Trabajo esclavo boliviano en la capital argentina
Se trata de bolivianos sometidos a un régimen de servidumbre en textiles clandestinas que colocan las prendas que fabrican entre las firmas de marca en el mercado, repitiendo en las tierras porteñas una costumbre, si se podría denominar así, del sudeste asiático. Ocurre también en los arrabales y en otras faenas, en distintos puntos del país. Conmovedor: una encuesta de una radio local que no es derecha sobre tres opciones para enfrentar el drama, derivó en que un 75% postula la expulsión del país de los extranjeros.
Las llamas que acabaron en el barrio de Caballito con una de esas textiles, iluminaron varios escenarios. Vayamos por parte. Allanamientos de estos días a fábricas instaladas en «casas de familia» exhibieron decenas de personas viviendo en covachas de mínimas dimensiones y un baño nauseabundo, con más humanos que camas, lo que denuncia que mientras unos trabajaban, otros descansaban de faenas que en ocasiones llegan a las 18 horas diarias.
No son pymes pobres, porque la maquinaria es moderna o casi, y sus dueños pagan por prenda entre 30 o 40 veces menos de los que se venden en las tiendas. Hay organizaciones mafiosas en combinación con el Consulado, que reclutan mano de obra vil en ciudades bolivianas y que cuando los tienen aquí los dejan sin documentos y los someten a amenazas para que no denuncien su situación a las autoridades.
Hubo, con todo, numerosas denuncias, pero mediante sobornos, según afirma una entidad que agrupa a los costureros que se animaron a agremiarse, todo sigue igual y el que cuenta lo que ocurre, amenazado y cesanteado.
Lo aparentemente paradójico es que centenares de bolivianos marcharon hasta la sede del gobierno local, para protestar por los allanamientos de esos lugares infames. Es la cruda realidad, que explotados en ocasiones por sus propios paisanos, reclamen que los dejen trabajar aún en esas horribles condiciones, temerosos que en la calle, queden desprotegidos, sin un techo donde cobijarse, sin el plato diario de alimentos y a merced de las oficinas de migraciones que los puede expulsar del país por falta de documentos.
Una red de complicidades
Se ha denunciado que en el propio Consulado, que debería dedicarse a velar por la suerte de sus connacionales, les piden 100 dólares para trámites que debieran ser gratuitos, y por lo tanto, inalcanzables para los que quieren legalizar su residencia. Migraciones afirma que los planes de radicación son sencillos y gratuitos, pero miles y miles, sea por ignorancia o temor, no se acogen a la regulación.
La pregunta inevitable es si debió ocurrir un incendio para que las autoridades tomaran cartas en el asunto y los medios se hagan eco de una realidad que se conoce por tradición oral. El racismo emergente en un país que hace gala de no serlo, ya tuvo casos resonantes entre los quinteros de las cercanías de la Capital Federal, golpeados y humillados por bandas de «blancos».
Se supone que en Argentina viven no menos de un millón de bolivianos que son gente de trabajo y de tendencias endogámicas. Sea por el racismo arraigado en amplios sectores contra los «bolitas», sea porque buscan autoprotegerse, lo real es que en esa comunidad, suelen casarse entre compatriotas, hacen sus propios festejos que reúnen miles de personas, se ubican en zonas puntuales y no siempre periféricas.
En cada ocasión que llega un equipo de fútbol del Altiplano, los estadios se cubren de residentes o ilegales. Hace unos años la exhibición de un filme boliviano, atrajo a multitudes que llegaban al cinematógrafo en vehículos contratados para esa ocasión.
La cadena de explotación va desde los que los traen engañados con promesas de salarios mayores a los que podrían recibir en sus tierras, a los fabricantes (muchos de ellos, bolivianos), los comercios de ropa de marca y sectores policiales. Cuentan que la mafia coreana tiene que ver con lo que ocurre.
La comuna clausuró 18 talleres ilegales en los que vivían 45 familias. Muchos de los reducidos a condiciones de servidumbre, se resistieron al desalojo por temor a ser deportados, a pesar de que el gobierno porteño les ofreció un subsidio en dinero más alto del que recibían como «salario».
Entre los que participaron de las inspecciones no pueden salir del asombro tanto por los escenarios tétricos que vieron, sino además por el pánico y la negativa de los trabajadores sometidos a condiciones denigrantes a ser desalojados. Para muchos inmigrantes, suponen algunos analistas, fuera de esas condiciones esclavizantes sólo existe el abismo. Pavoroso. *
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