El golpe de Estado contra el gobierno de Allende

El día que murió el presidente de Chile

Rafael Urbina – Santiago, AFP

La rebelión militar la había gatillado en la madrugada el almirante José Toribio Merino, tras arrestar al comandante en jefe de la Armada y copar las grandes ciudades costeras de Valparaíso, Viña del Mar y Talcahuano.

El Ejército, con Augusto Pinochet a la cabeza, dominó Santiago y las urbes del norte y el sur en la mañana, con tanques e infantería, y el general Gustavo Leigh, jefe de la Fuerza Aérea, ordenó que sus cazas Hawker Hunter bombardearan el palacio presidencial de La Moneda.

El supuestamente leal jefe de la policía de Carabineros, César Mendoza, negó defensa al gobierno y se puso bajo el mando de los militares, cerrando el cepo contra «el cáncer comunista» (palabras de Leigh).

Pero, realmente, el último en sumarse al golpe, a sólo horas del cuartelazo, fue Pinochet, recordó en 1987 un libro de Nathaniel Davis, uno de los embajadores de Estados Unidos en Santiago en la época allendista.

«Tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano… que por lo menos será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía, la traición», dijo Allende en su último mensaje radial desde La Moneda, cuando los aviones enfilaban rumbo a Santiago.

«Pueden avasallar, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza» (…) «sigan ustedes sabiendo que mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor», auguró el gobernante, de 64 años.

Tras los estériles disparos desde La Moneda contra tanques y aviones, Allende rechazó todos los pedidos de rendición, tanto de los mandos militares como de sus propios camaradas en el palacio, que sumaban unos cuarenta hombres.

En las poblaciones de Santiago, una esperada resistencia cívica a los golpistas se esfumó en minutos.

Los Hawker Hunter habían disparado sobre La Moneda casi 50 cohetes, según Danilo Bartulin, uno de los guardaespaldas sobrevivientes del combate.

«Creo que (Allende) se suicidó de pie, no sentado en un sillón, como creí al comienzo», relató años después Patricio Guijón, médico personal y amigo del mandatario y el más cercano de los testigos del trágico instante.

Doctor en medicina, político desde joven, ministro y parlamentario, Allende había ganado la presidencia el 4 de setiembre de 1970, convertido en el primer marxista elegido jefe de Estado en las urnas en Latinoamérica.

«Chile (con un izquierdista) tenía la posibilidad de subvertir otras naciones en forma más señalada que Cuba», explicaría en 1982 Henry Kissinger, el secretario de Estado del presidente norteamericano Richard Nixon.

Con Allende, Nixon había lamentado la nacionalización de las minas chilenas de cobre, la mayor riqueza del país, históricamente en manos de empresas norteamericanas.

Aunque admirador del régimen castrista, Allende había saludado su victoria electoral y la derrota de la Democracia Cristiana y las derechas en 1970 como el comienzo de una revolución pacífica, con «sabor a vino tinto y empanadas», la tradicional merienda en las fiestas nacionales. Con Allende «se instaló el caos y el odio y Chile estaba al borde de la guerra civil en 1973 y una tiranía comunista», acusaría después Pinochet, reivindicando el derrocamiento del mandatario.

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