La CIA en el candelero
El debate sobre la confirmación en el Senado del nuevo jefe de la CIA nombrado por el presidente Bush, el general de aviación Michael V. Hayden, coloca bajo la luz de los reflectores las actividades de la Agencia Central de Inteligencia y de la Dirección Nacional de Inteligencia (DNI) a cargo de John D. Negroponte de la cual ha pasado a depender. Es sintomático que Hayden haya sido el máximo organizador y decidido defensor del programa secreto de espionaje telefónico, de correspondencia y por Internet a residentes en EEUU, impuesto por Bush tras del 11 de setiembre. Este es apenas un aspecto que ahora asoma a la superficie.
El jefe del espionaje telefónico y epistolar
El titular de la CIA, Porter Goss, renunció el viernes pasado (o más bien Negroponte se lo sacó de encima para colocar a uno de los suyos). El segundo de a bordo era John McLaughlin (que incluso ocupó la jefatura en un breve interinato tras la renuncia en 2004 de George Tenet, que venía desde la época de Clinton), y dimitió «por motivos personales». Newsweek informa ahora que según un reporte interno de la CIA el número tres de la agencia, Kyle «Dusty» Foggo, presentó su renuncia, implicado en un caso de corrupción. El presidente apeló entonces al general Hayden, brazo derecho de Negroponte, y que desde 1999 hasta el año pasado estuvo al frente de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), una de las más importantes de las 16 que están ahora bajo supervisión directa de la DNI. De carácter ultrasecreto, ubicada en Maryland desde 1952, cuenta con 21 mil agentes encargados de la inteligencia electrónica por medio del desciframiento de señales electromagnéticas, escuchas telefónicas y la lectura del correo. Se apoya en numerosos satélites capaces de identificar hasta la matrícula de un automóvil, y dispone de un presupuesto de 3.600 millones de dólares.
El general Hayden es un viejo lobo de mar en estas tareas, habiendo desempeñado cargos en el Pentágono, en el comando de EEUU en Europa, en el Consejo de Seguridad y en la embajada en Bulgaria durante la «guerra fría». Pero saltó a la luz pública defendiendo el espionaje telefónico y de correspondencia sin autorización judicial, según decreto de Bush, lo que suscitó expresiones de condena en la sociedad por implicar la violación grosera de los derechos ciudadanos y de la Constitución. De ahí que el representante Pete Hoekstra, que es republicano y preside el Comité de Inteligencia de la Cámara Baja, haya dictaminado que «es la persona equivocada, en el lugar equivocado y en el momento equivocado».
El espionaje y el Pentágono
Las críticas arreciaron desde distintos ángulos apenas apareció en la pantalla flanqueado por Bush y Negroponte. El legislador citado agregó: «No deberíamos tener ahora un militar liderando una agencia de inteligencia civil». Pese a que no sería el primer militar en ocupar ese puesto, ya que el almirante Stanfield Turner fue el capo de la CIA en el gobierno de Carter, se piensa que no sería una buena señal en momentos en que el Pentágono ya está controlando casi el 75% de las operaciones de espionaje estadounidense.
Se argumenta asimismo que posee experiencia en inteligencia satelital e informática, pero no en inteligencia humana. El chiste que circula en el Congreso es que Hayden es «el general que sabe escuchar», en mención al programa denominado «escuchas telefónicas contra terroristas». No menos de cinco mil norteamericanos han sido abarcados por dicho programa, cuya filtración a la prensa el año pasado desencadenó un debate en la sociedad sobre las libertades civiles.
El líder de la mayoría republicana en la Comisión Judicial, senador Arlen Specter, utilizará las audiencias (hearings) para cuestionar la legalidad del programa de escuchas, y pugnará por que la nominación no sea aprobada antes de dilucidar este punto.
La CIA y el Plan Cóndor
En el cuadro actual, no podría ser más oportuno un reciente reportaje de la periodista Stella Calloni al ex agente de la CIA Philip Aggee, que actuó varias décadas atrás en nuestro país y publicó un libro sobre las andanzas de la Agencia en Sudamérica. Allí Aggee revela: el trabajo sucio de la CIA con las dictaduras brasileñas (1964-1985); el espionaje en Uruguay a los exiliados brasileños, paraguayos y peronistas de izquierda; la participación de la CIA en el golpe contra Allende y en la propia creación de la DINA, al extremo de que sindica al general Manuel Contreras como el hombre clave de la CIA en el Plan Cóndor, al cual la Agencia aportó todos los datos y redes de sus servicios para su accionar contrainsurgente. Menciona los asesinatos en Buenos Aires de Michelini, Gutiérrez Ruiz y del general boliviano Juan José Torres, como parte de un largo rosario de atentados y crímenes de la CIA. *
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