La cifra escalofriante de gastos militares mundiales
LOS GASTOS militares mundiales alcanzaron en 2005 un récord absoluto en la historia, según el informe anual del Instituto Internacional para la Paz de Estocolmo (SIPRI), conocido el lunes 12. El monto global subió 3,4% con relación al año 2004, y equivale a 173 dólares por cada uno de los más de 6 mil millones de habitantes del planeta. Es una cifra para meditar.
Alcanza en bruto a 1.118 miles de millones de dólares. O sea que sobrepasa el millón de millones de dólares (exactamente un millón 118 mil millones de dólares). Más claro: 1.118 seguido de nueve ceros. O bien: 1,118 seguido de doce ceros, muchísimo más que el PBI de muchos países sumados.
Prácticamente la mitad de esos desenfrenados gastos militares (el 48% y fracción) corren por cuenta de EEUU. El aumento del presupuesto militar norteamericano, principalmente en razón de las guerras en Irak y en Afganistán y los huracanes Katrina y Rita, abarca la mayor parte de los gastos militares mundiales, dice el estudio. Le siguen de muy lejos Gran Bretaña, Francia, Japón y China, cada uno con montos del 4 al 5%.
A la vez, la mayor parte del aumento de los gastos militares el año pasado corresponde también a EEUU, que en 2004 había participado con el 47% de los 1.035 miles de millones del gasto militar total. «La tendencia de la administración Bush a hacer uso de la fuerza de manera unilateral se muestra incambiada», señala el informe, que se refiere a la situación prevaleciente en Irak, la cual desborda el cuadro del uso preventivo de la fuerza.
Durante el año 2005 Rusia mantuvo el primer lugar como proveedor de armas al mundo, puesto que ocupa desde el 2001, con el 30% de las ventas totales, delante de EEUU, Francia, Alemania y Gran Bretaña. La mayor parte de las exportaciones rusas fueron destinadas a la China y a la India, mientras que los principales clientes de EEUU fueron Israel, Grecia, Egipto y Gran Bretaña. En informes de otros organismos se ha mencionado la incidencia de estas armas en los conflictos de Sudán, Nepal o Birmania.
Antes, en la era del mundo bipolar, la carrera armamentista podría, si no justificarse, por lo menos explicarse por la existencia de dos campos enfrentados. Pero ahora carece de toda justificación. ¿Quién es el enemigo contra el cual están dirigidas esas armas? La respuesta está dada, por ejemplo, por la invasión y ocupación militar de Irak, con el pretexto de la «lucha antiterrorista».
Pero los hechos demuestran que la «guerra contra el terror», que se despliega por métodos terroristas y conduce a la violación descarada de las libertades democráticas, no lleva más que a intensificar los ataques terroristas, como lo demuestran, tras los atentados en Nueva York y Washington (11 de setiembre 2001), los de Madrid (11 de marzo 2004) y Londres (7 de julio 2005). Esto acaba de ser refrendado por el centro de investigación británico independiente Oxford Research Group, destacando que la política de los gobiernos norteamericano y británico implica «una estrategia fundamentalmente equivocada, que consume cientos de billones de dólares y sólo consigue crear más apoyo al terrorismo, en vez de derrotarlo».
El lector habrá estado pensando en todo lo que podría hacerse en bien de la humanidad con esa enorme masa de dinero despilfarrado que sólo conduce a la muerte y a la destrucción. En primer lugar para alimentar a gran parte de la población del globo que sufre hambre, vegeta bajo los límites de la pobreza, incluso en la indigencia extrema. O para atender enfermedades perfectamente curables, que se expanden a niveles continentales como el Sida, la tuberculosis y el paludismo, o como las diarreas infantiles que siegan día a día la vida de miles de niños y se pueden prevenir con unos pocos dólares, mientras se dilapida una suma que equivale a 173 dólares por cada habitante del planeta.
Además, esta política de guerra y armamentismo envenena el clima internacional. Es consustancial con la doctrina de la guerra preventiva, que a la postre se transforma en guerra lisa y llana contra un pueblo. Además lleva a la militarización de la vida de los países, como acontece con el Plan Colombia, para citar un ejemplo, con profusión de armas, bases y consejeros militares.
El armamentismo conduce asimismo a las prácticas aberrantes de la tortura, como lo evidencian las recientes muertes en Guantánamo, y a las masacres de civiles, como en Haditha. En declaraciones que provocaron indignación (y hasta un intento de rectificación de la Casa Blanca) el comandante de la base, contralmirante Harry Harris, dijo que las muertes de los tres presos, que se intentó presentar como suicidio, eran «un acto de guerra». *
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