenta días de nuestro arribo al aeropuerto internacional, Iman Jomeini de la ciudad de Teherán, capital de la República Islámica de Irán. Es decir, hace cuarenta días que convivo con lo que George Bush y sus aliados de la inteligencia sionista y europeos han calificado como un «nido de terroristas», y ubicado como la más seria amenaza actual para la paz y la seguridad del mundo «civilizado».

Estamos en Irán, «el ombligo del terror». «el Estado violentista» que pretende incluso generar su propia energía nuclear sin pedirle permiso a nadie, ni siquiera a los » pacifistas de turno», los Estados Unidos de Norteamérica, Inglaterra, Israel y sus socios cubiertos o encubiertos.

Y de alguna manera es verdad eso de que estamos en medio del terror. Nosotros diríamos en el centro del terror. Porque a un lado de la frontera estallan los coches bomba en Irak y los marines yanquis asesinan alevosamente a mujeres y niños en Haditha y otras aldeas y ciudades habitadas por civiles inocentes y que ellos los convierten en objetivos militares y supuestos refugios de terroristas. Al otro lado, en Afganistán, el fantasma de Bin Laden y Al Qaeda agitado por Bush y la inteligencia del Pentágono, se torna en misiles asesinos que destrozan hogares y despedazan mujeres, niños y hombres inocentes.

Un poco más allá, en la Franja de Gaza, el pueblo palestino es ferozmente atacado por el poderoso ejército israelí inconsultamente, exageradamente, nosotros nos atreveríamos a decir: criminalmente. Casi que podemos creer que Israel está gestando un contraholocausto, un genocidio revanchista no se sabe contra quién ni por qué.

Un poco más acá, o si se quiere visto desde donde nos encontramos, en Teherán, un poco más allá de Irak, Siria y Jordania, Israel ha convertido en blanco de su furia bélica al Líbano y a sus tropas con la excusa de presionar al movimiento integrista Hezbolá, pretende involucrar como responsables a los gobiernos de Teherán y Damasco, llamándoles «El eje terrorista», acusándolos de responsables de la violencia en esa región. Hamas y Hezbolá, Siria e Irán, están en la mira del sionismo y de sus socios yanquis y europeos.

Sí, es verdad, hace cuarenta días o más que estamos rodeados de terroristas: por un lado los marines yanquis, intrusos en Irak y Afganistán, masacrando civiles impunemente, y por el otro, la barbarie israelí atropellando la soberanía y la dignidad de Palestina y el Líbano, y además amenazando y provocando a los gobiernos de Siria y de Irán, como si su objetivo fuese en realidad convertir nuevamente a Medio Oriente en un infierno bélico. Sí, es verdad, hay muchos terroristas cerca de aquí.

Hace apenas unos días el embajador de Palestina en Irán nos decía que su pueblo está sin alimentos, sin medicinas, casi sin agua ni energía, que Palestina está prácticamente bloqueada por las tropas y los tanques israelíes, que sus ciudades están siendo destrozadas por las bombas y que son cientos los civiles muertos, muchísimos niños y mujeres. Nos decía también que ningún palestino puede salir de su país ni entrar en él. Escuchándolo nos pareció que esta situación ya no tiene retorno.

 

El «Eje del terror» iraní

Sin ponernos a analizar políticamente la realidad del país donde nos encontramos, porque para ello el tiempo no es suficiente, sí podemos asegurar que Irán es un pueblo que quiere profundamente vivir en paz. Un pueblo y un gobierno que no desean la guerra. Que nunca la desearon ni la iniciaron en más de tres mil años de historia. Que cada vez que fueron a la guerra fue para defenderse de ataques foráneos.

