Más que giro a la izquierda

Sudamérica busca un lugar autónomo en el mundo globalizado

El saldo de las prácticas neoliberales es conocido desde el estancamiento económico (relativo) de la mayoría de los países, pero sobre todo en la pérdida de calidad de vida para millones de personas. Así a principios del siglo XXI el número de pobres e indigentes y la desigual distribución de la riqueza pasaron a constituir la bomba de tiempo sobre el sistema democrático construido penosamente luego de los tiempos de las dictaduras militares y su Doctrina de la Seguridad Nacional.

En el pensamiento de los nuevos líderes políticos, Doctrina de la Seguridad Nacional y organismos financieros internacionales, FMI sobre todo, constituyen la figura y la sombra de una estrategia.

Hay un reventón del paradigma de los 90 que al decir de José Dirceu, mano derecha hasta hace poco del presidente Lula, hizo brotar un enfoque común de resistencia al ALCA, que es la manera que concibe Washington la inserción de Latinoamérica al proceso mundial de globalización. Dijo al ex funcionario que sobre esta base común, hay distintos enfoques en debate entre los distintos países porque no piensan (en todo) lo mismo Lula que Hugo Chávez o Kirchner con el venezolano o con Evo Morales o éste con Michelle Bachelet. Y ahora Vázquez con el argentino.

A propósito de Bachelet, hay analistas que se niegan a colocarla en la fila de los opositores a la política de Washington en la región. ¿Razones? Chile tiene un tratado de libre comercio (TLC) con EEUU y es más partidario que opositor al ALCA. Pero de la mujer socialista con pasado de compromiso con la izquierda se espera que abra el camino a una negociación con Bolivia sobre la centenaria reivindicación de una salida al mar y ahora que su predecesor Ricardo Lagos abrochó acuerdos con USA, Europa y China, su prioridad será Sudamérica. Recordemos que Lagos se negó a avalar en el Consejo de Seguridad la agresión norteamericana a Irak.

Como se ve, el paisaje es variado amén de las diferencias que surgen en el proceso de construcción del Mercosur entre sus cuatro fundadores, sobre todo ahora entre Uruguay y Paraguay con sus socios mayores y hegemónicos. O los roces generados entre los ribereños del Plata a propósito de la construcción de papeleras en Uruguay que ha levantado una ola de protestas en la provincia de Entre Ríos porque supone que los emprendimientos perturbarán el medio ambiente y con ello el futuro de esa parte de la Argentina. Cuidado: este conflicto puede postergar los grandes proyectos autónomos como la construcción del gasoducto que nacerá en Venezuela e ira hacia el Sur.

 

Posiciones prácticas, sin dogmatismo

Esa coincidencia anti-ALCA tuvo su expresión visible en la Cumbre de Presidentes Americanos a fines de 2005 en Mar del Plata, donde EEUU perdió una batalla importante y que exhibió una inédita unidad de criterios entre el Mercosur con Venezuela, que desde entonces es un socio de hecho del agrupamiento hacia donde va temprano o tarde la Bolivia que ahora conduce el aymará Evo Morales.

Se trata de una oposición práctica: como está formulado actualmente el ALCA no sirve para una Sudamérica más autónoma que pueda integrarse al mundo de manera diferente, no quedar supeditado al esquema neoliberal de los EEUU, amén de tener que resignar políticas propias y no sólo en economía.

El clima político pos Mar del Plata dio bríos a la lectura ideologizada que se incrementó tras la victoria de Evo Morales en Bolivia y las perspectivas electorales de Ollanta Humala muy ladeado hacia la Venezuela de Chávez, o lo que puede ocurrir con López Obrador en México o el sandinismo en Nicaragua, situaciones estas dos mucho más ricas por el escenario en que se despliegan zonas de mayor avance del proceso de integración según el dibujo de EEUU.

En Bolivia en primer lugar ha ocurrido una revolución política democrática. Por primera vez en su historia, un hombre de las mayorías es elegido presidente. En cierto modo, ocurrió como en Sudáfrica cuando Nelson Mandela abrió el camino para desmontar el apartheid. Revolución política y de sesgo nacionalista que al decir del vicepresidente, Alvaro García Linera, saben que sus proyectos deben ser, en general, financiados por la cooperación internacional. Es, en la voz tan elevada, el «capitalismo andino», que tiene raíces en el papel de la » burguesía nacional» (débil por cierto) del discurso de una sector de la izquierda en los 40 y 50. La matriz nacionalista está en la defensa de las riquezas nacionales como propiedad del Estado boliviano, pero con la presencia del capital privado. «En mi viaje (se refiere al periplo mundial antes de asumir) aprendí que ser un buen presidente es hacer buenos negocios», afirmó el aymará.

El gran instrumento integrador que se viene es la construcción del gasoducto que partirá de Venezuela que con los hidrocarburos bolivianos concretará el «anillo energético» sudamericano. No será un emprendimiento «estatista» aunque la propiedad será de los Estados participantes. Participarán en su financiamiento (la obra podría costar 20 mil millones de dólares) bancos y empresas europeas, amen de firmas latinoamericanas..

