Opinión Internacional

Clinton vino, vio, no venció ni convenció

Por Niko Schvartz

Un tremendo dispositivo se desplegó para esta visita de pocas horas: un portaviones, naves de guerra, helicópteros, miles de efectivos militares y policiales, cientos de agentes traídos de EEUU, patrullajes incesantes por aire, mar y tierra, tras haber limpiado la ciudad amurallada de niños de la calle y mendigos. Lograron éxito al desactivar una bomba de alto poder explosivo, que contenía panfletos con la leyenda «Clinton go home», reproducida en las pancartas de las manifestaciones que recorrieron el día 30 Bogotá, Cali y muchas otras ciudades.

La escalada guerrera

Colocado a la defensiva –en el discurso, no en los hechos– Clinton dijo que «esto no es Vietnam ni imperialismo» (sic), juró que su objetivo es el narcotráfico y que respalda el proceso de paz. Como un eco, Pastrana repitió que los 7.500 millones del Plan Colombia se destinan primordialmente a fines sociales y no a enfrentar las negociaciones de paz, aunque no explicó por qué sus delegados ya ni siquiera asisten a las audiencias públicas conjuntas y en cambio frecuentan la gran base militar de Tres Esquinas, donde se concentran los asesores USA, a veinte minutos de vuelo de la zona de despeje.

Pero la realidad es muy distinta, como lo revelaba incluso la cobertura de CNN. De los míticos 7.500 millones de dólares esgrimidos por Pastrana, lo único concreto son los 1.300 millones de EEUU, ya que tanto la Comunidad Europea como Japón han hecho mutis por el foro. Y de esa suma, 250 millones van a fines pretendidamente sociales, y los 1.050 millones restantes, o sea el 80%, se destinan a la compra de material de guerra: 60 helicópteros Black Hawk y Huey, equipamiento completo de dos batallones especializados, que se suman a un mayor número de asesores yanquis (otros 100 llegaron con Thomas Pickering), a la activación de la base de Tres Esquinas y a la de Manta en Ecuador. Esta es la mayor entrega de asistencia militar a un país latinoamericano desde la guerra civil en El Salvador durante los años 80.

Un general yanqui a Colombia

En el marco del aumento de su injerencia, el Pentágono decidió enviar a Colombia al general Keith Huber, del comando Sur, para supervisar la utilización de la ayuda militar.

Por todas estas razones, el portavoz de la Fundación por la Paz y de varias ONGs colombianas, Jorge Rojas, declaraba que el Plan Colombia no significa otra cosa que «incrementar el conflicto armado y ocupar militarmente el sur del país», por lo cual «nuestra agenda de paz pasa a segundo plano». Decía gráficamente que el Plan nació con el doble objetivo de combatir el narcotráfico y asentar el proceso de paz, y termina como una escalada de guerra que aleja el proceso de paz. A su juicio, «apoyar el Plan Colombia es apoyar un plan de guerra en el sur del país», y es preciso escuchar la voz de las comuniddes campesinas, así como de la iglesia, que proponen soluciones alternativas, entre ellas una erradicación manual de los cultivos que evita la depredación resultante de las fumigaciones.

Que el objetivo yanqui es la contracara de esta concepción, lo prueba la declaración del subsecretario de Estado, Thomas Pickering, que precedió al presidente en su viaje: «En este momento el Plan Colombia es la carta más poderosa del gobierno en la mesa de negociación y su exitosa implementación acercará más el proceso a una solución». Esto se traduce así: el componente militar está destinado a contener a la guerrilla en lo inmediato, y en un plazo mayor a doblegarla y derrotarla. Washington apoya las posiciones de fuerza. Lo dijo Bush, aspirante a la Casa Blanca: «Nuestras fuerzas armadas pueden ayudar a entrenar a militares colombianos.

El gobierno colombiano debe actuar desde una posición de fuerza». Si esto no funciona, pasa al orden del día la intervención directa, la agresión a Colombia. Y a América Latina.

Los vecinos inquietos

Por lo pronto hoy, 1º de setiembre, las fuerzas militares colombianas, respaldadas por los batallones contrainsurgentes, helicópteros, aviones fantasma y naves de guerra, comenzarán la erradicación de cultivos ilícitos en el sur, muy cerca de la zona desmilitarizada para los diálogos de paz con las FARC. Con todos los riesgos que ello entraña para la Amazonia. El plan se pone en marcha.

Esto es lo que ha provocado la inquietud de los países limítrofes, evidenciada ayer en la cumbre latinoamericana. Clinton procuró salirles al paso, al decir: «Yo quisiera hacer un llamado personal a los países vecinos y a sus líderes para que apoyen firmemente al presidente Pastrana y a su Plan Colombia». Pero tuvo tan poco eco como Madeleine Albright en su gira de ablandamiento previo. Por el contrario, el fantasma de la vietnamización andaba suelto en la capital brasileña.

Por añadidura, pueden refluir hacia las zonas limítrofes de Perú y Ecuador los campesinos colombianos que huyan de la intensificación de la guerra y de las fumigaciones, que ya han producido cientos de miles de desplazados.

Tácticas de camuflaje

Todo esto es lo que trató de camuflar Clinton en su retórica en la ciudad colonial. Tampoco se hizo allí la menor alusión a las bandas paramilitares, que tienen estrechos vínculos con el ejército –como acaba de señalarlo la Human Rights Watch– y que también se beneficiarán del Plan Colombia para sus acciones criminales.

El pueblo colombiano no se dejó engañar. Lo demuestran las manifestaciones de repudio que (enfretando incluso las prohibiciones, como la del alcalde de Medellín) recorrieron el país, protagonizadas sobre todo por trabajadores y la juventud estudiantil.

Pero de esto no informó la TV.

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