Integración y fútbol

Soy de los que creen que cuando la llamada decisión Bosman emitida por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea obligó al fútbol regional a terminar el sistema de cuotas, por el que se limitaba la participación de jugadores comunitarios («extranjeros», según la lógica nacional), el club de mis amores, el Barça, perdió identidad, invadido por holandeses que no consiguieron tampoco mayores glorias. Voces amigas me señalaron sarcástica pero certeramente que mis críticas no hubieran sido tales si en la segunda parte de los 90 se hubieran superado los triunfos de la primera parte del lustro.

Tenían razón: ahora, con un equipo poblado de brasileños, mexicanos, holandeses, suecos y franceses, además de media docena de autóctonos, el Barça se ha convertido en el mejor equipo de España, de Europa, y quizá del mundo. Dos ligas consecutivas y el trofeo europeo son la prueba.

En cuanto a la identidad, confieso que no me preocupa y prefiero aludir al aspecto positivo de lo que, en rigor histórico, ha sido siempre la norma del Fútbol Club Barcelona (en esta curiosa gramática que simplemente refleja su origen inglés). Siempre el Barça ha contado como figuras clave estrellas de origen extranjero.

Y siempre ha sido el camino más rápido y eficaz de integración de los recién llegados a una sociedad que paradójicamente se precia de ser cerrada en carácter y abierta en las oportunidades.

Si se puede ser norteamericano en un par de años, se puede también afirmar que es posible ser catalán en una semana: simplemente se consigue con acudir en un par de ocasiones a ver los partidos del Barça, y optar por convertirse en socio. Incluso se pueden celebrar los goles en castellano («campeones, campeones») sin que nadie se rasgue las vestiduras.

Otros métodos de integración serán más difíciles. Nunca lo tuvieron fácil los funcionarios de la administración central ni los militares de paso. Tampoco se podría franquear la barrera de la alta burguesía que incluso durante el franquismo abandonó el catalán. Incluso en la coalición política que en realidad es el Partido Socialista catalán, los procedentes de la inmigración se han tenido que adaptar con notable éxito mediante la adopción del catalán como lengua vehicular. Pero para sentirse integrados rápidamente y sin apenas pagar un peaje notable, no parece haber mejor canalización que el Barça. Este hecho integrador y universalista no ha pasado desapercibido para extraños, y se ha dramatizado todavía más con la implacable globalización. A pesar de que Barcelona posee una impresionante oferta museística, el museo más visitado no es el Picasso o el Miró, sino el del FC Barcelona, donde extranjeros y españoles de todos orígenes pueden repasar su historia centenaria. Ahora ya se puede contemplar el preciado trofeo conquistado en París ante el Arsenal.

El universalismo de las peripecias del Barça parece resaltarse en el contexto de vicisitudes humanas que en apariencia poco tienen que ver con el fenómeno futbolístico. El desenlace de este acontecimiento europeo parecía ser lo que más preocupaba a un sediento inmigrante que acababa de llegar a las costas de Canarias en un cayuco: «¿Había ganado el Barça la «Champions?» Era su única pregunta tras una semana de lucha contra las olas y la deshidratación, enfrentado a la deportación.

Si en su percepción exterior, el favoritismo disfrutado por el Barça se debe a la excelencia de su juego alegre y moderno de la actualidad, al igual que la efectividad del llamado «Dream Team» entrenado por Johan Cruiff en la primera parte de los 90, la atracción interior del club catalán en clave española se explica en parte por el «hecho diferencial» de estar enfrentado al centralismo de las dictaduras del siglo XX, sobretodo al franquismo. El Barcelona se vio en numerosos rincones de España como la muestra de resistencia soterrada por lo que se identificaba como cultura oficial identificada con el Real Madrid.

Aunque esta tesis puede sonar exagerada, lo cierto es que el estadio antiguo del Barça fue cerrado en los años 20 por haberse silbado la Marcha Real. También es cierto que un presidente del Barcelona fue fusilado por el franquismo. Como también es un hecho histórico que Di Stefano recaló en el Madrid cuando ya estaba casi firmado por el Barcelona, entonces repleto de estrellas y triunfos.

Curiosamente, mientras una buena parte de los españoles sienten reticencias hacia el nacionalismo catalán, ahora en el contexto del referéndum para el nuevo estatuto, a pocos de sus hinchas por toda España parece importarles que en París, en un mar de «senyeres» catalanas y estandartes blaugrana, no hubiera ninguna bandera española acompañando al rey Juan Carlos, la Reina Sofía, y menos al presidente Rodríguez Zapatero, «culé» confeso, quien por fin pudo celebrar un triunfo de su equipo preferido. Al Barça integrador se le perdona todo. *

(*) Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.(Exclusivo de IPS)

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