Irán: Grietas en el poder islámico
Durante las próximas semanas las principales potencias mundiales buscarán llegar a un consenso sobre la actitud a adoptar para responder a las ambiciones nucleares de Irán. Las opciones van desde el compromiso hasta las sanciones económicas e incluso a una acción militar unilateral. Dada la fragmentación de la conservadora elite gobernante de Irán, las acciones de las principales potencias afectarán en gran medida el resultado de la actual lucha por el poder dentro del país y, por sus consecuencias, el destino del programa nuclear iraní.
La unidad de la elite que gobierna la República Islámica finalmente se ha roto a causa de la creciente presión internacional sobre Irán para que detenga su programa de enriquecimiento de uranio, del aumento de la demanda interna para que se mejoren las condiciones de vida del pueblo y de la derrota del movimiento reformista.
La comunidad internacional necesita tomar en consideración estas diferencias entre facciones internas del sector gobernante cuando traten con Irán. Cada curso de acción presenta una serie de ventajas y desventajas según se tomen en cuenta o no esas divergencias.
En los días anteriores al actual gobierno de Ahmadinejad, los conservadores hallaron más fácil unirse en la oposición a un «enemigo común», el movimiento reformista de Khatami, que comenzó en 1997 y duró hasta el 2005. Con los reformistas fuera de escena, sin embargo, las luchas entre las facciones conservadores han aflorado.
Las diferencias entre los conservadores se han visto exacerbadas por la ausencia de un líder carismático y unificador del calibre del ayatolá Jomeini. El actual líder supremo, Ayatolá Khamenei, tiene una vinculación con el poder más frágil, faltándole legitimidad, tanto popular como religiosa.
Lejos de ser un bloque monolítico, el campo conservador está en general dividido acerca de la futura dirección del país y de como enfrentar sus crecientes crisis. Cada facción tiene su propia base social y su porción de poder en la superinstitucionalizada estructura política de la República Islámica.
Los conservadores de línea dura, representados por el presidente Ahmadinejad, tienen lazos íntimos con poderosos segmentos de los servicios de seguridad iraní y del aparato represivo. Tienen una base de apoyo en el comando de la Guardia Revolucionaria y en las fieles fuerzas Basij, en las que está comprendida la milicia de la República Islámica, con un millón de voluntarios. En años recientes, mediante la utilización de políticas populistas también se las arreglaron para recoger el apoyo de una amplia proporción de los iraníes que viven por debajo de la línea de pobreza, que ahora comprende a cerca de un 40% de la población.
Los pragmáticos, conducidos por el ex presidente Hashemi Rafsanjani, tienen una base social en los estratos capitalistas modernos de Irán, así como en segmentos de la clase media. Los menos ideologizados de todas las agrupaciones conservadoras, los pragmáticos, han empujado constantemente a favor de la implementación del modelo chino en Irán, de modo de favorecer un fuerte crecimiento económico y la remoción de gravosas restricciones sociales acompañadas por la limitada liberalización de la escena política.
Los conservadores tradicionalistas están conectados con el sector comercial. El principal grupo que representa sus intereses es la Sociedad de la Coalición Islámica, cuyos dirigentes son grandes comerciantes que han pasado a dominar posiciones económicas clave en la República Islámica.
La fragmentación del campo conservador ofrece a la comunidad internacional la oportunidad de influir en la futura trayectoria de los acontecimientos políticos en Irán.
Optar por la solución militar crearía un ambiente de seguridad que haría más propicio el dominio de Ahmadinejad y de la línea dura. En tal caso, los duros aprovecharían la oportunidad para suprimir los residuos de la sociedad civil y anular muchas reformas.
A su vez, imponer sanciones a Irán dañaría significativamente al luchador sector privado y a la minúscula clase media. También debilitaría la posición de los pragmáticos con respecto a los duros y a los tradicionalistas, que controlan la vasta red de mercados negros de Irán.
Lograr un compromiso de Irán, por otro lado, podría mejorar la posición de los pragmáticos ante otras facciones. Durante muchos años los pragmáticos han hecho llamados a favor de una normalización de las relaciones de Irán con el resto de la comunidad internacional, incluyendo a Estados Unidos.
Una normalización de relaciones entre los dos países también podría conducir a mejoras en la condición de la economía. Las inversiones estadounidenses podrían estimular el desarrollo del sector privado en Irán y de su clase media. Este proceso, a largo plazo, consolidaría ulteriormente la posición de los menos ideologizados y más pragmáticos elementos dentro de los conservadores y podría facilitar una transición pacífica y sostenida hacia la democracia.
El resultado final de las diferencias entre las facciones del campo conservador y la consiguiente orientación política será en gran parte determinado por la reacción de la comunidad internacional particularmente de Estados Unidos- ante el programa nuclear de Irán. *
(*) Dariush Zahedi es profesor de Política Económica Internacional y de Estudios sobre la Paz en la Universidad de California en Berkeley. Ali Assareh es analista de política económica de Oriente Medio en la misma universidad. Exclusivo de IPS.
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