Distintos odios a Ibarra se impusieron sobre argumentos legales

Telerman el alcalde que depende de Kirchner

Injusto pero legal. Para la mayoría de los porteños, la sustitución no correspondía aun con el peso que ha tenido la tragedia de la disco Cromagnon y sus 194 muertos sobre la decisión de la Legislatura. No es inconstitucional: la carta magna de la Ciudad tiene el instrumento del juicio político. El debate se arma si es para hechos puntuales que afecten al más alto funcionario de la comuna o para ser inculpado por responsabilidades mediatas. Es un precedente delicado porque una coalición temporaria podría, aquí y en otras jurisdicciones aplicar el mismo remedio contra un gobernante débil en apoyos legislativos.

Lo principal, de todos modos, es que lo hecho por la Legislatura no añadió ni un ápice para aclarar qué pasó en aquella noche fatal del 30 de diciembre de 2004, quienes son sus reales responsables, y ni siquiera tuvo coherencia juzgar qué hizo el jefe de Gobierno en la emergencia. Acaso si se le puede achacar no haber estado inmediatamente en el lugar del desastre, como Rudolf Giulliani el día de las Torres Gemelas en Nueva York. Pero no es que haya sido indiferente y no eficaz para salvar vidas aquella noche terrible.

El impacto conmovió a la ciudadanía pero también les abrió el camino a los oportunistas para que la ocasión sirviera para ajustar cuentas, por motivos diversos, con Ibarra.

Vayamos por parte. El partido de Mauricio Macri, Compromiso para el Cambio ahora en la coalición Pro con Recrear, la formación de otro centro-derechista, Ricardo López Murphy, vio al instante la veta que abría la tragedia. Esa misma noche, quien fuera el duro fiscal del último alegato en la Sala Juzgadora, uno de sus entonces dirigentes, el diputado Jorge Enríquez, estuvo presente en el lugar y fue echado por jóvenes que se habían salvado o los que fueron a auxiliar porque quería politizar la desgracia. Cuando era funcionario comunal de Fernando de la Rúa, habilitó Cromagnon. Nunca le perdonó a Ibarra que despidiera a inspectores corruptos que él designó.

Más sutil fue la izquierda dura que impuso la consigna «ni la bengala, ni el rock, a los pibes los mató la corrupción», para enderezar la ira hacia el gobierno local. No hubo una división de tareas, eso es caer en teorías conspirativas, pero mientras la izquierda de prosapia leninista puso todo su aparato para impulsar las movilizaciones de los doloridos familiares, la derecha fue pergeñando el camino legal para desembarazarse de Ibarra.

Para esa veta de la izquierda, Ibarra es un reformista, un traidor a su pasado comunista, una pieza del proyecto, que con éxito encabeza Kirchner de encauzar los desastres de la gran crisis de 2001, que no derivó, como se pensaba en esos lugares, en un argentinazo que abriera el camino hacia un nuevo poder, sino en la asunción de la tendencia del nacionalismo democrático que proviene del peronismo y es un «freno a la revolución».

Para Macri, ir por la cabeza de Ibarra tenía el sabor de la venganza. El desalojado le birló el gobierno porteño en una segunda vuelta electoral en 2003. Pero, para hacer un papel relevante, sobre todo en el primer turno, Ibarra armó una coalición, dándole a sus aliados, el ARI de Elisa Carrió entonces, casi todos los cargos legislativos en disputa. Se quedó con casi nada de leales, lo que desnudó una concepción política que la crisis ahondó: un modo cupular de acumulación política, sin importar el papel de su propio partido, el Frente Grande, ese que fundara Carlos «Chacho» Alvarez a mediados de los 90, con las mismas falencias que su discípulo repitió. Pero estos errores o aún los que creen en que la gestión deja mucho que desear, no era motivo para llevar a Ibarra al patíbulo.

 

Cada cual hizo su juego

La derecha y la izquierda buscaron sus razones y sus explicaciones para avalar su voto en la destitución. Muchos argumentos son discutibles, incluso los de la culpabilidad mediática, el mismo esgrimido en el juicio a los comandantes de la dictadura. ¿Cuáles fueron las razones de los otros que inclinaron el fiel de la balanza, sobre todo el ARI y un sector del kirchnerismo? Elisa Carrió calló durante todo este proceso pero al final, manifestó su felicidad porque, apreció, se reforzaron las instituciones; la carta magna funcionó y no hubo ningún golpe institucional. Las palabras a veces ocultan lo que se piensa realmente. Carrió jamás perdonó a Ibarra que colocara a su administración, donde tenía algunos cuadros en funciones interesantes (algunos la abandonaron, otros, dimitieron) dentro del proyecto presidencial. Para Carrió, Kirchner pasó de impulsar un proceso hegemónico con la cooptación de cuadros de otros sectores (del ARI se han ido con el Presidente funcionarios muy apreciados ahora como la responsable de la obra social de los jubilados, el PAMI, otrora ineficiente y un antro de corrupción, Graciela Ocaña, nombre a retener) hasta transformarse en «fascista».

Un dato. Cuando Kirchner decidió anticipar los pagos al FMI con la idea de reducir al mínimo su injerencia sobre la política económica, el principal asesor de Carrió en la materia, Rubén Lo Vuolo, aconsejó respaldar la iniciativa. «No, yo no apoyo a un fascista», replicó. Se sabe que dentro de los legisladores y dentro del partido, la intransigencia de Carrió frente a Kirchner ya provocaba discusiones, difíciles, dado el riguroso verticalismo que impone la combativa diputada nacional: el voto, casi clave que desalojó a Ibarra, dicen, puso el debate interno al rojo vivo.

