Unión Europea: El riesgo de morir de éxito
Algo importante ha sucedido en Bruselas, pero no se sabe en realidad qué es, qué remedios se deben aplicar, ni cuándo. Lo cierto también es que el enfermo -la Unión Europea (UE)- no acepta el diagnóstico confuso y los médicos se abstienen de tomar iniciativas. Comparativamente, goza de magnífica salud, a apenas medio siglo de su fundación. Sigue siendo la peor muestra de voluntaria integración regional de estados, si se prescinde de todas las demás. Paradójicamente, puede morir de éxito. Ha cumplido de sobras con su objetivo fundacional (hacer cesar las guerras europeas) y elevar funcionalmente el nivel de vida de los ciudadanos, proveerles de una sensación de seguridad antes desconocida, y haberse convertido en punto de referencia (cuando no de llano modelo a imitar) para el resto del planeta.
Mientras hay una docena de pretendientes, dentro de la Europa estrictamente geográfica (los Balcanes) y en su periferia (Turquía), para ingresar, no hay ni una sola intención entre los 25 socios actuales de salirse. «Fuera de la UE hace mucho frío», dijo un día el malogrado ministro de Asuntos Exteriores español, Francisco Fernández Ordóñez, conocido por su simpatía como «Sir Paco».
Hoy la UE está bajo una sensación de congelación en referencia hacia donde quiere ir, y está atrapada bajo un vacío de liderazgo y huérfana de ideas innovadoras, salvo honrosas excepciones. Cuando una figura política destaca en expresar su empuje por seguir adelante con el proyecto constitucional, y devolver de esa manera la confianza a los ciudadanos de los 15 países que ya han votado «sí», se le agradece como lo hicieron los miembros del Parlamento Europeo con el primer ministro belga Guy Verhofstadt, al que dedicaron una cerrada ovación y encomiásticas palabras de réplica.
De momento, no parece haber muchas esperanzas para aplicar la llamada Declaración 30 inserta en el proyecto constitucional, por la cual si al término del proceso de ratificación, que debía finalizar este otoño, un máximo del 20% de los países hubieran tenido «dificultades», el Consejo decidiría por mayoría qué fórmula de rescate se formularía. El problema es que esta salida de escape se había pensado para el más que probable caso de que fuera el Reino Unido el país clave en «dificultades». Nadie había pensado que precisamente sería Francia, el país inventor de la UE, acompañado de Holanda, el más potente de los pequeños.
De momento, la UE ha resuelto extender el llamado periodo de reflexión, y dejar que el Consejo Europeo (los jefes de estado o de gobierno) señale el 15 de junio un calendario factible que probablemente se ampliará hasta el 2009, para coincidir con las elecciones al Parlamento. Sobre este ente se posan las miradas, pues puede haber llegado su hora. Se calcula que más del 80% de sus miembros son convencidos federalistas, responden todavía a una «coalición» no escrita de proporciones históricas entre conservadores-democristianos y socialistas, un maridaje de conveniencia que hizo posible la fundación y desarrollo de la UE, desde que en 1950 el ministro de relaciones exteriores francés Robert Schuman leyera el guión dictado por Jean Monnet, sobre la base de reconciliación entre Francia y Alemania, y de proceder a pasos prácticos de integración comenzando por el carbón y el acero.
Este calendario se insertaría en las presidencias de Alemania (primer semestre de 2007) y Francia (en el segundo de 2008), con elecciones galas y holandesas en mayo del 2007, y posible entrada de Rumanía y Bulgaria en 2007 o 2008, si se salvan algunos serios obstáculos. Conviene recordar que se acusa a la ampliación de la UE como la «culpable» de las dificultades constitucionales. Muchas voces en Bruselas se arrepienten de lo que en rigor fue una decisión de justicia histórica para corregir la artificial división de Europa tras la Segunda Guerra Mundial.
Mientras tanto, es posible que la UE ponga en práctica algunas de las medidas innovadoras previstas en el proyecto constitucional, entre ellas la mayor exposición de la figura del «ministro de Asuntos Exteriores», ejercida ahora por el Alto Representante Javier Solana, la formación de un servicio diplomático conjunto, una presidencia más estable que rebase la efímera semestral y rotativa actual, y una profundización de soberanía compartida en temas de inmigración y seguridad interna.
Pero no hay consenso sobre la idea de potenciar los núcleos «duros» de la UE, como los grupos en torno al euro o al convenio de Schengen, y de ahí relanzar una vanguardia ambiciosa que deje atrás a los reticentes, en la esperanza de que se arrepientan y decidan subirse al tren europeo en marcha. Esa táctica puede dinamitar las sólidas alianzas económicas o fronterizas con temáticas de perfil político. Lo malo es que si la prudencia está dictada según los calendarios electorales, será difícil hallar ventanas de oportunidad idóneas. *
(*) Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami. Exclusivo de IPS para LA REPUBLICA.
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