Además recoge la tradición del pensamiento nacionalista de los 40 que pensaba en la integración mediante la unión, mediante canales, de las cuencas del Plata, el Amazonas y el Orinoco. En definitiva ahora esa vinculación será de tuberías transportando gas.

El ALCA no contempla este tipo de integración, es una propuesta comercial en términos que hoy son rechazados por los sudamericanos. La región si se asegura energía a largo plazo, avanzará en la concreción de la Comunidad Sudamericana, con gran poder, entonces, para negociar con EEUU y Europa, como serán en el futuro sus vínculos con estas asociaciones. Sería una región rica en hidrocarburos y alimentos, amen de un considerable desarrollo tecnológico (desigual), que son cartas claves para las negociaciones dentro de la OMC pero también con Bruselas y Washington.

 

Profundas tendencias autonómicas, pero no autárquica

No estamos frente a proyectos autárquicos sino de tendencias autonómicas que serán un desafío para el capital privado que deberá adaptarse a la nueva realidad.

Ni tampoco, en la formación de un eje que sale de La Habana, pasa por Caracas y se desliza hacia al sur, con tendencia antinortemericana. Puede estar en la cabeza de sectores no decisivos en estos países. Miremos por caso a Néstor Kirchner que después de haber sido anfitrión de la cumbre de Mar del Plata, tendió líneas de recomposición, desde posiciones de autonomía, a sus vínculos con Washington, que tuvo su momento bisagra cuando el encargado de las relaciones con Latinoamérica del Departamento de Estado, Tomas Shannon, estuvo en enero en Buenos Aires.

Lo recibió Kirchner por iniciativa propia, a guisa de mensaje de distensión. Antes, el argentino había decidido como lo hizo Lula y luego a su modo, Uruguay: pagar su deuda con el FMI, con lo que le quitó ingerencia al organismo financiero y, por extensión, a Washington. Ni Kirchner, Lula o Tabaré Vázquez hacen prédica anti EEUU, pero ni quiere relaciones carnales como la construyó en los 90 Carlos Saúl Menem, y sí desean vínculos maduros.

Uruguay (y también Paraguay) no aceptan ser socios devaluados del Mercosur donde todo lo decidan Argentina con Brasil y ahora, Venezuela. Un grito de advertencia lanzó el ministro de Economía uruguayo, Danilo Astori, al predecir que su país podría negociar un tratado de libre comercio con EEUU. El conflicto con Argentina de no encontrar un rápido cauce de diálogo podría influir, se piensa, en lo que Vázquez charle con George Bush en la Casa
Blanca el 4 de mayo. Kirchner en especial, pero no solo él, deberían tomar nota de esto. Los movimientos diplomáticos de Montevideo con Asunción, La Paz y Caracas, más allá de sus resultados inmediatos son parte de esas fricciones.

Es que este proceso de integración autónoma no se desplegará sin contradicciones internas. Ahora son tiempos de excelente relación entre Brasil, Argentina y Venezuela, por caso, pero hubo tiempos de roces entre los grandes ahora superada, se verá por cuanto tiempo, con la firma de un convenio de regulación del comercial bilateral. O, por caso, los dos primeros exhibieron en la OIEA, una actitud frente a los planes nucleares de Irán posiciones diferentes. Un verdadero desafío para Argentina que es integrantes del Consejo de Seguridad de la ONU ahora que Washington pide sanciones bélicas contra Teherán.

Haití es otro espacio diferenciador entre Lula-Kirchner y Vázquez con Chávez y Fidel Castro, donde sus contenciosos con Washington juegan un papel predominante.

En los EEUU se ha percibido, aparentemente, la novedad política que con Morales en el Palacio del Quemado obligó a cambiar el lenguaje. Shannon lo explicitó de varias maneras, pero hay una duda si su voz será la dominante o (como lo reveló la permanente crisis diplomática entre Caracas y Washington), seguirá la línea intransigente de los halcones.

 

La izquierda dogmática y la necesidad de una reformulación de ese espacio

Es cierto que en gran medida este heterogéneo bloque sudamericano que goza, sin duda de las simpatías de La Habana, dependerá en lo inmediato de la suerte electoral de Lula que va en octubre por su reelección.

Sin embargo, la tendencia profunda que va en búsqueda de una nueva pertenencia en el mundo globalizado, con sus más y sus menos, seguirá su derrotero ya que si lo político es importante, más fuerte son las necesidades de un nuevo lugar bajo el sol mundial.

Lo notable es como para un sector de la izquierda estas novedades son simples escarceos con el Imperio, al que, desde Lula, Kirchner, Vázquez o Chávez o son sus socios «bloqueadores de la revolución» o tan solo reformistas de poca monta. Incluso Morales es para el Partido Obrero (trosquista) de Argentina » un gobierno pequeño burgués de contenido capitalista, lo que en definitiva significa un acuerdo con el imperialismo».

No es una opinión aislada de la izquierda de matriz leninista; con sus más y sus menos se oyen cosas similares en otras agrupaciones aquí y en otros países.

De todas maneras, las campanas están convocando a otra reformulación, esta vez de la izquierda latinoamericana, una necesidad política estrechamente vinculada a este rico proceso de sesgo autonómico, no liberal, reformista, nacionalista y democrático. *

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