No por simpatías con el castigado, aunque algunos no tienen mala opinión de Ibarra, sino que ven deslizar peligrosamente a Carrió a posiciones de centro-derecha. Ya causaba escozor su descalificación de Hugo Chávez, pero en fin, se sabe que el venezolano no las tiene todas consigo, por su estilo, en otros sectores progresistas o socialistas. Pero la definición de Carrió a favor de los reclamos de los grandes sectores del campo contra las retenciones a las exportaciones agropecuarias, un instrumento de mejora del ingreso y de control de la inflación, la colocan al lado López Murphy-Macri.

«Se está convirtiendo en la conciencia ética del centro-derecha», define alguien que la conoce. No es una exageración; ha roto puentes con el peronismo más avanzado, no tiene espacio para acordar con el radicalismo, a pesar de que un sector piense postularla como candidato a presidente con el socialista Hermes Binner, posición que el ex intendente de Rosario, rechaza y, además, la UCR está demasiado convulsionada para saber qué pasará en 2007. El socialismo tiene miradas diferentes sobre el futuro, y en relación al gobierno nacional ha estado muy firme a favor de Ibarra como dar este salto de carnero para ir a una combinación con Carrió a quien ven, también, deslizándose hacia la centro-derecha.

 

¿Cuál fue el papel del Presidente?

La clave, con todo, llegó del kirchnerismo porteño, aunque Ibarra pensaba en que Germán Romagnoli, de Autodeterminación y Libertad de Luis Zamora, iba a abstenerse, y con ello, la acusación no reunía los 10 votos necesarios. Este sector va camino a su dilución, por sus posturas anarquistas o autogestionarias y no podía ser fiable. El ex alcalde estaba seguro que el kirchnerismo iba a votar de modo de salvarlo.

¿Fue timado? ¿Sus amigos del kirchnerismo, no midieron bien el comportamiento del diputado Hevio Rebot, el hombre de la guillotina la tarde del martes o desde lo más alto del poder no se puso todo el fervor necesario para auxiliar a un aliado? Hay hipótesis para todos lados.

En lo formal, hay una agria disputa por el control del peronismo porteño, que es uno de los eslabones más débiles de Kirchner. Hay que recordar que en las legislativas de oct
ubre, al Presidente no le fue bien en el corazón político del país. Quien tiene en sus manos el armado del Frente para la Victoria, en este distrito, es el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, debe atajarse ahora más que nunca de otros sectores con influencia como el ministro de Planificación Federal, Julio De Vido, que va en busca de un espacio dominante en la gran Capital.

Fue raro que el ministro del Interior, Aníbal Fernández, proclamara antes de la votación crucial la «prescindencia» de Kirchner sobre lo que decidiera la Sala de Juzgamiento. Como esa neutralidad no era cierta, se puede pensar que el Presidente no pudo o no quiso disciplinar a Rebot. Las opiniones están divididas, pero se inclinan, una mayoría, para la segunda opción. Acaso, sostienen algunos, para no pagar el precio político de aparecer como el salvador de Ibarra frente al sector duro de los familiares que le habían advertido que si el intendente zafaba, iban a hacer su ronda semanal en Plaza Mayo «para pedirle justicia al Presidente». Kirchner, se sabe, es poco partidario de los costos políticos.

Desde la derecha se bautizó las potenciales protestas como la de los «Padres de Plaza de Mayo», para contraponerla (cuando no homologarla) con las «Madres de Plaza de Mayo». El dolor, no puede dar lugar a la confusión de roles. Una cosa es la desgracia de morir en un accidente y otra colocarlos como si fueran los luchadores secuestrados y asesinados en los 70. Y menos cuando las víctimas son funcionales al juego de la derecha. O de abogados duchos. José Iglesias, que se convirtió en la voz más visible de los familiares, él es padre de uno de los jóvenes asfixiados, tiene causas penales pendientes, según se dicen en Tribunales. Con el humo de Cromagnon activo, dijo «voy a fundir a la Comuna». Para él, que tiene a su cargo como letrado juicios contra la Ciudad de deudos de la catástrofe, el juicio político exitoso, es vital.

 

El futuro de Telerman

Jorge Telerman ocupará legalmente desde mañana el cargo de Jefe de Gobierno. Para Kirchner respaldar su gestión es importante; en este sentido, gana, dicen sus leales. Ex comunista que devino en peronista progresista, Telerman tiene menos propia tropa que su antecesor y necesita de los cuadros del ibarrismo, así como el respaldo del kirchnerismo y una relación no conflictiva con la centro-derecha que es primera minoría en la Legislatura. Es hábil, pero temprano o tarde, los aliados en el Gobierno, sea Fernández, con el que tiene viejos enconos suavizados en estas horas, o De Vido, la reclamarán lealtades. Trabajador incansable, inteligente, hilvanador de acuerdos, deberá evitar enredarse en sus propios hilos. Si consigue sacar a la administración del semi parate de los últimos meses, si impulsa las grandes obras de infraestructura que puso en marcha Ibarra, como las extensiones de subterráneos y la inauguración de nuevos, en fin si profundiza lo bueno de lo que hereda, que no es escaso, y se saca el estigma de que no había dinamismo ni falta de control sobre los lugares potencialmente inseguros, es probable que gane una popularidad que le permita ir por un nuevo período de gestión en 2007, está habilitado para ello, por una coalición que bendiga el Presidente.

Y a tener en cuenta. La Reina del Plata es una ciudad rica que tienta. La lucha por el poder, no es neutral. Sobre el dolor, los actores claves de este drama pensaron siempre en otra cosa. *

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