De "Mondo Cane" a "Mondo Europa"
A 16 años de la caída oficial del sistema soviético en el este de Europa, la mayoría de los profesionales, estudiantes y trabajadores activos de esa región han vivido la mayor parte de sus vidas productivas bajo un nuevo sistema económico.
Hoy, nadie mira para atrás. El comunismo ruso y la «cortina de hierro» son una historia distante en la memoria colectiva de padres y abuelos. Pertenece a otras generaciones y otros a tiempos.
La realidad del presente pesa mucho más que el bagaje del pasado. En este nuevo «Mondo Europa» las alternativas son claras: los empresarios y pequeños productores tienen que salir a buscar mercados que acepten sus productos y servicios. Los círculos financieros locales tienen que atraer capitales extranjeros que quieran invertir en sus industrias. Los líderes actuales sólo tienen como programa político promover la economía de sus países. O por lo menos eso dicen.
Atrás quedaron la lucha de clases revolucionaria y las discusiones dialécticas sobre la plusvalía. Las nuevas batallas sociales incluyen dinamizar la economía, facilitar la inversión, determinar el porcentaje de impuesto a la renta y organizar los nuevos contratos laborales.
De acuerdo con los discursos, los temas ideológicos de ahora son mucho más sencillos, pero no menos urgentes para sus habitantes.
En este año 2006, Mondo Europa no podría estar más lejos de la revolución rusa, del «blitzkrieg» nazi o del muro de Berlín. Todo debería entonces funcionar sobre ruedas. Pero hay «ticks» en el sistema. Nubarrones en el horizonte.
Los próximos años serán de importantes decisiones domésticas que moldearán la naturaleza política de Europa en los próximos cincuenta años. O se establecen parámetros democráticos a prueba de balas, literalmente, o se correrá el riesgo de repetir el pasado.
El fantasma del hitlerismo y el stalinismo pueden volver en cualquier momento. La razón de su posible asomo es muy sencilla: no fueron ideologías. Fueron, más bien, estados de ánimo de sus gobernantes, producto de las circunstancias políticas del momento.
La presencia de cárceles clandestinas y vuelos secretos de tortura en varios países este-europeos llamó la atención a muchos observadores. Hay sospechas de que varios nuevos miembros de la comunidad comprometieron demasiado rápidamente, y sin mayor complicación, sus recientes logros democráticos y de derechos humanos.
Polonia, un país dominado por la doctrina rusa durante 40 años, no dudó en enviar sus propias tropas de ocupación a Irak. Rumania, luego de decenios de soportar la dictadura de Ceucesco, no se preocupó demasiado en establecer centros de detención secretos, al mejor estilo stalinista y debajo de las propias narices de la Unión Europea.
En cambio, en el lado opuesto del continente, esas acciones antidemocráticas fueron severamente criticadas por los organismos de derechos humanos correspondientes. Pero la batalla apenas empieza.
Muchos observadores se acaban de dar cuenta de que la custodia de valores democráticos es más firme en Francia y Alemania que en Polonia o Slovakia. Así no debería funcionar la Unión Europea, donde todos los países firmantes se comprometieron a defender los logros democráticos de la posguerra.
Polonia es el país este europeo que se perfila con más chances de competir con los líderes continentales tradicionales. Jerarcas como Donald Rumsfeld la llaman «la nueva Europa». Su población de 60 millones de habitantes y su posición estratégica, así lo indican. Pero en su delicado acto de balance geopolítico reciente, se olvidó de que está en una posición bastante precaria. Ideológicamente se alinea con Inglaterra. Territorialmente, no puede eludir a sus poderosos vecinos, Alemania y Rusia. Internamente, su desempleo alcanza un 20%.
Según Francia, Polonia no jugó limpio. Teniendo en cuenta su reciente entrada a la comunidad, esperaba de ella una posición neutral durante la invasión de Irak. En cambio, los líderes polacos arrojaron su peso aparatosamente del lado del eje anglo-americano.
Por alguna razón o por otra, Polonia se olvidó que la democracia en su territorio no fue introducida a través de una invasión militar. Fue una lucha paciente de sus ciudadanos.
La represalia europea no se hizo esperar. Trabajadores polacos aún no pueden trasladarse a Alemania o Francia, como según indica el espíritu de la nueva Constitución. Mientras tanto, empresas y servicios de la Europa desarrollada no pueden instalarse en Polonia para abaratar sus costos. Los polacos se acaban de dar cuenta de que son el socio pobre europeo y que como tal deben acatar política, y no intentar dictarla.
El caso de Rumania es similar, si bien no esta aún en la Unión Europea. Hay sospechas de que cárceles clandestinas y vuelos secretos de tortura tuvieron un pie importante en el país de Drácula. La advertencia de la Unión Europea también estuvo dirigida hacia ellos. No hay lugar en la comunidad para prácticas totalitarias o rayanas con dictaduras. Al menos por ahora.
Tanto Polonia como Rumania aprendieron la lección. Pero el mensaje también está siendo escuchado en otros países de la región. Son miembros de la comunidad económica europea, donde las reglas y los círculos de poder están bien definidos.
El resultado no se hizo esperar. Desde hace un tiempo que Polonia ha adoptado una posición más conciliatoria con Alemania y Francia. Y muchos piden el regreso de las tropas polacas del frente iraquí. Polonia pasó de pretensión de chofer, a pasajero en la bañadera europea. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad