Más de 150 líderes mundiales se dan cita en la "gran manzana"

La Cumbre del Milenio

Naciones Unidas, ANSA

En la Gran Manzana, una isla prácticamente en situación de asedio, se darán cita desde el presidente Bill Clinton al líder chino, Jian Zeming, con protagonistas excluyentes como el presidente de Cuba, Fidel Castro, en torno del cual se concentran las mayores expectativas de la prensa.

Para los líderes latinoamericanos, que ocupan un espacio exiguo en la vida de las Naciones Unidas bajo la égida del secretario general Kofi Annan, representa una ocasión ideal para buscar una solución a la extrema pobreza que viven sus países, muchos de ellos comprometidos en políticas de mercados abiertos.

La Cumbre, a la que asisten 105 jefes de Estado y 47 jefes de Gobierno, así como cuatro vicepresidentes y sendos vicepremiers, propone echar las bases para lograr reducir hacia el 2015 en la mitad los pobres del planeta y ampliar el debate sobre los beneficios e inconvenientes de la globalización económica. Para las naciones más pobres de la tierra, como las del Africa negra, con países donde casi la mitad de sus habitantes están contaminados con el virus de VIH, o las guerras civiles provocan matanza tras matanza, la influencia y la debida intervención de los líderes mundiales puede llegar a ser decisiva.

Pero en el centro del debate también surgirá la controvertida «doctrina Annan» sobre el derecho a la intervención humanitaria.

El secretario general de la ONU la había enunciado hace un año, en medio de las objeciones de Rusia y de China, preocupados por las potenciales implicancias en sus conflictos internos.

Para Medio Oriente, donde el proceso de paz avanza a los tumbos y los esfuerzos se desvanecen por la supremacía de los fracasos frente a los logros, la iniciativa postrera impulsada por el presidente Bill Clinton abre una perspectiva muy endeble pero promisoria.

El primer ministro israelí, Ehud Barak, en Nueva York para participar de la Cumbre del Milenio, dijo que el proceso de paz medioriental llegó a «un punto crítico» y debe ser resuelto en pocas semanas.

Barak dijo que «las ocasiones son grandes, pero el tiempo apremia», al concluir una reunión matinal con Annan, y un vocero israelí reconoció que «las negociaciones no deben resolverse en días, pero tampoco en meses. Hablamos de algunas semanas».

Para una ONU con cada vez más débil en sus intervenciones internacionales y una pesada deuda de Estados Unidos y de otras naciones que compromete la existencia de la organización internacional, el momento de definir su papel en el siglo XXI cobra singular importancia.

Los líderes mundiales no ponen en duda la invalorable labor de sus 55 años de existencia, pero la crisis de liderazgo de la ONU también se refleja en los reclamos de Alemania y Japón por ocupar un escaño permanente en el Consejo de Seguridad.

Simultáneamente, muchas otras naciones cuestionan el mismísimo privilegio que asumen los actuales cinco miembros de ese cuerpo: Estados Unidos, China, Francia, Rusia y el Reino Unido.

Reclaman además una representación más amplia y justa, en circunstancias en que el debate por la reforma y ampliación del Consejo de Seguridad volverá o ocupar un sitio dominante en la Cumbre del Milenio.

Una semana atrás, la vicesecretaria general de la ONU, Louise Frechette, sostuvo que «el objetivo consistía en trazar el camino que debe seguir la ONU para alcanzar la paz en el siglo XXI».

Annan proclamó, a su vez, la esperanza que en los tres días de debate los líderes mundiales hagan unánimemente suyas las causas para la reducción a la mitad la extrema pobreza, revertir el fuerte crecimiento del sida en el mundo pobre y reforzar las operaciones de paz en el mundo.

Al delinear el desafío que enfrentará la Cumbre del Milenio, el copresidente de la reunión, el canciller namibio, Theo Ben Gurirab, afirmó que el encuentro «es visto por muchos como una positiva fuerza de cambio social, que puede llegar a contribuir a la reducción de la brecha entre pobres e industrializados».

También reconoció que «para otros, la Cumbre del Milenio de la ONU puede ser una fuerza destructiva porque la movilizan ex países coloniales que se proponen el control de los recursos del tercer mundo».

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