Es un pueblo que hasta no hace mucho sufrió el flagelo de la guerra y no quiere de ninguna manera volver a ser castigado por él. Por eso es un pueblo que sigue construyendo edificios, autopistas, complejos industriales, universidades, escuelas, hospitales, mezquitas, centros comerciales, todo a ritmo acelerado. Un pueblo que sigue llenando de verde cada rincón que queda libre entre el hierro y el cemento urbano, y que además le está peleando a la montaña centímetro a centímetro el territorio para seguir construyendo núcleos habitacionales, complejos deportivos y recreativos, parques y jardines.

 

Algo huele mal en la ONU

Todo está tan cerca aquí que casi podría decirse que se huele la pólvora y la sangre desde Teherán. Pero no es así, porque gracias a Dios, por ahora predominan aquí el aroma de las rosas, los tulipanes y el azafrán, que son más nobles y casi más humanos que los soldados camuflados sean del ejército que sean.

Huele mucho mejor aquí en Teherán que en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, en el que se justificó ignominiosamente la masacre de Palestina y del Líbano, donde el veto norteamericano «santificó» la barbarie israelí y el secretario general Kofi Annan anuncia el envío de una misión de alto nivel, de esas que por ser de tan alto nivel, generalmente le pasan por encima a la realidad que suele estar mucho más abajo.

Pero paradójicamente, mientras la ONU trata con «paños tibios» a Israel, mientras el veto y el anuncio de «misiones de alto nivel» le dan tiempo para seguir avanzando en su guerra insana, los mismos miembros del Consejo de Seguridad de la ONU deciden «ponerse duros» con Irán y exigirle en un plazo perentorio la respuesta a la propuesta entregada por Javier Solanas en Teherán.

Pareciera que para los «popes» de la ONU, es más peligroso para la paz mundial el proyecto de Irán de generar su propio combustible nuclear con fines científicos, médicos y energéticos internos que Israel atacando y masacrando por decisión unilateral a los pueblos de Palestina y del Líbano. Sin embargo, Irán ha sido muy claro en su postura al respecto: no aceptará imposiciones y responderá cuando considere que debe hacerlo. Y punto.

Por eso es verdad lo que decíamos al principio de esta nota. Hace cuarenta días llegamos hasta el centro del terrorismo. Justo aquí, en el medio geográfico de una región convulsionada, pero sin embargo compartiendo un enorme oasis de paz que se llama Irán, que por cada bomba yanqui que cae sobre Afganistán, plantan tulipanes en los jardines de las plazas públicas, por cada autobomba que estalla en Bagdad o por cada hogar iraquí ultrajado por los marines yanquis, construyen un edificio o una fábrica, por cada niño palestino que muere en Gaza ante el furor de los tanques israelíes, traen un niño al mundo para decidir el futuro del país, por cada misil israelí que estalla en el Líbano, maduran frutales y producen zumos vivificantes con ellos.

Y por supuesto, también acrecientan su defensa, instruyen sus soldados, incentivan el patriotismo de los jóvenes «Guardianes de la Revolución» y de los miles de voluntarios dispuestos a morir por el Islam. Por que como cuando derrocaron al Sha echando abajo una monarquía milenaria, los iraníes tienen un arma mucho más poderosa que la bomba atómica que muchos temen que posean algún día: el arma de la fe, la que los hizo triunfar a fines de la década del 70 en el siglo pasado y establecer un régimen revolucionario más equitativo.

Además todos son conscientes de que están instalados en el ojo de la tormenta. No quieren la guerra. Ningún iraní quiso la guerra en tres mil años de historia. Pero tampoco le temen a la guerra. Y eso es bueno que se sepa.

Mañana hará cuarenta y un días que llegué a Irán, que nos instalamos en lo que hoy llaman » el eje del terror». Pero estamos rodeados de flores, de frutas frescas, de jóvenes -millones de jóvenes- y del agua helada y cristalina que baja desde la montaña y corr
e por profundas canaletas de piedra por las veredas de la ciudad. Estoy en Teherán, capital de la República Islámica de Irán. Que nadie se preocupe por mí allí en Uruguay. Me siento en paz. *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje