El terror como instrumento para disciplinar a una nación
Es cierto que los recuerdos del horror, los miles de desaparecidos, la pérdida de las libertades ciudadanas, han dominado cada aniversario, desde el retorno a la carta magna en 1983, del golpe de estado del 24 de marzo de 1976. No podía ser de otro modo pero, el conocimiento del horror, sacó del primer plano la existencia, junto al plan sistemático de destruir la «subversión», sea esta miliciana, política o social, de acabar con lo que subsistía del Estado de bienestar, construido bajo el primer gobierno de Perón.
El objetivo, acaso poco claro en el caletre de los comandantes, ensoberbecidos por el Poder y el «orden de los cementerios», que además los reveló como incapaces y corruptos, era suficientemente diáfano para un sector del establishment que tuvo su numen en el ministro de Economía, como José Alfredo Martínez de Hoz. Hoy esta claro más que en el pasado que el objetivo de la sedición aupada en el caos de la administración de Isabel, del terror de la Triple A de José López Rega, en definitiva una avanzada del terror estatal, era colocar a la Argentina en la órbita del creciente poder financiero mundial. Un dato: la deuda externa con el Proceso de Reorganización Nacional pasó de 13 mil millones de dólares a 46 mil millones de dólares, en 1983.
El «ajuste» esa palabreja que dominaría el mundo económico se inició con el famoso «rodrigazo» (lo aplico el ministro de Isabel, Rodrigo), que la resistencia obrera mitigó. Era necesario pues, aterrorizar a la población para ir a fondo.
|Incluso ahora en el lenguaje de un sector de las FFAA, la reflexión es que el horror fue un instrumento para el cambio en la distribución del poder social al interior de la sociedad. Pero mientras los tribunales se preparan para procesar a unos 600 violadores de Derechos Humanos, ningún juzgado hoy investiga el otro » genocidio», el económico y social. Hubo un tribunal que sentenció como «ilegal» la deuda externa, pero eso quedó archivado. Con el sistema militar asentado en el terror, se abrió una nueva época, signada por el final violento de un reparto más equitativo de la renta, atravesado por las feroces pujas sociales, políticas y económicas entre los diferentes actores y grupos sociales, y el pasaje convulsionado y conflictivo hacia otro período que se destaca por la gran asimetría entre los grandes grupos económicos y los empobrecidos sectores medios y populares. Con la dictadura comenzaron a surgir los que quedan fuera del sistema, proceso que se ahondó en los ´90 con Carlos Menem. Ha sido tan poderosa esa impronta del rumbo económico y social del llamado Proceso que comienzan a tornarse visibles en los ´ 80, con el retorno a la vida institucional acorralada a pesar de la agonía del poder militar porque los que habían ganado con la represión fueron los grandes grupos económicos. Luego. seguirán grandes mutaciones generadas por la hiperinflación y la implantación del Consenso de Washington durante la década del 90 y que habrá de estallar a fines de 2001 con la caída del gobierno de Fernando de la Rúa.
La violencia histórica
La Argentina violenta campea por gran parte de su historia. El golpe de Estado contra Perón de 1955, fue precedido por el bombardeo a la ciudad de Buenos Aires con centenares de muertos, los primeros pininos para colocar al país bajo la férula del FMI y el disciplinamiento social. Semejante política junto a proscripciones políticas, la del Peronismo en especial, pero también la del Partido Comunista, fueron acumulando, en el contexto internacional, pero sobre todo por la influencia de la Revolución Cubana, fuerzas que pugnaban por «tomar el cielo por asalto», para modificar la situación, con enorme de subjetividad.
Como sea, «a la violencia de arriba se responde con la violencia de abajo», pergeña una renovación política audaz e idealista generacional, que en gran parte sé autoengaña con el potencial revolucionario que, sobre todos los Montoneros, de matriz católica pos conciliar, creen ver en el peronismo y en su líder. Desde el pensamiento trosquista, cobró vuelo el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), el más influenciado por la Revolución Cubana o la derrota norteamericana en Viet Nam.
A pesar de grandes avances en la investigación histórica sobre esos tiempos, resta la crítica política a la praxis miliciana e incluso a sus propias acciones terroristas que le dieron pretexto, pese a que la toma del poder por los facciosos, se consumó cuando la guerrilla estaba materialmente diezmada. Nada tiene que ver esto con la malhadada «teoría de los dos demonios», que influyó sobre un sector de las capas medias en los ´80. Este es un debate que asomará estos días cuando se discutan los indultos a los comandantes firmados por Menem, perdón que alcanzó a líderes milicianos como Firmenich, pero también a Martínez de Hoz. Y a la derecha, en la voz del empresario líder de Pro, Mauricio Macri, advierte que o se derogan todos los indultos, que dan más posibilidades para cumplir con la condena impuesta por los tribunales tanto a los militares como a líderes de la guerrilla, o no se indulta a nadie.
Otra idea que campea es la complicidad de la sociedad. El terror, ya se sabe, inmoviliza y el pánico ganó incluso a las organizaciones políticas y sociales. Pero hubo ¿una mayoría? que no quiso ver los crímenes que se cometían a su lado y que el Mundial de Fútbol de 1978 desnudó. Pero también hubo resistencia de trabajadores y no solo ellos.. Cerca del 30% de los desaparecidos eran obreros, en gran parte, delegados de empresas. La dictadura intervino la CGT y gran parte de los sindicatos. En los primeros días del golpe hubo cerca de 200 paros pequeños y para que no se dudara como venía la mano, fue secuestrado y asesinado el líder de los electricistas. Desde abril de 1979, se intentan huelgas generales. La más contundente movilización fue el 30 de marzo de 1982, en vísperas de la guerra por Malvinas, como una huída hacia delante de la dictadura. Con todo, la derrota ante el Inglés fue más contundente para acelerar el derrumbe de la dictadura que la bronca que se había acumulado y su aislamiento internacional por su sistemática violación a los derechos humanos, denuncias piloteadas por las organizaciones que nacieron duramente en esos días como Madres de Plaza de Mayo y otras como la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) que había sido impulsada por comunistas, socialitas, radicales y religiosos, antes del derrumbe de Isabel, previéndose lo que vendría.
De complicidades y debilidades
Volvamos a marzo del 76. Una parte de la dirigencia política peronista y radical dio cuadros comunales, embajadores y funcionarios al régimen. Casi todos los partidos, incluso el comunista, se ilusionaron con una rápida fractura del frente militar entre el supuesto democratismo de Jorge Videla y el «pinochetismo» de un sector del Ejército y la Armada. Rencillas por poder e intereses hubo, tanto como causa común en el diseño de la represión y el modelo económico.
La URSS, que desde antiguo tenía a la Argentina entre sus prioridades en Latinoamérica, después de meses de tensión mutua, puso su influencia internacional para que la dictadura no fuera condenada, habida cuenta que el gobierno de Jimmy Carter, con sus políticas de derechos humanas, enfilaba contra Moscú, aunque antes, Washington apoyó la sedición. Pero Carter, a fin de cuenta, alentaba a las fuerzas antidictatoriales. En Buenos Aires y en Moscú, se hizo carne el apotegma inmoral que sostiene que el enemigo de mi enemigo, es mi amigo. Significativamente el secretario del PCA, Patricio Echegaray, fustigó la condecoración que Kirchner otorgará a Patrcia Derian, del
staff del Departamento de Estado de Carter, y con un papel relevante en hostigar a los dictadores de los ´70.
En general se achaca a los soviéticos, y por carácter transitivo al PCA, el deseo de no perturbar el abastecimiento de cereales a la URSS. Es un argumento débil. Primero, porque omite que en los dos primeros años, la dictadura comenzó a bajar el intercambio que se incrementó sólo después que Carter dictara el bloqueo contra la URSS por la invasión a Afganistán. En todo caso, hay que bucear más en la influencia sobre los comunistas argentinos y parte del movimiento comunista internacional, del ejemplo portugués, en cuanto al rol de los militares para derrocar la dictadura. Esa lectura fatal sobre disensos de fondos en las FF.AA. y el papel de militares progresistas ocultos (en todo caso, una minoría), es parte de la causa del posicionamiento de ese sector de la izquierda y de Moscú.
La dictadura no privatizó tanto como Carlos Menem, pero preparó el sendero: hundió a las grandes empresas estatales como YPF, los servicios públicos o el ferrocarril y acuñó el lema que es igual producir caramelos que acero, una manera de defender la desindustrialización.
Es lo que ocurrió en el económico pero el drama social, que lo acompaña como su sombra ha sido brutal. La dictadura con el terror quebró lazos sociales aunque generó otros de solidaridad. Las capas medias que en gran parte se habían sumado a los jóvenes peronizados y radicalizados de los principios de los 70, abandonaron a escaso tiempo esa alianza de facto con los sectores populares. Con todo, gran parte de la lucha por los DDHH fue impulsada por sectores medios. El aniversario encuentra una situación compleja. Kirchner le ha dado un fuerte impulso a acabar con la impunidad, desde la derogación de las leyes que las amparaban, como a dar sepultura a la teoría de los dos demonios. Se le reprocha, desde sectores que han dado parte de su vida por el castigo a los genocidas, el querer apropiarse de esa historia, que no lo tuvo como participante, aunque hoy es protagonista.
Tiene el respaldo de gran parte de lo que quedó de esa «juventud maravillosa» que entregó su vida por quimeras y utopías. La izquierda histórica sostiene que Kirchner tiene un doble discurso, porque hay nuevas impunidades modernas y una política de distribución del ingreso que no condicen con un discurso progresista. *
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