Una de las religiones más antiguas de la humanidad que sobrevive en Irán

Zoroastros, adoradores del fuego

Zaratustra o Zoroastro fue un jefe religioso que reorganizó y reconstruyó las antiguas creencias persas y distintas fuentes históricas lo ubican en épocas dispares desde los 8.000 AC hasta los 700 años antes de nuestra Era. La religión de Zoroastro según se cree desciende del Azerbaiyán, donde precisamente nació Zoroastro, en Pars, hogar de los acaménidas.

Precisamente la historia registra que el primer rey acaménida convertido al zoroastrismo fue Darío I (550-480 AC). Sus antecesores Ciro El Grande y su hijo Cambises profesaron las religiones de sus ancestros y de sus súbditos.

Según relata Mohammad Alí Sarmadí Rad, que fuera embajador iraní en Uruguay en su trabajo «El fabuloso Irán», cuando el zoroastrismo apareció por primera vez lo hizo como una religión monoteísta, con Ahura Mazda como su Dios, como lo mencionó Darío en las inscripciones dejadas por él, donde declara que todos sus logros fueron posibles por la gracia de esta deidad. Desde aquel origen, casi tres milenios antes de la actualidad, el hombre y su concepto de Dios y de la Fe han sufrido grandes transformaciones. Mucho bueno y malo se ha hecho en el mundo en el nombre de Dios y de la Fe.

En el Irán de hoy, un país evidentemente religioso, la gran mayoría de la ciudadanía profesa y practica la religión musulmana, pero desde la adopción del Islam los iraníes se han mostrado especialmente abiertos a lo que ellos llaman «Los pueblos del Libro» para referirse a los judíos, católicos, cristianos armenios y sirios y zoroastros, entre otras religiones, que disfrutan de amplia libertad de culto e incluso tienen sus representantes en el Majlís (Parlamento).

Visitamos a los adoradores del fuego en su templo de Teherán y para ingresar en él debimos cumplir con el rito de descalzarnos y cubrir nuestra cabeza con un gorro ceremonial. Este templo en la capital es solamente uno de ellos, ya que también hay lugares dedicados al culto del fuego en localidades tales como Kermán, Shiraz, Zahedán, Ahwaz y Yazd donde se encuentra su templo mayor.
Pero es importante hacer notar que existen comunidades zoroástricas en otros países del mundo oriental y occidental tales como India, Estados Unidos de Norteamérica, Canadá, Alemania, Italia y Francia. En Irán se estiman en unos 100.000 los que profesan esta fe y en el resto del mundo unos 300.000 aproximadamente, la mayoría de ellos iraníes fuera de su patria o descendientes de ellos.

Sin embargo más allá de la doctrina, el sentimiento primitivo de la adoración del fuego como elemento los unifica tal vez a millones de pueblos del mundo que encuentran en él una razón de fe e idolatría.

El templo de Teherán fue fundado hace 90 años y desde entonces, como sucede en todos los templos zoroástricos, en una enorme ánfora central repleta de cenizas y siempre con un tronco de madera encima, mantiene el mismo fuego encendido. Un fuego que no se apagó nunca, ni en la barbarie de la guerra, ni en el fragor de la revolución, ni en la tragedia de los terremotos. Siempre hubo allí, un Mobed, hombre santo o alguien que arrimara un nuevo tronco al fuego para que la llama no se extinguiera. Realmente para los zoroastros el fuego es un símbolo. Ellos respetan a los cuatro elementos, el agua, el aire, la tierra y por supuesto, el fuego. La importancia de éste sin embargo es vital, el agua y la tierra existen, están allí cuando se les necesita, pero el fuego tiene que guardarse y para ello es que han construido en sus templos lugares para que nunca se apague.

Nos explicaron que aunque en la actualidad existen las cerillas y otras cosas para producir fuego cuando y donde se desea, en la antigüedad no era así, la gente venia a los templos y «llevaba» el fuego para sus hornos.

 

Descubridores del fuego

Los iraníes, (según nos cuenta la Mitrá Monatour, quien fuera nuestra guía y referente por el templo y la historia de su fe religiosa), los iraníes -decíamos- fueron los descubridores del fuego o al menos de la forma de producirlo. Tanto es así que hay una fiesta popular llamada Sadé, que es la fiesta con la cual se celebra la aparición del fuego.

En el libro de Ferdosí (Shahnameh) se ha contado el fundamento de la leyenda que dice que el Rey Hushang, cruzaba con sus ejércitos cuando vio a una serpiente amenazante agazapada detrás de una piedra, por lo que para alejarla de allí, procurando que no se espantaran las cabalgaduras, le arrojó una piedra. Esta al chocar contra aquella detrás de la cual estaba la serpiente amenazante, despidió tantas chispas que encendieron todo lo que a su alrededor se encontraba.

Fue así -según la leyenda- que los hombres -los iraníes- descubrieron la forma de provocar el fuego chocando dos piedras, sin necesidad de esperar que el fenómeno natural de un rayo por ejemplo encendiera una fogata. La milenaria leyenda en Irán no se discute. Además el fuego fue, es y seguirá siendo seguramente para los zoroastros un símbolo de unidad y de patria.

 

Fundamentos de su fe

El cielo y el infierno, dicen los zoroastros, están en este mundo: los buenos pensamientos, las buenas palabras, las buenas acciones forman la trilogía de su doctrina. Cada persona es libre de pensar, de obrar y de expresarse; la religión nos aleja de la guerra y de la anarquía y nos acerca a la amistad y a la serenidad.

Ajura Mazda invita a la felicidad y a que todos actúen de acuerdo con lo que saben. Entre estos preceptos de una religión, tan antigua como moderna, en la que judíos, cristianos y musulmanes, extrajeron elementos de su doctrina, hay los que fomentan la sinceridad o protegen el ambiente de la naturaleza.

Los zoroastros rezan cinco veces al día, pero sólo los sacerdotes entran en el «sancta sanctorum» de sus templos, donde celebran el culto con ofrendas frutales ante el altar del fuego. La fiesta de la iniciación o la pubertad es la más destacada. Los zoroastros también llamados «suebres» mantienen una comunión directa y personal con Dios. Quienes profesan esta religión cuentan con su propio cementerio. Antes habían entregado sus cadáveres a las aves de rapiña para no contaminar la tierra, el agua y el fuego, elementos divinos. Como los otros monoteístas creen que sus almas van a parar a Ahura Mazda, el «Señor Sabio», su antiguo Dios.

 

El Avesta, el Libro Sagrado

El famoso libro sagrado del zoroastrismo iraní es el Avesta. En su forma actual, está compuesto de dos grandes partes. Por un lado nos encontramos con los textos litúrgicos, consistentes en himnos para los sacrificios, reglas referentes a todas las circunstancias de la vida, los ritos y normas de purificación del mal. Se encuentran también en él varias narraciones cosmogónicas y mitológicas y una colección de oraciones y de invocaciones.

La segunda parte la compone el Pequeño Avesta (Jordé Avesta), mucho más reciente que los libros precedentes, y cuyo contenido lo forman himnos de gran belleza poética dirigidos a las diversas divinidades secundarias (Gatas) que el mazdeísmo tardío ha incorporado a la religión monoteísta de Zoroastro. Dichos himnos servían para las devociones privadas y podían ser recitados tanto por los laicos como por los sacerdotes.

El Avesta no es obra de un autor único (Zoroastro), sino que en realidad se trata de una obra incompleta y dispar, cuya redacción debió de extenderse a lo largo de varios siglos. El libro comprende 21 tratados y tal como lo conservamos hoy representa, como máximo, una cuarta parte de la obra primitiva. Ésta fue transmitida oralmente durante siglos: entre los años 200 y 400 de nuestra era.

La parte más antigua del Avesta, por su morfología, su sintaxis y su métrica, muy
parecidas a las de los Vedas, se distingue de todas las demás partes: se trata de una serie de 17 himnos, de un millar de versos aproximadamente, y constituyen la fuente más auténtica para conocer la vida real de Zoroastro, podrían ser, incluso, obra personal del reformador.

El avéstico es un sistema de escritura alfabético que nace hacia el siglo III D. C. La dirección de la escritura es de derecha a izquierda. *

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