FEM: grandes problemas para grandes actores
Cada año, en ocasión de la reunión anual del Foro Económico Mundial (FEM) se dan cita en Davos (Suiza) los ejecutivos de las corporaciones más ricas del mundo, líderes políticos (presidentes, jefes de gobierno, ministros), intelectuales y periodistas, en total unas 2.000 personas.
El FEM, fundado en 1971 por Klaus Schwab, profesor suizo de política de la empresa, es según sus partidarios el ámbito ideal para que los representantes de las mayores organizaciones políticas y económicas del planeta puedan debatir sobre los grandes problemas contemporáneos.
A la reunión anual asisten unos 600 periodistas que tienen acceso a la mayor parte de las sesiones. Y aunque el grueso de los invitados provienen de la política y de las corporaciones transnacionales también participan algunas de las grandes organizaciones no gubernamentales (ONG) como Amnesty International, Transparency International y Oxfam, junto con dirigentes religiosos y sindicalistas.
Los opositores del FEM sostienen que en realidad se trata de un foro de negocios, propicio para que las corporaciones puedan hacer actividades de lobby y que su verdadera finalidad es lucrativa y no ciertamente la lucha contra la pobreza.
Aunque el foro se denomina mundial prevalecen los europeos, los estadounidenses y los japoneses. Por ejemplo, en el 2002 el 75% de los invitados provenía de Europa (39%) y de Estados Unidos (36%), que sólo equivalen a 17% de la población mundial. Viceversa, con 60% de la población, los asiáticos sólo representaron 7,7% de la asistencia al WEF.
Se invita a las corporaciones que tienen una facturación anual de más de 1.000 millones de dólares y por lo tanto las empresas de los países subdesarrollados están netamente subrepresentadas.
La presencia de algunas ONG se debe a que el FEM ha buscado el diálogo con sus opositores. Pero dos ONG, Friends of the Earth y Focus on the Global South no han vuelto a ser invitadas porque se juzgó que eran demasiado ásperas y críticas, mientras Greenpeace, que durante dos años trató de dialogar sobre el tema del calentamiento atmosférico, se retiró por considerar que el FEM no era cooperativo.
Pero el FEM ha siempre declarado que acepta las críticas pacíficas y ha sostenido una serie de diálogos con grupos de su antagonista, el Foro Social Mundial (FSM) de Porto Alegre y afirma que precisamente para ello ha sido creado el Foro Abierto en 2003, que recibió a 300 invitados gratuitamente.
El FSM, que se celebra desde el 2001, le interpone un problema nuevo al FEM, ya que no se trata de agitadores violentos o de tradicionales centros sociales más proclives a la acción que a la reflexión. Los integrantes del FSM son intelectuales, historiadores, economistas, unidos en la esperanza de que otro mundo es posible. La crítica que le formulan al WEF, la de agrupar a los beneficiarios de la globalización liberal, que excluye a los menos afortunados del Norte y a la inmensa mayoría de los pueblos del Sur, es tenida en cuenta por Schwab.
En efecto, desde la caída del Muro de Berlín (1989) el FEM se convirtió en la caja de resonancia del llamado consenso de Washington, el acuerdo entre el gobierno estadounidense, el FMI y el Banco Mundial que atribuyó a la globalización neoliberal el papel de modelo estratégico para las nuevas relaciones internacionales y empujó a todo el tercer mundo a emprender programas de privatización integrales, a la liberalización unilateral del comercio, de las finanzas y de los servicios.
Con gran habilidad Schwab introdujo progresivamente en el WEF los temas del FSM: pobreza, reivindicaciones del Sur del mundo, discusión sobre el proteccionismo agrícola y las distorsiones del libre mercado. Y también hizo ingresar a algunas estrellas del mundo del espectáculo que peroraron las causas de la sociedad civil.
Si se quiere trazar un juicio sobre los dos foros mundiales seria justo decir que de Davos no han surgido propuestas de gobernabilidad innovadoras y que actúa como un club limitado a miembros ricos y poderosos que se reúnen para analizar problemas complejos y también a buscar soluciones pero en el interior de su propia lógica. Pese a la apertura a nuevos temas y actores nadie espera hoy del FEM ideas y propuestas, más allá de la gran ocasión de socialización que ofrece a sus participantes.
El juicio del FSM es más complejo y muestra luces y sombras. Es indudable que el proceso de participación ha alcanzado niveles sin precedentes, superando la cifra 100.000 asistentes, pero precisamente encara una crisis de crecimiento y de definición, y quizás de transición hacia nuevas formas.
Davos y Porto Alegre han sido dos actores, y al mismo tiempo dos síntomas de sus propios mundos. EL FEM tiene el poder pero encara una crisis de legitimidad y de planos distintivos. Y así como no se puede decir que el FEM haya estimulado nuevas ideas, se puede afirmar que el FSM ha representado la irrupción en el mundo de una nueva fase de idealismo y de compromiso. *
(*) Roberto Savio, presidente emérito de la agencia IPS y miembro del Consejo Internacional del Foro Social Mundial (FSM)
Compartí tu opinión con toda la comunidad